Cuando a fines de 1986 aquel graffiti que asolaba a los barrios de Villa del Parque, Villa Devoto, Floresta, Flores y Villa Santa Rita se convirtió en algo más sólido y sonoro como un disco, algunos vecinos justificaron momentáneamente el spray dilapidado. Como adolescente morador de esas veredas, recuerdo perfectamente el momento en que algunos me solicitaron abrir la ventana y darle play a ese casette del sello Umbral que uno acababa de adquirir.
Eran, también, los tiempos de “disco es cultura” como curioso gancho conciliador de todos los gustos y estratos. Las muecas de disgusto y asco de señoras & señores, ya damnificados en la fachada de sus domicilios, todavía deben rodar como un fantasmagórico cardo ruso. Ratones Paranoicos, cuatro décadas más tarde, suena como un disco de los ‘80 porque su productor, Gustavo Gauvry, no se privó de insuflarles los ecos y las cámaras de rigor en esos tiempos de primavera alfonsinista e impronta dark
Si hasta los apodos de la mitad de la banda iban en esa sintonía: el guitarrista Sarcófago (Pablo Cano) y el bajista Maldito (Pablo Memi). Que sus fauces apenas asomaran de una persiana tampoco aportaba una imagen diáfana respecto a las susceptibilidades. Y cerrar el álbum con un tema como Chica cadáver ya era como para dejar el caso cerrado.
Aquella misteriosa portada. El primer disco de Ratones Paranoicos.
Podía notarse entonces la pátina Stone en las interacciones de guitarras, las afinaciones abiertas y esas vocalizaciones que salían de los parlantes como si las amplificara una radio spika, pero también estaban por ahí ecos de Lou Reed, The Doors, New York Dolls y Sex Pistols. Costaba encontrar una fuente local en sus influencias y en esos sonetos entre sórdidos e inconexos de Juanse, que se hicieron marca registrada. Valor y virtud, a la larga.
Días salvajes. Juanse, arrastrándose por el underground argentino de los '80.
En el mismo año en que Spinetta y Fito Páez juntaban fuerzas en el valioso doble La La La, Soda Stereo daba un paso más al frente con Signos, Sumo y Los Redondos se confirmaban como el under oficial gracias a Llegando los monos y Oktubre, debut de los Ratones resultó un patito feo sin mucha promoción y suceso, pero con muchas joyas combustibles a bordo.
El tiempo le ha otorgado a Ratones Paranoicos un lugar de clásico. Un molde que el cuarteto perfeccionaría en el magno Los chicos quieren rock (1988) y que ensancharía en soltura y claridad en Furtivos (1989), conformando así una trilogía inicial insuperable en su larga trayectoria. Su tema más reconocido, Sucia estrella, alcanzaría el bronce al ser recuperado por Luis Alberto Spinetta en su disco en vivo San Cristóforo (1998). El funk se desliza en títulos como Sedán 1 y Bailando conmigo, acaso su segundo y potencial single, en tanto el punk rock se hace explícito en Ahora no es lo mismo y Primavera nacional.
En estudios. Grabando "Los chicos quieren rock", su segundo y clásico opus, en Del Cielito junto a Gustavo Gauvry.
A cuatro décadas de su lanzamiento, el debut de Ratones Paranoicos pasó a convertirse en una de las reediciones más coquetas y completas de las que se vienen viendo en el brazo de las multinacionales argentinas. Soslayado el vinilo blanco que también forma parte de la oferta de la edición de Sony Argentina, es el sonido grumoso y sucio lo que se realza, además de un simpático sticker y nuevas fotos de época que pasan a desplegarse en la tapa doble (gatefold, en la jerga) que en los ‘70 alimentó la épica de ser el mejor lugar para picar el prensado paraguayo.
Pero volviendo a lo importante, la música y su legado, el álbum de culto de una de las bandas más populares del rock argentino sigue sosteniendo la jerarquía y la mugre que lo hicieron distintivo.
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