Joaquín Ferreira no corre, vuela. Pero no porque necesite acelerar el punto de llegada hacia algún lugar o las mismas mieles del oficio -con vidriera de alto vuelo internacional y ahora también en su tierra- lo envalentonen. “Soy inquieto, qué voy a hacer. Me encanta mi vida, que es un poco rara porque me voy moviendo todo el tiempo de país, pero en algún momento me voy a asentar”, dice el actor que desde Madrid y en un hueco estratégico -estará hasta diciembre grabando Miranda compulsiva, nueva serie de HBO- atiende a Clarín sin medir ni cronometrar el tiempo.

“No me siento en la cresta de la ola ni avasallado. Lo veo más simple: se está viendo mi trabajo. La actuación es como un maratón. Una carrera larga adonde intento ir lento y a paso firme. Son años trabajando afuera de la Argentina y no me siento ni la mitad del actor que voy a ser de más grande”, admite.

De bolo con Carnevale a figura de culebrón moderno (Hija del fuego llegó tras su villano debutante en Pol-ka), su nombre se hizo esperar en este hemisferio. Y de no estar en el radar porteño a dar que hablar por su magnético Vadalá en la serie de Moria Casán, el argentino que vivió una década en México y se expandió a escala global al inaugurar la primera serie de Netflix de habla hispana (Club de Cuervos), expone: “Lo que pasó con Vadalá es hermoso. Pero mi sueño es hacer cine argentino y llevarlo a lo más alto. Con películas de autor en festivales como Cannes. Tenemos una industria chiquita que no está apoyada por el Gobierno, pero somos reconocidos en el exterior. También quiero hacer comedia en la Argentina y sería increíble filmar una película con Rodrigo De la Serna, de hermanos, que me dicen que tengo un aire”.

El streaming, con todo

En lo inmediato -aunque con retos propios que le auguran un 2027 próspero como escritor y productor- el streaming porta su sello. Con hits globales como Enfrentados: Marfil (Prime Video), adaptación cinematográfica del best seller de Mercedes Ron con secuela ya filmada, más el estreno de una nueva serie de Flow (Verdades sumergidas, este jueves 22), la vuelta de Coppola, el representante (Disney+, el viernes 23) y alguno más en el horizonte sin anuncio oficial, que vaticina buenos vientos.

Joaquín Ferreira, el actor argentino que la rompió en México.

“Soy bastante ambicioso, pero no de la ambición mala. Creo que de la buena. Hacer mejor mi trabajo, seguir estudiando y mucho tiempo de investigación para poner mi impronta en distintos personajes”, dice el también artista plástico.

-¿Y la ambición mala?

-No es mi búsqueda. La de querer ser famoso es una ambición negativa. Todos nuestros traumitas vienen de niños donde uno no se sintió reconocido. La mía es un poco más artística o genuina a lo que me hace bien. Crecer no solo en la Argentina, donde quiero trabajar más, sino en España y México, que me siguen llamando.

Joaquín junto a Griselda Siciliani, en un alto del rodaje de la miniserie "Moria".

Su éxito en México

-¿Explotar primero allá te dio otra perspectiva?

-Claro, después de eso no me sorprendo tanto. En México no podía salir por la cantidad de fotos que me pedían. Allá hice mi primera serie, cuatro temporadas y mi propio spin-off. Si bien no era tan joven porque empecé con 25, al principio sufrí porque de un día a otro pasé de desconocido a salir con gorra, capucha o anteojos.

-¿En la Argentina no recurriste a los lentes todavía?

-Por suerte, no. ¡Que no me pase! La libertad de ser una persona normal es lo más lindo, y como actor me nutro de experiencias de vida. Y no poder ir a un bar sin que te estén mirando te acota mucho. Imagino lo difícil que debe ser en jugadores de fútbol.

-¿Te benefició entonces hacer el camino inverso y volver a barajar?

