Un futbolista entra a la cancha preparado para ganar, perder, lesionarse o cometer un error. Nunca imagina que una acción de juego pueda terminar con la muerte de otro. Esa ruptura brutal de lo esperable transforma lo ocurrido en un trauma. Y en el caso de Jesús Owono aparece, además, un peso difícil de dimensionar: la culpa de haber participado en la jugada que provocó la muerte de Jesús de Miguel.
El shock que produce una situación semejante puede paralizar a una persona y afectar su capacidad para reflexionar, hablar o comprender lo sucedido. Se quebró de manera imprevista la trama de una realidad cotidiana: se estaba jugando un partido de fútbol y, de pronto, apareció la muerte.
El trauma tiene aquí dos dimensiones. La primera es el factor sorpresa, que deja al protagonista sin herramientas inmediatas para procesar lo ocurrido. La segunda es la propia cotidianeidad. Un futbolista sabe que puede sufrir una lesión o provocar una falta. Acepta que existe un riesgo físico cada vez que entra a la cancha. Pero jamás sale a jugar pensando que alguien puede morir.
Ahí comienza uno de los procesos más delicados para Owono. El arquero puede sentirse responsable de una muerte, aunque racionalmente comprenda que nunca tuvo la intención de provocar semejante desenlace.
El arquero Jesús Owono, del FC Andorra: su futuro en el fútbol es una incógnita.
La culpa subjetiva no siempre coincide con la responsabilidad jurídica. Una persona puede saber que participó de un accidente y, aun así, preguntarse una y otra vez qué habría ocurrido si hubiera actuado de otra manera: “¿Qué habría pasado si no salía?”, “¿Y si llegaba un segundo después?”, “¿Y si elegía otro movimiento?”.
Son preguntas sin respuesta, pero pueden instalarse de manera obsesiva. El pensamiento traumático reconstruye la escena, intenta modificarla y busca volver comprensible lo incomprensible.
Owono salió a cortar una jugada, una acción habitual para un arquero. El desenlace transformó retrospectivamente esa decisión deportiva en una escena imposible de procesar. Ahora todos observan el movimiento sabiendo cómo terminó. Él, en cambio, tuvo que decidirlo en una fracción de segundo y sin conocer sus consecuencias.
La Justicia deberá determinar las circunstancias y establecer si existe algún tipo de responsabilidad. Desde la psicología, la prioridad debe ser otra: acompañar al arquero y evitar que el juicio público profundice un trauma que recién comienza a procesar.
El instante del impacto entre Owono y De Miguel. Foto: Sergio Mendez / Diario de Avisos via AP.
Owono deberá convivir no solamente con su recuerdo, sino también con la repetición de las imágenes, los comentarios en las redes y las interpretaciones de quienes analizan la jugada desde todos los ángulos. Esa exposición puede fijar todavía más la escena traumática y dificultar su elaboración.
Por eso será fundamental que cuente con contención profesional, familiar e institucional. También será importante que no se lo obligue a hablar públicamente antes de estar preparado. El silencio, en una primera etapa, puede ser una forma de protección y no una manera de eludir lo ocurrido.
Los compañeros también estarán afectados, aunque cada uno procesará la experiencia según la posición que ocupó y la forma en que percibió la jugada. Algunos quizá no advirtieron inmediatamente su gravedad. Otros participaron en los primeros instantes de asistencia y quedaron expuestos a una escena límite.
Jesús de Miguel fue atendido y reanimado en el estadio, y posteriormente murió en el hospital. Durante algunas horas existió la esperanza de una recuperación. Esa secuencia puede profundizar la incertidumbre y el dolor de quienes presenciaron el episodio.
También su familia atraviesa una pérdida imposible de medir. No se trata de establecer una competencia entre sufrimientos, sino de comprender que la tragedia alcanza de maneras diferentes a todos los involucrados. Hay una víctima, una familia de duelo, compañeros consternados y otra persona que deberá convivir con el hecho de haber intervenido involuntariamente en la acción fatal.
Tengo casi cuarenta años de trabajo en el fútbol, acompañando equipos, árbitros e instituciones, incluso dentro de la AFA. Nunca había visto un episodio semejante. Los accidentes pueden ocurrir en una cancha, en la calle o en cualquier espacio cotidiano. Pero que algo pueda suceder no significa que estemos preparados para aceptarlo.
Sigmund Freud planteaba una pregunta sobre el futuro y sus dos direcciones posibles: la esperanza y la desesperación. Ante una situación como esta, no debemos intentar adivinar cuál será la vida de Owono dentro de seis meses o si podrá volver a ocupar un arco. La prioridad es atravesar el presente y evitar que la desesperación se convierta en su único horizonte.
No sabemos cómo evolucionará ni de qué manera podrá darle sentido a esta experiencia. Seguramente perderá cosas, pero sería irresponsable anticipar cuáles. No corresponde aventurar si volverá a jugar, cuánto tiempo necesitará o qué consecuencias definitivas tendrá el episodio en su psiquismo.
El futuro es todavía una ilusión. Lo concreto es que hoy Owono necesita una contención total y absoluta. También la necesita su familia, que debe acompañarlo mientras atraviesa un duelo propio, diferente del dolor irreparable de los seres queridos de De Miguel, pero igualmente marcado por la tragedia.
El fútbol convoca porque nadie conoce su final. Cada partido promete una sorpresa, una revancha, otra temporada y una nueva oportunidad. La muerte, en cambio, es el único final que no permite volver a empezar. El choque entre esas dos lógicas explica buena parte de nuestra conmoción.
Para Owono comienza un proceso íntimo y doloroso. Antes de pensar en el próximo partido, tendrá que comprender, con tiempo y acompañamiento, que haber participado en una tragedia no significa haberla deseado. Aceptar esa diferencia puede ser el primer paso para que la desesperación no clausure cualquier posibilidad de futuro.
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