Judith Akoschky, una de las figuras centrales de la educación musical argentina, murió y dejó detrás una obra que excede ampliamente los límites de la escuela. Pianista, compositora, docente, investigadora y formadora de varias generaciones de maestros, dedicó más de seis décadas a una idea que parece sencilla pero que modificó la manera de pensar la música en la infancia: los chicos no son oyentes pasivos ni necesitan una música disminuida para ellos. Hay que darles la posibilidad de escuchar, explorar, jugar y crear.

La noticia de su muerte fue comunicada por su hija, Renata Schneider, en las redes sociales. En la historia profesional de Akoschky, Renata ocupa además un lugar que parece cerrar un círculo: fue directora musical de una reposición de Ruidos y ruiditos, la obra que convirtió a su madre en una referencia ineludible para varias generaciones.

Akoschky nació en Basavilbaso, Entre Ríos, en 1937. Su formación musical comenzó en el Conservatorio Municipal Manuel de Falla, y perfeccionó sus estudios con Guillermo Graetzer, Violeta Hemsy de Gainza y Francisco Kröpfl. Pero su recorrido no quedó confinado a la pedagogía. También formó parte del ambiente de la música contemporánea y estuvo vinculada a la Agrupación Nueva Música, el espacio creado por Juan Carlos Paz que tuvo un papel decisivo en la difusión de las nuevas corrientes musicales en la Argentina.

Ese contacto con la música contemporánea sería importante para entender la originalidad de su posterior trabajo con niños. En 1973 obtuvo una beca del CICMAT, centro dirigido por Francisco Kröpfl, que le permitió profundizar en las corrientes compositivas del siglo XX. La experiencia amplió su horizonte y la llevó a preguntarse de qué manera algunos de esos nuevos modos de entender el sonido podían entrar en la escuela pública.

Maestra de alma, explicaba que los chicos no son oyentes pasivos ni necesitan una música disminuida para ellos. Fotos: Ayelén Collado (honoris causa UNR), Carolina Ovejero y archivo personal.

No se trataba de convertir a los niños en especialistas ni de anticipar una formación académica. Se trataba, más bien, de ampliar el campo de lo que podían escuchar.

De esa búsqueda surgió una de sus obras más perdurables: Ruidos y ruiditos. Los cuatro volúmenes aparecidos entre 1976 y 1988 acompañaron a varias generaciones de chicos y se convirtieron en mucho más que una colección de música infantil. Akoschky construyó allí un universo en el que convivían canciones, instrumentos, voces, sonidos cotidianos, silencios y músicas de distintas procedencias.

Junto con su marido, Jorge Rapp, Judith fundó el estudio de grabación Centro de Estudios Musicales, que funcionó mucho más que como un espacio técnico: fue un verdadero laboratorio de experimentación sonora. Rapp fue director de grabación de los cuatro volúmenes. Allí se gestaron y registraron Ruidos y ruiditos. El estudio fue, en ese sentido, un puente entre sus dos mundos: el de la creación musical y el de la pedagogía. Antes de convertirse en material didáctico, el sonido podía ser allí explorado, manipulado, grabado y escuchado como materia artística.

La propuesta tenía algo profundamente novedoso: tomaba en serio al oyente infantil.

Su mirada sobre lo locos bajitos

“A mi entender se nace musical”, sostuvo Akoschky. La tarea de la educación consistía en ofrecer orientación, criterios y oportunidades para que esa musicalidad pudiera desarrollarse. No había que imponer la música desde afuera sino generar las condiciones para que cada niño pudiera apropiársela.

Esa misma filosofía está detrás de los cotidiáfonos, los instrumentos construidos con objetos de uso cotidiano que Akoschky convirtió en una herramienta pedagógica. Una caja, una lata, una botella o cualquier objeto capaz de producir un sonido podían transformarse en materia musical. La operación parecía elemental, pero contenía una idea radical: la música no empieza necesariamente con un instrumento comprado en una casa de música. Puede empezar con la curiosidad.

"A mi entender se nace musical", sentenciaba Akoschky. Fotos: Ayelén Collado (honoris causa UNR), Carolina Ovejero y archivo personal.

“Con los Cotidiáfonos se pueden concretar hermosas escenas de evocación sonora”, escribió Akoschky. Pájaros, trenes, máquinas, relojes, tormentas: el sonido podía convertirse en representación, juego e imaginación.

Su trabajo tuvo una dimensión institucional tan importante como sus discos y libros. Participó en la elaboración de los contenidos de Música de los diseños curriculares para la Educación Inicial de la Ciudad de Buenos Aires y desarrolló una intensa tarea de formación y capacitación de docentes en profesorados y universidades. Escribió Cotidiáfonos, participó en Artes y escuela y Recorridos didácticos y publicó, entre otros trabajos, Experiencias musicales en el nivel inicial.

Por eso su influencia resulta difícil de medir. Está en sus libros y en sus grabaciones, pero también en generaciones de docentes que aprendieron con ella y después llevaron esas ideas a jardines y escuelas de todo el país y de América Latina.

La pedagoga Eleonora Orengo la llamó “maestra de maestros”. La definición resulta particularmente precisa. Akoschky no solamente enseñó música: enseñó a enseñar música.

También dejó huella entre quienes fueron sus alumnos. El periodista Humphrey Inzillo recordó que Akoschky fue quien le dio sus primeras clases de iniciación musical y evocó con particular cariño Cotidiáfonos. Para otros, Ruidos y ruiditos fue directamente la primera experiencia de una escucha musical diferente.

En 2018, la Legislatura porteña la distinguió como Personalidad Destacada de la Cultura. El homenaje tuvo una escena especialmente significativa: una selección de Ruidos y ruiditos fue interpretada bajo la dirección de su hija Renata. Al escuchar aquella música creada décadas antes, Akoschky dijo: “Me conmovieron profundamente. Fue una sorpresa y un disfrute maravilloso”.

La escena contiene, sin necesidad de subrayados, una parte esencial de su legado. Una madre que había dedicado su vida a crear experiencias musicales para los niños escuchaba ahora su propia obra conducida por su hija.

Akoschky entendía la música como una forma de conocimiento, pero también como una forma de sensibilidad. Su preocupación nunca fue solamente formar músicos. Quería formar oyentes atentos, personas capaces de descubrir que detrás de un sonido puede haber una imagen, una emoción, una historia.

Tal vez por eso su legado no pertenezca solamente a la pedagogía musical. Pertenece también a la cultura argentina.

Durante décadas, Judith Akoschky enseñó que una canción podía ser un territorio de exploración, que una lata podía convertirse en instrumento y que un ruido aparentemente insignificante podía contener una posibilidad musical. Pero, sobre todo, enseñó que escuchar es una forma de estar en el mundo.

Su obra seguirá allí cada vez que un docente deje que un niño golpee un objeto para descubrir qué sonido produce; cada vez que una canción despierte una imagen; cada vez que alguien se detenga ante un ruido que hasta entonces había pasado inadvertido.

La mujer que hizo de la escucha una forma de educación deja ahora una ausencia. Y también algo más difícil de perder: una generación de personas que aprendieron, gracias a ella, a escuchar de otra manera.