Hay una frase de Ángel Di María que probablemente explique una de las transformaciones culturales más profundas de todo el ciclo que condujo Lionel Scaloni y su equipo técnico: “Se rompió la pared”. No dice solamente de fútbol. Habla de algo mucho más significativo en la experiencia humana: la caída de una carga emocional que durante años condicionó psicológicamente a la Selección Argentina. Porque antes de Scaloni, la camiseta pesaba. Pesaba la historia. Las finales perdidas. Las comparaciones. Maradona como modelo de éxito e ideal súper heroico. Pesaban las expectativas decepcionadas una y otra vez sobre Messi. Pesaba la crítica incisiva y tantas veces descalificatoria. Y la expectativa de toda Argentina, y de muchísimos admiradores de Messi en el mundo. Y cuando una identidad colectiva se vuelve demasiado pesada, se cristaliza una experiencia sufriente, limitante y condicionante que consolida la imposibilidad de jugar con libertad. “La Pared”. Las piernas se endurecen. La creatividad se reduce. El miedo ocupa espacio mental. La presión se vuelve amenaza. Y el rendimiento deja de fluir. Se estresa.
La mochila emocional
Messi lo expresó muchas veces. Había una mochila. Un peso psicológico acumulado durante años. La sensación de tener que resolver algo imposible. De cargar con una deuda simbólica permanente. Como el que carga con una deuda que se hace cada vez mas demandante e imposible de saldar. Los argentinos de a pie saben mucho de esta vivencia. Que pone a prueba mecanismos adaptativos de resistencia.
Hasta que un hito, consecuencia del proceso que viene liderando el equipo técnico de Scaloni, reconfiguro la trama dramática: Después de ganar la Copa América en el Maracaná, Messi dijo: “Ya está”.
Dos palabras. Profundamente reveladoras. Porque no solo daban cuenta de la obtención de un título. Describían como dramaturgia, la liberación emocional de todos los integrantes de la selección Argentina. Y muy especialmente de sus leyendas históricas, como Messi y Di María. Entonces se produjo la renovada y revitalizante sensación que el sistema finalmente había dejado de vivir desde la falta que endeuda. Y cuando una identidad deja de organizarse alrededor de la deuda, libera enorme cantidad de energía vital que busca un nuevo contrato dramático. Por eso dicen en la intimidad jugadores que protagonizaron todo el proceso como Nicolás Tagliafico: “Era más que evidente, luego de ganar la copa América, que ahora si, vamos por la copa del mundo”. El deseo sube a escena, allí donde los fantasmas dejan de “comernos la cabeza”.
El problema nunca fue técnico
La selección de Scaloni como otras selecciones de sus antecesores, siempre tuvieron abundancia de virtuosismo técnico. Y como no se ganaban títulos arreciaron análisis y señalamientos de cuestiones tácticas, estratégicas, físicas, generacionales, actitudinales. Pero el gran desafío adaptativo era simbólico emocional. Al menos así lo interpreto el joven Scaloni asumiendo la dirección técnica en condiciones de primera vez.
La Selección convivía con un clima psicológico donde el error, y sobre todo el perder tenían un peso desproporcionado. Cada partido parecía definitivo. Cada equivocación se volvía tragedia. Cada frustración reforzaba la narrativa del fracaso.
Y cuando el miedo a fallar y el terror a decepcionar se instalan culturalmente, el cuerpo cambia. Mi colega y amigo, Hernán Vilà Mosso, coach de alto rendimiento de la World Sailing, desarrolla este fenómeno determinante para el rendimiento de los equipos en su libro Bajo presión: “El estado de amenaza reduce flexibilidad y estrecha la capacidad de respuesta”.
Esto tiene implicancias muy concretas: un sistema nervioso bajo amenaza pierde libertad expresiva. Las piernas pesan, porque los mecanismos cerebrales se primarizan reproduciendo patrones de respuesta estereotipados y reactivos, vinculados al trauma.
“Que las piernas no pesen”
Hay una frase de Scaloni que sintetiza toda esta revolución cultural: “Lo importante es que las piernas no pesen”. Parece futbolística. En realidad, es profundamente psicológica. Porque las piernas pesan cuando el sistema emocional está tomado por: el miedo, la obligación, la culpa, la presión de no estar a la altura de la expectativa identitaria. Y dejan de pesar cuando se cultiva confianza, seguridad, pertenencia, empatía, sensibilidad, apertura, todas dimensiones que propician la transformación de un estado de ansiedad a un estado de expectativa, migrando presión en estímulo y demanda en deseo.
Scaloni dice como premisa central de su pensamiento: “Si estamos bien, somos capaces”. Y su Método trabaja con dedicación obsesiva exactamente sobre esta premisa cultural que va hacia la generación de condiciones que recuperen el deseo de jugar, y el disfrute de la experiencia. Por eso se producen reflexiones como la de Emiliano Martinez: “En la selección es más fácil jugar que en cualquier equipo. Acá la pelota no entra”. Que se complementan como concierto cultural con las de Rodrigo de Paul: “Nosotros salimos a la cancha ganando 1/0”. Evidencias de una seguridad psicológica construida en base a construir desde la confianza como fundamente básico de toda la arquitectura cultural del equipo.
Nada del alto desempeño sostenido por el equipo es alcanzado por la vía exclusiva de la capacidad táctica que también es muy importante. Dice Leandro Paredes, como testimonio de la autoridad y credibilidad que construyo el equipo técnico en lo táctico y en lo moral: “Si es de noche, pero Scaloni te dice que son las 2 de la tarde, son las 2 de la tarde”.
Cuando lo táctico estratégico, se integra con lo simbólico emocional a favor del suceso que se proponen concretar, el equipo alcanza un plus de convicción y determinación al suceso irrefrenable. Es un torrente de energía en estado Flow, que se revela como voluntad y poder de realización.
El poder de la camiseta
Quizás uno de los mayores logros culturales de este proceso puede medirse en la capacidad de reconvertir simbólicamente el valor de la camiseta argentina. Y es un dato que a nivel mundial puede constatarse por ejemplo, en la venta de la misma. Sabemos que desde la India, China o Bangladesh, hasta en Mexico o incluso Estados Unidos, es muy común ver gente, jóvenes y chicos especialmente, lucir la camiseta Argentina. Llevar “su equity” migró hacia una identidad emocionalmente habilitante.
Y para los protagonistas del juego que construyen su relevancia partido a partido, día a día, la camiseta dejó de representar solamente exigencia. Volvió a representar orgullo. Capacidad de superación. Sentimiento de abanderados que representan y encarnan la épica del futbol argentino. Fundamentalmente deseabilidad. El goce, la gratificación y el honor de lucirla. El amor que les inspira.
Dibu Martínez expresa de manera sensible el efecto subjetivo que le provoca: “Uno cuando va a la selección se siente como en juveniles”.
Esta expresión revela otra clave central del proceso: El grupo regeneró algo que la presión había destruido: la relación vital con el juego. Al respecto Scaloni, como gran arquitecto cultural del proceso, trasmite: “Se dice que las finales no se juegan, se ganan. Pero para nosotros, hay que jugarlas”.
Jugar. Disfrutar. Querer estar. Sensibilidad emocional. Libertad expresiva. Todas condiciones para el alto rendimiento sostenible que abonan al principio: “si estamos bien, somos capaces”.
Es una simple y profunda premisa que toda cultura de alto rendimiento sostenible puede proponerse trabajar. ¿Cuáles son las condiciones de construcción del estar bien? Porque el proceso de la selección Argentina deja muy en evidencia las consecuencias de su reverso: Cuando no estamos bien, somos tanto más incapaces.
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