Hay una dictadura en el circuito masculino de tenis. Y todo se rige bajo las normas que imparte Jannik Sinner. Dicen que los records están para ser superados. Y el número 1 del mundo está listo para ir por ellos. Uno a uno. Sin Carlos Alcaraz en la arena, hay un sólo gladiador que les hace frente a todos. Y los destruye. Los devora. Los aniquila. Tenística, física y tácticamente. Pero, sobre todo, con la cabeza. Nada parece detenerlo y cada partido es para él la plataforma hacia el siguiente. Y así van cayendo uno a uno todos sus adversarios. Después de ganar en forma consecutiva Indian Wells, Miami, Montecarlo y Madrid, era el indiscutible favorito para obtener el título en Roma. Y, claro, ahora se apunta para levantar por primera vez la Copa de los Mosqueteros y cerrar una gira inolvidable en polvo de ladrillo. Sinner normalizó el éxito y la supremacía. Y aniquila en cada presentación.

En su país, de todos modos, le faltaba completar el casillero de la idolatría. Y se recibió de héroe deportivo nacional el domingo cuando enterró 50 años sin una victoria local en el Foro Itálico. Todo Italia se detuvo para seguir la final ante el noruego Casper Ruud. El partido tuvo una audiencia media de 4.500.000 espectadores sumando los tres canales (Sky Sport 1, Sky Sport Tennis y TV8) que lo transmitieron. Además, el pico fue de 5.500.000 espectadores. En Sky se registró una media de 1.400.000, lo que significó el sexto mayor número de un partido de tenis del canal en Italia y el tercer evento más visto en lo que va de 2026 mientras para TV8 -canal gratuito- se convirtió en el tercer partido de tenis más visto de toda su historia. Todo ello sin olvidar que el clásico Roma-Lazio se adelantó cinco horas para que no se pisara con el encuentro decisivo del torneo.

Lo cierto es que recién ahora Sinner es considerado un italiano al 100 por ciento en su propio país. Desde muy joven, con sus triunfos descolocó el modelo de identidad nacional. Nacido en San Cándido -su ciudad natal es también conocida como Innichen, en alemán-, en Tirol del Sur, una zona históricamente reivindicada por Austria, nada de él encaja en los rasgos del caracter de su país: el nombre, el idioma, el temperamento y hasta el color del cabello. Es un italiano atípico. Y eso descolocaba.

El debate sobre su auténtica nacionalidad resurgió con fuerza en momentos precisos. Sobre todo cuando renunció a jugar la Copa Davis a fines del año pasado en Bolonia a pesar de haberla ganado dos veces. Aquella decisión provocó una tormenta de reacciones.

La Gazzetta dello Sport, el principal diario deportivo italiano, tituló en su portada: “Sinner, pensalo otra vez”. En La Stampa, un comentario llevó un título explícito: “Jannik, te queremos, ¿y vos?”. En el Corriere della Sera, el vicedirector Aldo Cazzullo escribió que Sinner es un gran campeón “al que Italia no le importa”. El periodista más veterano y conocido de la RAI, Bruno Vespa estalló en las redes sociales y escribió: “Habla alemán (bien, es su lengua materna), reside en Mónaco y se niega a jugar por la selección nacional”. En resumen, los italianos se sintieron traicionados al punto de elegir como modelo a Alcaraz, su gran adversario. Pero no era sólo una cuestión deportiva y algo meramente emocional: estaba en juego algo más profundo. Un país quedó descolocado ante el hecho de que un campeón que tardó mucho tiempo en aparecer, quizá toda una vida, no encajaba en el molde: pertenece a una minoría lingüística (habla alemán en su casa y su italiano tiene un marcado acento) y en el pasado prefirió irse a esquiar antes que aceptar la invitación para asistir al Festival de San Remo (un sacrilegio en Italia).

En las críticas a Sinner se percibía un reflejo de las dificultades italianas para gestionar su relación con las minorías. “El problema es que muchos están convencidos de que todos los ciudadanos italianos deben identificarse con la cultura italiana. Pero no todos somos así -le explicó al diario español La Vanguardia, Julia Unterberger, senadora del Südtiroler Volkspartei, el principal partido de los sudtiroleses-. Somos ciudadanos italianos que pertenecemos a otra cultura: la alemana. Lástima que eso, para muchos, siga siendo intolerable. No importa lo que hagas ni el hecho de ser un ciudadano respetuosa con las leyes del Estado y partícipe de la vida del país. Lo que cuenta es cómo hablás, qué comés, cómo pensás. Una auténtica -y muy italiana- obsesión identitaria”.

Sinner no cambió de país. Era Italia la que no sabía cómo mirarlo. Ahora lo aceptaron definitivamente. Y lo empiezan a disfrutar como se lo merece.