La frase clave es archi conocida, aunque, como muchas veces ocurre, atribuida a un autor de modo equivocado. “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”: la gran mayoría de las personas cree que este dicho fue pronunciado por James Dean, pero en verdad quien lo dijo fue el actor John Derek (quien supo ser esposo de la sex symbol Bo Derek) en la película El crimen no paga (1949), dirigido por Nicholas Ray, el hombre detrás de las cámaras del clásico de Dean Rebelde sin causa (1955). De ahí, casi seguro, radica la confusión. Pensemos esta sentencia, entonces, como una comparación entre los cien años que Norma Jean Baker, alias Marilyn Monroe, cumpliría el próximo 1º de junio y que con su temprano deceso el 4 de agosto de 1962 a los 36 años.

Marilyn Monroe cumplió todos los casilleros propuestos por la expresión de Derek y las diez décadas de vida que, Dios quiera, festejará el 23 de febrero del año que viene nuestra Rosa María Juana Martínez, más conocida como Mirtha Legrand, sin interrumpir el rito que ejerce, con interrupciones, desde 1968: sentarse a almorzar o a cenar con una cámara de televisión enfrente para entrevistar personas a través de la pantalla chica del electrodoméstico que no falta en casi ninguna casa.

¿Nos podemos imaginar a una Marilyn de cien años, activa y con planes para el futuro? Un ejercicio de imaginación a todas luces imposible.

Crecer en una familia disfuncional no es fácil para nadie. Mucho menos en los años '30 en la Costa Oeste de los Estados Unidos, y muchísimo menos para una niña que nunca conoció del todo a su padre y que fue bastante ninguneada por su madre, que sufrió al menos un par de abusos sexuales, que no se destacaba por su talento escolar y que sobrellevaba un tartamudeo nervioso producto de todas estas situaciones.

¿Cómo resolvió la adolescente Norma todo este panorama? Casándose a los dieciséis años con James Dougherty, el hijo de un vecino que hoy funciona como una brevísima nota al pie dentro de la biografía de la futura estrella, gracias a un matrimonio que duró lo que un suspiro y a su prolongada negativa de hablar de su primera esposa, postura quebrada añares después con un par de libros al respecto de su ex, ya convertida en la leyenda que todos conocemos.

El divorcio llevó a “Jean Norman” (pseudónimo que la joven utilizó para esas sesiones fotográficas) a comenzar a coquetear con la idea de ser una modelo de revistas, una pin up girl como se estilaba en aquel momento en contraposición a las mannequins de alta costura, que incluso supo posar desnuda para Playboy sin que, una vez que fue famosa, ese hecho le haya jugado en su contra.

Un estratégico cambio de color en el pelo la estigmatizó, para bien, para siempre: un hola absoluto a un rubio platinado y semi decolorado, al estilo de Rita Hayworth. La adopción del nombre por el que se la conocería aún hoy: Marilyn Monroe. Y, en paralelo, los primeros bolos cinematográficos que la reflejaban como a una joven tímida, pero con muchas ganas de aprender y llegar, quizás no de manera consciente, al estrellato total.

Marilyn Monroe Los Caballeros las prefieren rubias escena inmortal

La construcción de una diva

Quizás estos comienzos, vistos desde el día de hoy como un tanto desprolijos, hayan sido una de las claves tanto de la trayectoria profesional de Marilyn como también de sus vaivenes personales y personales en su vida privada. Una persona que estaba destinada a llegar a la cima del mundo, pero sin tener ese objetivo como meta principal en su vida, más allá de que a medida que pasaba el tiempo su popularidad comenzaba a crecer exponencialmente, sin un techo que la contenga.

Pero Marilyn no era ingenua, y fomentaba con sus formas y sus declaraciones la idea de mito sexual inalcanzable. Su vestuario, sus dichos de que solía dormir sin ropa interior (¡en los años '50!), la famosa escena de La comezón del séptimo año, donde su vestido blanco se levanta por el viento procedente de una rejilla de ventilación del subterráneo neoyorquino, y sus primeros escarceos amorosos con figuras ya consagradas como el director Nicholas Ray o los actores Yul Brynner y Peter Lawford.

Marilyn Monroe y la imagen icónica de "La comezón del séptimo año", película de 1956.

Una belleza deslumbrante y un carisma sin igual. Una clasificación de “chica tonta” que era desmentida por una foto suya leyendo de modo muy atento el Ulises de James Joyce, sin importar si la imagen era verdad o pose. Unas ansias tremendas de continuar mejorando sus performances, que la llevaron a estudiar la famosa técnica actoral denominada El Método con Lee y Paula Strasberg en el Actor’s Studio.

Múltiples problemas en los sets de grabación que, sin embargo, no impidieron que fuese dirigida por gigantes de la época dorada de Hollywood de la talla de Billy Wilder, John Huston, Sir Lawrence Olivier o Howard Hawks, entre otros. Y los títulos, a razón de prácticamente uno por año: Niágara, Los caballeros las prefieren rubias, la ya citada La comezón del séptimo año, El príncipe y la corista, Una Eva y dos Adanes y Los inadaptados, entre otras. Todos clásicos de visión obligatoria y, lo mejor del caso, que abarcan distintos géneros como comedia romántica, policial negro o western, lo cual habla de la versatilidad actoral de Marilyn para abordar diversos roles.

