De viernes a domingo, Cecilia Encina sube al tren en Guernica cuando la tarde empieza a caer. Viaja cerca de una hora y media hasta el centro porteño, donde la espera un rincón de la avenida Corrientes, sobre la vereda frente al Paseo La Plaza y a metros del Teatro Alvear. Allí, sentada en una pequeña banqueta blanca, con la guitarra apoyada sobre las piernas y el atril delante suyo, canta folclore, chamamé y zambas mientras a su alrededor se mezclan el ruido de los colectivos, el apuro de la gente y el movimiento constante de quienes entran y salen de los teatros.

Hace apenas un año que ese pedazo de vereda se convirtió en su escenario fijo. Antes pasó 17 años cantando dentro de la estación Pasteur de la línea B. Pero cuando las autoridades del subte decidieron quitarla del interior, la artista trasladó su música a la calle y convirtió la pérdida en una especie de peña improvisada sobre Corrientes.

Ahora, alrededor suyo, se forman pequeñas escenas que se repiten cada noche. Hay personas que frenan unos minutos antes de entrar a una función, otras que salen todavía emocionadas del teatro y se quedan escuchando una canción más. Algunos vecinos incluso llegan con sus propias banquetas y se sientan frente a ella como si ocuparan una butaca. Sin buscarlo demasiado, Cecilia terminó construyendo su propia comunidad en la peatonal.

Como cualquier viernes, esa noche estaba sentada cantando Honrar la vida, de Eladia Blázquez, cuando una mujer se acercó hasta ella para escucharla con atención. Era Carmen Barbieri. Primero dejó dinero en la gorra y después empezó a cantar junto a ella. El momento, filmado por la secretaria de la conductora, se viralizó en redes sociales y terminó replicado en decenas de portales y programas de televisión.

Pero la escena no terminó ahí. Apenas terminó la canción, Barbieri la invitó en vivo a participar de su programa el lunes 25 de mayo. Cecilia aceptó y apareció interpretando Merceditas, la canción litoraleña, el género folclórico que más disfruta cantar. El estudio entero acompañó su interpretación con palmas.

Cecilia Encina en "Con Carmen" el programa de Carmen Barbieri por la pantalla de elnueve. Foto: captura de video

Entonces llegó algo a lo que todavía no termina de acostumbrarse: miles de mensajes en redes sociales, personas que le contaban que la escuchaban desde hacía años en silencio, otras que se emocionaron al reconocerla en televisión y desconocidos que, por primera vez, le ponían nombre a una voz que ya formaba parte del paisaje nocturno de la avenida Corrientes.

Del viernes, el día del video, hasta el lunes mi vida cambió. No lo puedo creer”, cuenta sorprendida Cecilia en una charla con Clarín, mientras revuelve un café todavía caliente entre las manos. Aunque el video explotaba en redes y su nombre empezaba a circular por todos lados, ella seguía aferrada a su rutina: ese mismo día volvió a Corrientes, pero algo ya era distinto. La gente la reconocía y hasta otros medios llegaron a entrevistarla en el mismo lugar donde canta cada fin de semana.

Agradezco por todo lo que pasé antes, porque por algo tenía que pasar para llegar hasta todo lo que me pasa ahora”, dice Cecilia al comienzo de la charla mientras acaricia su guitarra, y en esa frase parece resumirse toda su vida.

Detrás de la mujer que durante 18 años cantó en la estación Pasteur del subte B hay una historia marcada por la ausencia, la pobreza, los duelos y la música como refugio.

La historia de resiliencia detrás de Cecilia Encina, “la chica de Pasteur”

Nació el 22 de noviembre en Guernica, el Día de la Música y de Santa Cecilia, patrona de los músicos, como si desde el principio su historia hubiese estado inevitablemente ligada a una guitarra y a una canción.

Cecilia Encina tiene 53 años y es artista callejera. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Su padre era Coco Encina, acordeonista chamamecero; su madre también acompañaba ese mundo artístico. Pero la infancia estuvo lejos de cualquier romanticismo. Eran doce hermanos y el único sostén económico era su papá, que trabajaba como sereno de buques en el puerto de Buenos Aires mientras intentaba sostener su vida artística.

A los tres meses de vida, Cecilia fue entregada a su tía Sarita para que pudiera criarla. Su mamá debía dedicarse casi por completo a otro de sus hijos, que tenía problemas de salud. “Yo me crié con mi tía Sarita Velázquez hasta los cuatro años”, cuenta. Y aunque siempre supo quiénes eran sus padres, reconoce que en esa casa recibió el amor y la contención que marcaron para siempre su personalidad.

Yo a mi tía le debo todo. Ella fue la primera que vio en mí quizás las cosas que otros no vieron”. Sarita fue quien le regaló su primera guitarra y quien la empujó a confiar en sí misma cuando nadie más lo hacía. “Mamita, vos tenés que hacer lo que te gusta. No le hagas caso a nadie”, le repetía en las meriendas.

