Un director técnico que se come las uñas no transmite la serenidad que exige su puesto, pero Lionel Scaloni tuvo la astucia y la delicadeza de nunca hacerlo en público o a la vista de todos. La contención -no importa dónde escondiera los nervios- fue otra de las formas de su mesura y una de sus armas más apreciables: la reserva que provee un verdadero carácter. Una contención ejemplar, hay que decirlo, en un ámbito y contexto dados al exceso casi permanente, casi como acto reflejo. Aunque en pocas situaciones, extremas, se dejó llevar por una clase de desborde perdonable, que risueñamente él mismo atribuyó -otra muestra de su honestidad- a sus rasgos de "Llorona", como le dicen sus colegas más cercanos. El momento en que este hombre más bien encriptado se deshace en lágrimas, se desarma sin terminar de mostrarse (de volverse patético), o quizá lo que queda al descubierto y subrayado es justamente eso: que no tiene lado B, reverso oscuro o sospechoso. Igual que el tocayo suyo que lleva la 10.

Scaloni demostró que la pasión y la templanza no son contradictorios ni incompatibles. Su postura anti-demagógica, franca, competente, es un ejemplo saludable en un país que en su esfera pública no suele abundar en ellos. Jamás se rebajó a "boquear", ni antes ni después de los partidos, y supo bajarle los decibeles al nacionalismo sin dejar de contagiar un sentido de pertenencia. Nunca se agrandó; el que lo ha hecho es el equipo, y es una virtud esencial adentro de la cancha. Scaloni, podría decirse, es poco argentino para la imagen que unos cuantos en el extranjero eligieron hacerse de lo que un argentino promedio es, como si se ensañaran en postular una sola manera de ser argentino -o francés, inglés, brasileño, uruguayo, etc.-, o como si cada argentino privilegiara su gentilicio antes que ser quien buena o malamente es.

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Todo esto, con impronta de profesor de gimnasia de escuela, una anatomía de granadero firme o de títere italiano que perfecciona su mutismo con muecas y pucheros (su imposibilidad de mentir), y un acento que tantos años en España no consiguieron socavar. Scaloni nunca fue rebuscado en su habla ni amagó con pretensiones intelectuales. Se mantuvo siempre lejos de la a veces hipnótica logomaquia de Marcelo Bielsa y la afable verborrea culturosa, rebosante de falacias metafóricas y lacrimógenas, de Gustavo Alfaro. Simpáticos, sapientes, los técnicos de Uruguay y Paraguay de este Mundial, pero como retóricos vocacionales dejan la impresión de pasarse de listos (en sus intervenciones públicas; difícil cuestionarlos del todo en sus desempeños). Quizá son víctimas voluntarias de una tendencia que el periodismo y las redes alimentan como vampiros: un técnico también lo es, o lo es especialmente, en una conferencia de prensa.

Es justo reconocer que Scaloni nos ganó muchas cosas y nos ahorró otras. El estilo también se recorta en la diferenciación y, entre otras, el santafesino nunca viajó sin escalas de la Biblia al calefón. No es excesivamente técnico, y menos que menos lírico -alguno lo acusará de lo contrario, de exageradamente llano- en entrevistas y ruedas de prensa. (Puertas adentro y en el vestuario, evidentemente, el discurso será forzosamente distinto; para empezar, más preciso). En la relación de un técnico con los árbitros, si vamos a otra faceta visible, la de Scaloni ha sido más de resignación sonriente que de reclamo virulento.

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Retratar al hombre de Pujato implica hablar de su equipo de trabajo, empezando por esa especie de Richelieu angelical que es Pablo Aimar, el que nota y anota, de una astucia a todas luces y a toda prueba. Ellos dos, junto a Walter Samuel y Roberto Ayala y el resto, supieron generar, o en todo caso nutrir, un gran espíritu de grupo. (Una pena que Uruguay haya sido en este Mundial el contraejemplo perfecto de la conexión entre técnico y jugadores). Acá está, entonces, otro atributo notable de Scaloni: saber compartir el poder. Con aquellos que saben tanto o más que él en ciertas cuestiones: Ayala y Samuel en defensa; Pablo Aimar en la parte creativa; los propios jugadores, aun en una pausa o entretiempo.

Vale aclarar que esta evidente habilidad para moverse en un grupo y articularlo, lo acerca a la de su padrino Menotti -que lo sostuvo cuando, al principio de su ciclo, a Scaloni se le exigían credenciales que él, en su intimidad, se prometería como recompensas-, diestros ambos para manejarse en esferas complejas y entre funcionarios turbios o directamente siniestros. Venir de ser el segundo asistente del ricotero histérico Sampaoli no le auguraba grandes cosas, pero Scaloni logró ser, paradójicamente, el técnico más interino y más ganador.

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No caben dudas de que él y sus auxiliares son todos hijos de José Pekerman, quien los convocó -la excepción fue Samuel- para el Mundial 2006. (Se ha dicho que Pekerman lo llevó a Scaloni, precisamente, por sus oficios de pivot en la relación entre los jugadores, no porque fuera alguien especialmente dotado). Claramente, Scaloni ha sido hábil para la perspicacia psicológica y la recarga de ánimo cuando ya no daban las piernas. (Cuando Menotti le decía en el túnel a un jugador medio pelo que era el mejor 4 del mundo estaba recurriendo a la vieja técnica -valga la redundancia- de inducir la autosugestión, herramienta útil y gratuita para dormirse sin narcóticos y para salir a la cancha).