Joe DiMaggio. El beisbolista fue el segundo marido de Marilyn Monroe

Bodas y romances

Más allá de su fallido primer matrimonio, Marilyn reincidió dos veces más en el arte del casamiento. Primero con la estrella de béisbol de los New York Yankees Joe DiMaggio, considerado como uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. La unión duró sólo nueve meses por las constantes escenas de celos del deportista, que tuvieron su cénit con la ya nombrada célebre escena del vestido y la rejilla del subte de La comezón..., sumados a rumores de abuso físico y a un comienzo de dependencia por parte de la actriz de sustancias farmacológicas legales como barbitúricos y, en ese momento en menor medida, el alcohol.

El segundo intento malogrado de nupcias fue, tras un breve flirteo con Marlon Brando, con el dramaturgo Arthur Miller, autor de La muerte de un viajante y sospechado por el infame senador Joseph McCarthy de poseer vínculos con el Partido Comunista, en pleno marco de la Guerra Fría. Esos dichos intentaron salpicar a Marilyn, con resultados nulos.

Marilyn Monroe, con Marlon Brando. Hubo romance entre ambos.

Tras divorciarse, Miller se casó con Marilyn en 1956 tanto con el rito católico como con el judío, y los comentarios negativos sobre la unión no tardaron en llegar.

Por más que el escritor apoyó su carrera en todo momento, la inestabilidad emocional de Marilyn comenzaría a ocupar un papel dominante dentro de su psiquis. Cada vez más dependencias a las pastillas y a la bebida por un insomnio incontrolable, con internaciones para desintoxicaciones incluidas, conductas erráticas en los rodajes, infidelidades, y hasta un embarazo ectópico y un aborto espontáneo.

Arthur Miller y Marilyn Monroe, el día de su casamiento. Foto: archivo Clarín

Miller escribió Los inadaptados, con John Huston como director, para intentar darle una actuación más dramática a su esposa, y consiguió lo que menos esperaba: la separación de la pareja. Si bien en su momento la película fue defenestrada por la crítica, con el correr de los años se estableció como un trabajo muy sólido por parte de Marilyn, y hoy se aprecia como un filme ineludible.

Feliz cumpleaños, señor presidente

Pero cualquier historia sobre Marilyn Monroe estaría incompleta si no se hace mención de su relación con John Fitzgerald Kennedy, por esa época presidente de los Estados Unidos, y con su hermano Robert.

El 19 de mayo de 1962 JFK festejó su cumpleaños número 45 ante 15 mil personas en el Madison Square Garden de Nueva York, con una gala que incluía las presentaciones de María Callas, Ella Fitzgerald, Judy Garland, Henry Fonda, Harry Belafonte, Yves Montand (viejo amante de Marilyn), y Peggy Lee, entre otros. Pero toda esta constelación quedó eclipsada cuando hacia el final de la velada Peter Lawford presentó a Marilyn, que acaparó todas las miradas con un vestido diseñado por el francés Jean Louis Berthault, por el que la diva pagó 12 mil dólares, y que era tan ajustado que debieron cosérselo ya puesto.

Marilyn Monroe le cantó el feliz cumpleaños a JF. Kennedy.

Y, acto seguido, un Happy Birthday, Mr. President que sigue estremeciendo por su sexualidad casi explícita. Si bien nunca se sabrá a ciencia cierta si el presidente y la actriz fueron los amantes que todos imaginan, esta versión del Feliz Cumpleaños lo confirmaría de modo tácito e indisimulable. La ausencia de Jackie Kennedy (la esposa del presidente) en el evento alimenta toda teoría conspiranoica, y está bien que así sea, lo mismo que la supuesta relación entre la actriz y Robert Kennedy, que también dicen que supo rondar por la morada de Marilyn el día de su muerte.

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El saludo al presidente de los EE.UU., fue el 19 de mayo de 1962.

El Happy Birthday, Mr. President sería la última aparición pública de Marilyn. El 4 de agosto de 1962, de madrugada, en su casa de Los Ángeles, al no responder los llamados de su asistente, se convocó al doctor Ralph Greenson, psiquiatra de Marilyn, que la encontró sin vida. La causa oficial fue sobredosis de barbitúricos. El funeral fue íntimo y organizado por Joe DiMaggio en el Westwood Village Memorial Park angelino. DiMaggio, hasta su deceso, se negó a hablar sobre su relación con Marilyn, y no volvió a casarse.

Al fin y al cabo, a casi cien años de su nacimiento, ¿qué es lo que hace a la figura de Marilyn Monroe un mito irresistible? Dejando de lado la idea del “bonito cadáver” (que es la más fácil en la largada para picar en punta, y que por eso jamás merece ser descartada) habría que pensar en las muchas Marilyns que habitaron el cuerpo de Norma Jean Baker. Y ahí gana la fragilidad de una persona que se consumió a sí misma demasiado rápido, sin siquiera darse la posibilidad de reinventarse.

Ascenso y caída: el ítem “Resurrección”, que tan bien les queda a muchas leyendas de Hollywood, pasó de largo en la vida de Marilyn Monroe. Pero nos dejó, como bien dijo Federico Moura, una imagen de foto perfecta, hermosa, veloz y luminosa. E inmortal.