Falta media hora para el show de Nacho Vegas en Vorterix. En la puerta, un vendedor de remeras del recital le cuenta extasiado a un chico (que ya tiene su propia remera de Vegas) que Nacho había salido a comprarle una para tener “de recuerdo”.
Media hora después, el joven que escuchó esa anécdota vibrará como nadie con los hits y el nuevo disco del español, Vidas semipreciosas. Vaso en mano, dará alaridos acompañado de frases tales como “No seas maaaalo” o “Qué lindooooooo”. Se quejará -aunque con disfrute, como no pudiendo creer que esté hilvanando un tema más triste que el otro- del repertorio del cantautor.
A su lado, abuelos y millennials convivirán en armonía. Una chica se desmayará. Su novio le sostendrá la cara sin saber qué hacer. Todos pediremos ayuda. Sobre el escenario, ¡Vanina Biasi! entonará, junto con decenas de aficionados de izquierdas: “Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”. El cantante se hará a un lado para sostener la bandera de ese país.
El recital será un loco, pero servirá para empezar a descubrir quién es en verdad Nacho Vegas.
Nacho Vegas a contraluz. Fotos prensa Nacho Vegas
¿Quién es Nacho Vegas?
Se dice de él que es maldito. En realidad, que fue maldito. De hecho, las casi dos horas de show las dio a un feroz contraluz que recortaba su silueta, envolviéndolo en un halo de misterio. Esa puesta en escena, sumada a su peinado acortinado y a sus gafas oscuras, le ocultaban la cara.
Sus melodías, muchas veces generadas tan solo con una guitarra, son sórdidas y fantásticas. Sin embargo, como reza el estribillo de uno de sus temas más dulces, la gran mayoría posee el don de la ternura. Si Nacho Vegas fuese una serie, sería Over the Garden Wall (“Más allá del jardín”, en español).
Al mote de artista maldito supo sacarle provecho en sus inicios, cuando era parte del indie español de los noventa, que renegaba de las discográficas y el comercio tradicional del pop. Él, más alternativo que los alternativos, sobresalía en un subgrupo de la escena: el indie gijonés, o Xixón Sound, con las experimentales bandas Eliminator Jr. y Manta Ray.
Nacho Vegas, el cantautor gijonés, en Vorterix.
También lo hizo en 2001, con su primer álbum en solitario, Actos inexplicables, y con el segundo (y eterno) Cajas de música difíciles de parar. En aquellos tiempos también lanzaría su EP Cuatro dramáticas canciones de Nacho Vegas, cuyo título bromea acerca de su “condición”.
Si es difícil identificar a su oyente promedio, definirlo es una empresa improbable. Nacho Vegas tiene 51 años, pero sus canciones parecen provenir de un pasado lejano, transgeneracional. Rejunta un público alternativo y activo, proveniente de la melomanía, del activismo, de los sectores intelectuales del progresismo, del mundo cultural en general, más algún que otro rezagado.
Actualmente, su nombre sobrevuela juventudes, entre otras cosas, por ser pieza fundamental de Los años nuevos, una serie española de amor de moda en el mundillo de los consumidores de Mubi. Compone la canción del programa y su nombre está constantemente en boca de los protagonistas.
Vegas, a Vorterix lleno en la noche de viernes.
También aparece en el último Bafici, en un documental sobre la composición de su hipnótico tema El fulgor.
Aunque su relación con este festival nos remonta al pasado: en 2007 tocó en el Harrods para un puñado de gente en compañía de Xel Pereda, y cuenta la leyenda que el público tardó tanto en enterarse de su presencia que pasaron cuatro canciones y nadie se había enterado de que estaba allí. Para ese entonces, recién se estaban empezando a conocer en un círculo muy cerrado de melómanos del país, donde solo habían llegado dos álbumes suyos.
Hoy es diferente. Con diez discos en solitario encima, casi que Vegas se entrega al mainstream. Queda más o menos evidente en los sonidos de muchas de las canciones de Vidas semipreciosas, el álbum que lanzó en abril y presentó el viernes Vorterix.
Nacho Vegas hace la canción de "Los años nuevos".
Quiere a un público que coree frases melodramáticas, como “entre el dolor y la nada elegí el dolor”, o brame con furia el “¡Me cago en Dios!” de una de sus composiciones más combativas.
En La pena o la nada entona: “como el negro escuchando a Van Zandt cantar Waiting around to die”. En esa misma canción menciona a la actriz Katy Jurado. Uno de sus álbumes se llama Esto no es una salida, como la frase final de American Psycho. En El lugar del amor recuerda a José Alfredo Jiménez. Las canciones de Nacho Vegas están llenas de referencias a otros artistas y obras, y muchas de ellas se nutren de la poesía, posiblemente su expresión artística favorita más allá de la música.
Socialismo, cristianismo, activismo, España. Mitos y leyendas. Solitarios, desencontrados, marginados, incomprendidos, enojados, enamorados: cuídese si no le estremecen las historias del El fulgor o El camino. Más allá de cuál sea la respuesta final, da la sensación de que en su obra primero viene la anécdota, el sueño, y después la melodía.
Aunque plantea estos turbios mundos fantásticos, también canta sobre sí mismo. Y es en esos relatos en donde podemos llegar a la respuesta a la pregunta inicial de quién es Nacho Vegas. Así cierra Fíu, un tema de su último disco: “Si me preguntáis quién soy, jamás diré: soy un artista. Si vais entrugar quién soi, nun voi dicir: soi un artista. Soy hijo de Cristina Vegas, antifascista. Fíu de Cristina Vegas, antifascista”.
POS
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