Aumentó la cantidad de equipos y también las historias detrás de los 1248 jugadores convocados, pero pocas serán tan emocionantes como la vida de Alireza Beiranvand.
El arquero de la selección de Irán no solo evita goles, también gambeteó su propio destino desde el momento en que decidió que quería ser futbolista.
Nacido en Sarab-e Yas, en el seno de una familia nómade de la etnia luri, los primeros años de Beiranvand transcurrieron en el interior profundo de su país. Como hijo mayor, su principal responsabilidad era ayudar a mantener la economía familiar, lo que lo llevó a trabajar como pastor de animales desde muy pequeño. En sus ratos libres, el joven Alireza jugaba al "Dal Paran", un juego tradicional local que consistía en arrojar piedras a la mayor distancia posible. Ese pasatiempo terminaría moldeando su mayor virtud atlética.
El punto de inflexión llegó cuando descubrió el fútbol. Al principio jugaba como delantero, pero una lesión del arquero de su equipo barrial lo obligó a ponerse los guantes y lo hizo conocer su verdadera vocación.
Su pasión no fue bien recibida por su estricto padre, que consideraba el deporte como una pérdida de tiempo y pretendía que su hijo siguiera el mandato familiar. Esa falta de apoyo lo empujó a abandonar su vida anterior y viajar a Teherán siendo un adolescente abandonado a su suerte para perseguir un sueño deportivo.
La dura vida de ciudad
Sin dinero ni contactos, las primeras semanas de Beiranvand en la capital iraní se convirtieron en una lucha por la supervivencia. Llegó a dormir en la calle junto a otras personas sin hogar en los alrededores del club Naft Tehran, y se mantuvo alternando trabajos en una fábrica de costura, un lavadero de autos y como barrendero municipal para poder pagarse la comida diaria y mantener vivos sus entrenamientos nocturnos.
Amparado solo por sus buenos rendimientos en las inferiores y por su espíritu combatiente, el destino comenzó a torcerse. Tras su debut en la liga local, la seguridad que transmitía y sus casi dos metros de altura lo hicieron sobresalir al punto de entrar en la órbita de las selecciones nacionales hasta llegar a ser titular en la absoluta a los 22 años.
El destino le sonreía, pero la bisagra definitiva llegaría en el Mundial de Rusia 2018. Compartiendo grupo con España, Portugal y Marruecos, las posibilidades de destacarse eran bajas, pero en el tercer partido se convirtió en ídolo nacional tras atajarle un penal a Cristiano Ronaldo, lo que cerró su círculo de superación personal.
El momento en el que le contuvo el penal a Cristiano Ronaldo.
Foto: Reuter
Su récord Guinness
Más allá de sus enormes reflejos bajo el travesaño, Beiranvand posee una habilidad que lo vuelve único en el planeta. Aquellas tardes de la infancia lanzando piedras en los campos nómadas dieron sus frutos: el arquero ostenta el récord Guinness oficial al saque de manos más largo de la historia del fútbol, habiendo logrado lanzar la pelota a una distancia descomunal de 61, 026 metros durante un partido de Eliminatorias frente a Corea del Sur. Un recurso que lo hace único y que en muchas oportunidades ha desnivelado partidos a su favor.
En 2016, el iraní Alireza Beiranvand rompió el Record Guinness con el saque con la mano más largo de la historia (61,26 metros) 🇮🇷pic.twitter.com/70d2gMsYZ1
— Fodbold World (@fodboldword) January 18, 2026
Por otra parte, su rendimiento sostenido a lo largo de una década lo llevó a ser el primer futbolista de su país en ser nominado a los prestigiosos premios The Best de la FIFA en la categoría de mejor arquero, rompiendo barreras culturales y posicionando al fútbol de Medio Oriente en la primera línea de la consideración global.
Su jerarquía lo transformó en un símbolo nacional que excede largamente el fútbol y es un elemento fundamental de la Selección persa de cara a la Copa del Mundo. Su sola presencia es un sinónimo de sacrificio y superación que toca las fibras más íntimas de cada hincha iraní.
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