Durante años, el teatro musical cargó con un prejuicio difícil de romper. Para muchos espectadores, era un género “menor”, demasiado ligado a lo infantil o a una idea solemne de Broadway, imposible de replicar fuera de Nueva York o Londres. Pero algo cambió. Y ya no parece tener vuelta atrás.
Hoy, la cartelera porteña vive una verdadera explosión musical. Mientras Hairspray, Annie y Anastasia ya están en escena, en las próximas semanas desembarcarán Billy Elliot y Charlie y la fábrica de chocolate.
A eso se suma una seguidilla de mega producciones que, en las últimas temporadas, consolidaron un fenómeno que dejó de ser excepción para convertirse en norma: Company, Matilda, School of Rock, Heathers, Rent, Despertar de primavera o Mamma Mia son apenas algunos ejemplos de una lista cada vez más extensa.
Lejos de tratarse de una moda pasajera, el crecimiento parece responder a un cambio cultural más profundo. El público perdió el miedo al musical. O mejor dicho: las nuevas generaciones crecieron sin ese prejuicio.
"Hairspray" es una de las grandes apuestas de la cartelera porteña. Foto: Movilpress
Fenómenos globales como High School Musical, Glee o incluso las recientes adaptaciones cinematográficas de Wicked y Mean Girls hicieron que toda una generación naturalizara el código del género. Los personajes que cantan para expresar emociones, historias atravesadas por coreografías y canciones que funcionan como motor dramático. Lo que antes resultaba extraño, hoy se percibe completamente orgánico.
“Murió el prejuicio. Un musical es un musical y no hace falta disimular más para que la gente lo vaya a ver”, asegura Fernando Dente, uno de los grandes referentes actuales del género en la Argentina y director de Hairspray. “Hace meses que los musicales están encabezando en una cartelera híper competitiva con récord de audiencia. Ya está, es algo que no tenemos que charlar más. Los musicales forman parte del ADN de Buenos Aires”, agrega.
Las nuevas generaciones, que crecieron con éxitos como "High School Musical", siempre entendieron el código del musical.
Para Dente, además, el secreto está en la propia naturaleza del género. “El musical cuando está bien hecho es imbatible. Es una casa con jardín, pileta y cochera para cuatro coches. Tenés todo”, grafica. “Y es como un perfume. Cuando todas las notas están alineadas se genera una fragancia irresistible”, suma.
El efecto generación Z
Parte de esta transformación también se refleja en quienes sueñan con dedicarse profesionalmente al teatro musical. Cada vez más jóvenes estudian canto, danza y actuación de manera integral, algo que hace dos décadas todavía era un camino mucho más marginal.
En paralelo, crecieron las instituciones dedicadas específicamente a formar artistas para el género. Buenos Aires pasó de tener algunos pocos espacios especializados a contar con escuelas como IAM, fundada por Fernando Dente y Ricky Pashkus; Otro Mundo o la Fundación Julio Bocca, que incorporó un área específica de comedia musical.
"Annie" es uno de los musicales que domina la calle Corrientes.
Ese crecimiento formativo impactó directamente en la calidad artística de las producciones locales. “El hecho de que haya producciones cuidadas le permite al talento argentino, que está ahí, lucirse”, explica Ricardo Hornos, productor ganador de premios Tony y Olivier y actual director de Invasiones 1:No bombardeen Buenos Aires en el Teatro San Martín. “En general el teatro está en un gran momento. Se apuesta a producciones donde hay más inversión”, añade.
Para Hornos, además, la expansión del género funciona como una puerta de acceso cultural para nuevas generaciones: “Quiero creer que a la gente joven que no tiene la posibilidad de viajar a ver musicales emblemáticos este crecimiento les permite empaparse de referencias y hacer un semillero para que se puedan crear musicales en Argentina”.
“Yo creo que para que un título internacional funcione acá tiene que haber sido una película. Como Matilda, School of Rock o Hairspray”, analiza Ricky Pashkus, uno de los productores históricos del género en el país.
Video
Trailer de "Annie".
“En general, si hay película funciona a gran escala. Cuando no fueron películas estás en un problema, porque tenés que apoyarte en el nicho y en el éxito internacional que hubiera tenido en Broadway”. Para Pashkus, el público argentino -como gran parte de los países hispanohablantes- llega al musical desde un universo previo de referencias audiovisuales.
La comparación inmediata con Nueva York
La comparación con Broadway aparece inevitablemente cada vez que una producción local sorprende por su despliegue. Pero quienes trabajan hace décadas en el género coinciden en algo: Buenos Aires no necesita copiar a Nueva York para validar su escena musical.
“No es tarea de los que hacemos teatro que Buenos Aires se parezca a Broadway”, sostiene Dente. “Broadway es Broadway porque también está en una de las ciudades más visitadas del mundo, entonces la industria es enorme por la cantidad de gente que asiste”.
Sofi Morandi sobre el escenario del Teatro Coliseo en "Hairspray".
Los números explican buena parte de esa diferencia. Según el director de Hairspray, “el musical más barato en Broadway cuesta 10 millones de dólares”. En la Argentina, incluso las producciones más ambiciosas manejan presupuestos muy inferiores.
“En términos de producción no se puede comparar a Broadway con la Argentina”, coincide Pashkus. “Allá un buen musical vale entre 25 y 50 millones de dólares. Y acá lo más carísimo es un millón”. Sin embargo, aclara: “En cuanto a calidad artística no hay discusión. Buenos Aires está al mismo nivel que cualquier lugar del mundo”.
Hornos también marca una diferencia estructural. “Hay un factor geográfico y económico que es determinante en la diferencia. No vas a encontrar otro lugar en el mundo como Nueva York, Londres y Buenos Aires”. Para él, el talento local está a la altura internacional, aunque la escala de inversión sea distinta.
Y quizás ahí esté justamente la particularidad porteña: en haber construido una identidad propia para el musical. Una ciudad donde conviven las grandes licencias internacionales con una tradición teatral profundamente arraigada, donde el público llena salas para ver tanto un drama experimental como una adaptación de Broadway.
Durante años, el musical parecía algo ajeno, importado, lejano. Hoy, en cambio, ya forma parte del paisaje cultural porteño. Y mientras las marquesinas de la calle Corrientes se llenan de títulos cantados, la pregunta deja de ser si Buenos Aires puede parecerse a Broadway. Tal vez la verdadera novedad sea que ya no necesita hacerlo.
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