El domingo, Argentina no supo cómo atacar a España, pero su problema ahora es el opuesto: no sabe cómo defenderse. Y ni siquiera está claro quién puede liderar esa tarea.
No se puede esperar por el momento un posicionamiento claro y público de Lionel Messi, ocupado en cuestiones personales. No sería deseable ni recomendable que forme parte de esa defensa Claudio Tapia, el presidente de la AFA que tras exhibirse en las redes sociales está ahora absorbido por cuestiones judiciales antes que otra cosa. Y está claro que no figura entre los objetivos del presidente Javier Milei liderar una campaña de seducción hacia el resto del mundo, en especial hacia aquellos que dicen lo que a él no le gusta escuchar.
Sucede, más bien, lo contrario: la ola de ataques a Argentina se está convirtiendo en un insumo de campaña electoral. Está por verse aún cuán bien estudiado tiene el Gobierno lo que está sucediendo, pero por el momento es evidente que llegó a la conclusión de que el asunto es muy funcional para pavimentar el camino hacia la deseada reelección.
Pavimentado con adoquines como el que lanzó el diputado Agustin Romo: "Así que hay extranjeros que viven en Argentina, estudian gratis en Argentina, se atienden gratis en hospitales argentinos mientras odian a la Argentina? Perfecto. Acabo de presentar un proyecto para arancelar la salud y la educación a extranjeros en la provincia de Buenos Aires".
Por si no había quedado claro, Romo se extendió luego en más detalles: "Basta de pagar la educación de extranjeros que nos odian. Échenlos a todos. Me importa un carajo si les falta un final para recibirse. Que hagan la carrera otra vez en el país donde nacieron".
Una frase que relativiza la Constitución Nacional e ignora el fabuloso volumen de "soft power", de poder blando que gana la Argentina educando a legiones de extranjeros en sus aulas. ¿La mejor idea es cobrarles? ¿No sería mejor comprometerlos a devolver esa formación gratuita garantizando que trabajarán y aportarán al país una cantidad de años después de haberse recibido?
Eso de "no educar" a los que "nos odian" choca de lleno con un lema de obvias intenciones políticas que es desde hace tiempo el eje de una bien lograda campaña de promoción turística de Argentina: "El país de la libertad".
Quizás se pueda esperar aún del Gobierno de un presidente nacido en las redes sociales alguna respuesta inteligente, más trabajada y técnica. Algo un tanto más sofisticado que el "nos envidian, nos odian", algo que se aleje de la retórica de la venganza, del "ya van a ver".
Porque si bien es cierto que el pico de furia de la campaña contra la selección y contra Argentina en general parece haber quedado atrás, sus efectos serán perdurables: el cliché perseguirá a los argentinos por mucho tiempo.
Por años fue "¿Argentina? ¡Maradona!", superado por el "¿Argentina? ¡Messi!". Ahora surge en muchos el "¿Argentina? ¡Tramposos, violentos, racistas!".
¿Es justo? No, pero está sucediendo. Hay argentinos que viven en Estados Unidos, España, México y tantos otros países que se vieron obligados a romper amistades ante la fascinación por degradar la imagen del país. Eso sí, de ahí a concluir que en España arrasa una ola anti-argentina hay una gran distancia: la relación entre españoles y argentinos es tan profunda, tan fuerte, que superó incluso sin problemas los insultos cruzados entre los gobiernos de Milei y Pedro Sánchez. La gente tiene muchas veces más sentido común que el que muestran sus gobernantes y no pocos medios periodísticos.
¿Cómo explotar y exhibir los atributos más positivos de la argentinidad? Hay muchas ideas, y entre ellas no es asunto menor el de las disculpas cuando las cosas se hacen mal. Lo hizo Roberto Ayala, falta Leandro Paredes.
Lo que no sirven son los tiros en el pie. Con propuestas como las de Romo resultará difícil apelar al argumento evidente, el de Argentina como gran y exitosa nación integradora de inmigrantes de todo el mundo. Un país donde en cualquier noche de la semana en una canchita de fútbol de Salta, Mendoza, Rosario o Buenos Aires históricamente un descendiente de árabes y un judío comparten (¿compartían?) equipo y se abrazan gritando el gol.
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