Hijos, resumiendo, de la filosofía de buen juego de Pekerman, de sus valores de respeto, esfuerzo y humildad. Ya retirado Maradona, Aimar fue lo más parecido a Messi -que lo tuvo de ídolo- que se vio durante diez años en la selección nacional. Fue ese desenfado, eso que suele llamarse potrero, espíritu amateur, el lugar no tan común del amor por la camiseta, lo que llevó a la selección a disputar el otro domingo una nueva final, aunque no la hayan acompañado un par de infortunios, una roja regalada, un promedio de edad superior, un día menos de descanso -no son excusas, son factores- y por ende un claro agotamiento físico contra el que no se quiso aventurar otro plan. Y fueron derrotados por un equipo todo lo contrario de amateur: prolijo, ejecutivo, sin alma aparente. El ciclo estuvo a un paso de tener el cierre más afortunado, pero el logro es demencial: sólo dos equipos en el mundo se cruzan en la instancia más alta.

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El misterio, no obstante, no tiene silbato final: ¿cuánto incide un técnico? ¿Cuánto se ve su idea? ¿Es comparable a un productor musical, a un George Martin de Los Beatles? ¿Los otros tocan y él pone el sonido, ese algo invisible? Orquesta los arreglos, digamos, y la prueba de fuego son los cambios durante un partido. Ahí se ven, en vivo, la calidad de sus reflejos. (Nunca se reivindica lo suficiente el papel preponderante del azar, el jugador 23 de cualquier cancha. Las estadísticas parecen explicarlo todo pero enmudecen ante una desgracia o un destello).

Es paradójicamente cuando un equipo juega bien o muy bien que el presunto estilo del técnico desaparece, como cuando un artista es tan sutil que su mano no se nota. En fútbol todavía se discute la eficacia contra la estética, como si fueran excluyentes. Al contrario, lo estético, lo grato de ver, debería garantizar lo primero; un fútbol vistoso a la corta o a la larga recolecta goles. Si se juega bien se juega rápido y en esos segundos desaparece el estilo de un técnico y brota el milagro milimetrado. Un astro o un marciano rompen con el estilo de un técnico (caso Maradona con Bilardo).

Vale la pena repasar las puntas del arco de la carrera de Scaloni -un espejo agigantado de su carrera como jugador: discreto, cumplidor- ahora que a lo mejor -a lo peor- descuelga el pizarrón. Nació en 1978, dos semanas antes del Mundial que obtendría su eventual padrino. De aquel lejano entonces a este presente parece mentira que dos Lionel hayan coincidido para la conducción de la escuadra nacional y que, como no es improbable, vayan a retirarse juntos. Más carne de superstición para un país que las cultiva hasta el absurdo. (Hablando de cábalas y alrededores: verlo al Flaco Cousillas, asistente del ingeniero Pellegrini en el Betis, con una estampita en la mano todo el partido, besándola a cada rato, no debe inspirar mucha confianza en sus jugadores y en su fidelísima hinchada).

Como sea, en una época en que aun potencias como Inglaterra y Brasil en un manotazo de desesperación recurrieron a un pecado de honor -nombrar a un DT extranjero-, Scaloni y Aimar y sus acentos del interior nada impostados fueron piezas nada menores en la mística y épica de un equipo que cristalizó, precisamente, en el apellido del primero: Scaloneta. A esta altura, Argentina es uno de los pocos países de peso futbolístico que conservó esa tradición (si exceptuamos casos aislados hace casi cien años y cinco partidos dirigidos por Renato Cesarini en 1967). A riesgo de pisar terreno pantanoso, vale la pena citar al legendario editor serbio Vladimir Dimitrievic, una frase de su hermoso y noble libro La vida es un balón redondo, cuando comenta lo que puede irradiar una cancha, un equipo: "El lugar donde nace el sentido de lo sagrado. Yo creo en ese sentido, incluso cuando se tiene el derecho de reírse de todo eso, porque un afecto tan intenso ilumina a todo ser humano".

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Si según rumores nunca comprobables a varios técnicos los propios jugadores les hicieron "la cama", a Scaloni los suyos le han fabricado un trono. El logro fue prodigioso; basta enumerar la cantidad de lauros en un período ridículamente corto. Después de tantos partidos excepcionales y consecutivos en los últimos Mundiales -cumpliendo al pie de la letra las cláusulas de lo que un partido en un mundial debería ser: histórico, memorable-, aun un partido mal encarado -así sea en una final- no habilita un cambio de opinión radical ni da derecho a practicar uno de los deportes favoritos entre hinchas y periodistas: la crucifixión de un técnico (agravado por la democratización -el empate hacia abajo- de la opinión en las redes).

Fue una final con varios finales, de los que arriman un sentido, lo redondean, en un país que frenéticamente le pide al fútbol significados de toda índole y para todo uso. Si hay un dejo -o más- de tristeza es porque el otro domingo fue inseparable del final de la carrera de Messi (otro héroe, el mayor, sin lado B) y el indudable retiro del seleccionado de algunos jugadores claves. El fin, en suma, de varios contribuyentes al aura -palabra estos días usada y abusada como pelota vieja- de un plantel que volvió a traerles a millones algo que -sí, demagógicamente- no queda otra que llamar magia.

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Si Messi reconfirmara que cuelga la camiseta de la Selección, su ausencia y un importante recambio pondrían a Scaloni, Aimar y compañía contra un arco. No parecen haberse achicado ante desafíos más complejos. La continuidad no es una característica muy argentina y la política lo mancha todo, pero es un cuerpo técnico que, igual que sus dirigidos, ha demostrado de sobra su singularidad. Si fue el final de un ciclo, bien puede ser el principio de otro, con los mismos nombres a cargo. Todo esto, irónicamente, ya habiendo inscripto en la historia su página mejor.