-Siento que sí. Porque sé lo que quiero: hacer amistades, disfrutar un rodaje, contar mis historias. Ahora estoy produciendo mi película por primera vez acá. Con un amigo que conocí en curso de actuación en La Habana, Cuba, donde se dan seminarios súper importantes a los que fueron Spielberg, Benicio del Toro. A la vez, era como una universidad con goteras por todos lados, en un departamentito muy chico y mi compañero de habitación, Juan Ros -director español que vive en Los Angeles- escribió esta historia para mí como protagonista. Sobre un hombre y una mujer que se conocen en un acantilado a punto de suicidarse. Se filma el año que viene acá. Y ahora estoy grabando una serie de HBO, que es una comedia inteligente.

Joaquín asegura que la comedia "está de mi lado".

-También aportás tu cuota de humor en “Marfil” (Prime Video), superproducción española junto a Ester Expósito, después de explotar el género en “Club de Cuervos”. ¿La comedia conspira a tu favor?

-Creo que la comedia está de mi lado, jaja. Porque en Marfil preparé un agente del FBI serio, estructurado. Cuando caigo al rodaje, ya iniciado, el director Oscar Pedraza, que quiso hablarme y no habíamos podido antes, me dice: “No, Joaco. Vos vas a hacer la comedia”. ¡Y la inventamos en dos días! Lo que ves mayormente es improvisación y juego. A mí me encanta modificar textos, con respeto, buscarle una vuelta.

Su trabajo con Griselda Siciliani

-¿Fue un puente en común también con Griselda Siciliani entre tu Vadalá y su Moria?

-Ella es muy buena actriz y jugamos un montón. Podías largar un poco, pero mi personaje es un poco más oscurito.

-Salvando al policía honesto en “Hija del fuego”, varios de tus papeles juegan al límite de la ilegalidad. ¿Componer al ex de La One fue un buen híbrido entre el bien y el mal?

-Sí, pero en mi carrera fue mitad y mitad. Porque tengo mucha cara de bueno y de malo, de hijo de puta. Protagonicé a un buenazo en Doña Flor y sus dos maridos y mi desafío con Luis fue a pesar de ser un patán, me salió palabra mexicana, por momentos desagradable, encontrar empatía. Que dé rechazo, pero también te rías. Y la gente me devuelve sonrisas.

"Tengo mucha cara de bueno y de malo", se sincera con Clarín.

-Tu Poli Armentano en “Coppola” no dejó tantas cuentas que saldar....

-(Se ríe) Me encantó trabajar con Winograd y Juan Minujín. Los grandes son los más humildes. Sobre el conflicto judicial de la familia de Vadalá con la serie no me paré en ningún lado porque no me corresponde. Tienen todo el derecho de hacer lo que quieran, no lo veo mal. Lo hice con mucho respeto. Si me propusieran un spin-off me encantaría, pero no sé si hay segunda temporada. La vida de Moria da para 5, pero siento que la primera tiene un cierre.

De patear el tablero a volver a barajar, el exrugbier que antes de los 25 quemó naves y se fue a vivir a México, repasa: “Me descubrió una mujer caminando en la playa. Me dio mi primera oportunidad y no la volví a ver más. Tenía una castinera de publicidad en Playa del Carmen y creo que son esos encuentros pactados. Elijo pensar así, como las parejas. Me preguntó si era actor y yo estaba muy abierto. Vendí todo lo que tenía en la Argentina. Una noche con un amigo tomando cerveza me bajó: Me voy a México. Tuve como una... No sé cuál es la palabra”.

-¿Epifanía?

-Sí, y no dormí en toda la noche. Al otro día renuncié y en un mes me fui. Laburaba en una multinacional, en Marketing, tenía un estudio de diseño y cerré el restaurante de sushi que tenía con amigos en Pilar.

Como Luis Vadalá. "Lo hice con mucho respeto", dice. Foto Netflix

-¿La estructura no va con vos?

-Le tengo un miedo... Si bien la busco porque soy muy volátil y sino sería un desastre, en realidad tengo estructura para poder decidir no tenerla después, y pegarme un viaje dos meses a la India como hice hace poco en moto. Me encantaría en algún momento también tener una familia o pareja estable, que moviéndome tanto es complicado.

Del rugby a la actuación

-¿El rugby era mandato?

-Desde lejos, hoy lo veo. Mi viejo, artista plástico y arquitecto, había jugado y yo quería que él me quisiera, gustarle. Y cuando te vas de un país, perdés la mirada ajena. Uno es el 90% los que tiene al lado, te contagia. Pensamientos, formas de vivir. Mi tía era arquitecta y cuando terminé el colegio, mi abuelo también arquitecto, me invitó una picada con cerveza para convencerme de estudiar Arquitectura. Empecé con Bellas Artes, un poco de Publicidad, y cuando se enfermó, Arquitectura. Nunca me di la oportunidad de preguntarme qué quería.

Y cuando lo hizo, como un salto en alto que derivó en su primera publicidad en República Dominicana, encontró el Norte. “Cuando vi lo que era actuar, empecé a estudiar y me reinventé. Fui modelo, repartí folletos, hice presencias en casamientos de millonarios, llevando souvenirs que eran joyas, vendí perfumes. Que no me cuesta, porque son experiencias y tengo una forma muy romántica de ver la vida. La que yo elijo y más me conviene, porque sino me castigaría mucho. Que igual sufro, pero cuando pasan cosas malas busco el por qué”, dice el actor formado con Daulte.

Algunas que revive con total nitidez, como el desalojo en su primera casa viviendo solo en México. “Pagué el año completo de alquiler y a los meses cayó la policía y me desalojaron. Yo estaba pintando una escultura de dos metros y medio, que me contrató el Gobierno para una exposición de una pelota de fútbol gigante, porque venía la FIFA y la convertí en un cuervo con mil quinientas rosas negras. Y no solo me sacaron de mi habitación a las 7 AM, me robaron la mitad de las cosas. Hasta una cama. Me dejaron en la calle. Ahí entendí que no se puede todo. Yo estaba con teatro, pintando y con segunda temporada de Club de Cuervos. Cuando volví a empezar, elegí crecer. Por eso tengo esta paciencia. La vida es larga y la vivo intensamente”.

-¿Ya estás para actuar tu propia serie?

-¿La de mi vida? Hay material, pero falta. Va evolucionando. Cuando volví a mi país, después de coprotagonizar La suerte de Loli en Miami, con casa y chofer propio, hice un primer bolo en el cine argentino. Y pasé de lo que había construido a cero. Con tantas ganas que fue un placer hacer ese carnicero. Fue todo muy rápido, torpe, voraz y de a poco se fue ordenando. Encontrando paz en el camino.

-¿El arte te dio un propósito o lo seguís buscando?

-Lo encontré en una terapia de hipnosis. Hice todas las terapias que se te pueden ocurrir. Y buscamos cuál era mi propósito en un estado de relajación, donde habla más tu inconsciente. Lo vi también en un viaje de ayahuasca. Si yo estoy bien, lo contagio a los que tengo cerca. Y me hago cargo, porque se expande.

-¿Mirando el vaso lleno?

-Trato, aunque soy hipersensible, dice mi psicóloga. Lloro, me pongo triste, a veces soy un niño. Ayer fui a una fiesta y una chica me dio 30. Tengo 40, pero de espíritu debo tener 26.

Sin teatro en mente “porque me estoy guardando lo mejor para el postre”, no hay orilla fértil que tema explorar. “Estudio poesía, me animé a subir algo a Instagram y me contactó una editorial de Barcelona para publicar mi libro en junio”, dice el actor de Franklin, historia de un billete con su artista plástico en pausa y sus cuadros en una galería mexicana esperando retomar. “La energía creativa es la misma, pero estás todo el día solo en un taller”, aclara.

-¿Tu escape a un oficio tan social?

-Sí, soy re solitario. Necesito mis momentos en casa, leer. Despierto, medito, hago café y escribo. Cuando pinto me cuelgo y puedo dormirme a las 5 de la mañana.

-¿Dejaste puertas abiertas en Telemundo o ya quemaste naves?

-Me siguen llamando, pero cuando algo me encante lo haré. No me cierro a nada.

POS