La música apareció antes incluso de que pudiera entenderla. Su padre soñaba con formar un conjunto con sus hijos varones y nunca le enseñó formalmente a tocar. Pero Cecilia se quedaba sentada en un rincon mirando los ensayos y aprendió sola. “Yo a los seis años ya tocaba guitarra y cantaba”. Nunca tomó clases. Copiaba lo que veía y después practicaba escondida.

La pequeña Cecilia cuando comenzaba a practicar con la guitarra que le regaló su tía. Foto: Gentileza Cecilia Encina

La muerte llegó demasiado temprano. Su papá murió cuando ella tenía 14 años. Cuatro años después falleció su mamá. “Ahí sí fue durísimo”, recuerda. Su hermana Zulema, la más grande, tuvo que hacerse cargo de los hermanos menores mientras Cecilia empezaba a trabajar para sobrevivir.

Desde los 18 años pasó por todo tipo de trabajos: fue cadeta, recepcionista, administrativa, cajera y también masajista. En paralelo, llegó a jugar en la primera de Racing hasta los 28 años, cuando una lesión en los ligamentos la obligó a dejar el fútbol.

Pero, aun en medio de esa rutina de oficinas, viajes y responsabilidades, la música siempre la acompañó desde su casa, en la intimidad de su habitación y lejos de cualquier escenario. Cantaba sola, copiaba letras a mano y sacaba canciones de oído, como lo había hecho toda la vida. Sin embargo, nada terminaría marcando tanto su historia como la estación Pasteur.

Cecilia Encina canta sobre la avenida Corrientes los fines de semana. Foto: Gentileza Cecilia Encina

Pasteur: la estación donde Cecilia encontró su lugar en el mundo

Todo empezó camino a la oficina donde trabajaba. Todos los días viajaba en la línea B y, al pasar por la estación Pasteur, frenaba a escuchar a un músico que tocaba folclore. Hasta que un día se animó a hablarle: ‘Yo amo cantar, me gusta mucho y te veo y lo disfruto porque siento lo mismo’”. El músico la invitó al día siguiente a tocar juntos en un centro cultural y, poco después, llegó una propuesta que entonces parecía imposible: bajar al subte a cantar.

Te juro que el primer día no podía ni levantar la cabeza de la vergüenza”, confiesa mientras se tapa los ojos. Hasta entonces casi ni se animaba a cantar frente a su propia familia. Muchas veces le habían dicho que con “esa vocecita” no podía hacer folclore. Pero algo pasó en Pasteur. Algo que le cambió la vida.

Y así, casi sin darse cuenta, durante 17 años, la estación Pasteur se convirtió en mucho más que un lugar de trabajo. Fue sala de ensayo, refugio emocional, escenario y familia. “Pasteur para mí es todo”, dice, y cuando habla de esa estación necesita parar un momento, tomar agua y calmar la angustia para poder seguir.

Cecilia Encina, "la chica del subte". Foto: Guillermo Rodriguez Adami

Ahí conoció a quienes escuchaban sus canciones cada mañana antes de entrar a trabajar. Ahí nacieron amistades. Ahí vendió discos que terminaron viajando a España, Francia y Estados Unidos. Ahí también conoció a Mariana, la mujer con la que comparte su vida desde hace doce años y con quien está casada hace dos.

Yo dejé de ser Cecilia Encina mucho tiempo. Era la chica del subte”, se define. Pasteur también le abrió puertas inesperadas. Grabó cuatro discos -el primero, “Desde siempre”, completamente hecho por ella-, cantó con artistas como Sandra Mihanovich y grabó junto a Cuti Carabajal. Pipo Pescador le regaló una guitarra. Pasó por escenarios como el Teatro Coliseo y el Teatro Metropolitan, pero nunca quiso abandonar del todo la calle porque admite que “ahí sentía amor". Sentía que podía ser ella.

Incluso cuando muchas personas le insistían con que “ya no estaba para el subte”, ella seguía volviendo. Porque la música, para Cecilia, nunca fue una carrera construida desde la ambición, sino desde la necesidad emocional. “La música es mi terapia. Me salvó de muchas cosas. Yo llego con mi guitarra y me transformo. Puedo tener miles de problemas, pero ahí me olvidaba de todo”, dice con los ojos brillosos y la voz un poco quebrada.

En esa guitarra que la acompaña hace más de 20 años lleva pegado un dije de la Virgen de Guadalupe. La fe, dice, siempre fue un sostén silencioso en su vida. “La Virgen en mi vida es muy importante porque siempre me sentí muy protegida por ella”. Incluso encuentra una señal en su propio nombre: Cecilia del Carmen.

Cecilia Encina lleva la Virgen de Guadalupe en su guitarra. Foto: Guillermo Rodriguez Adami

Con el tiempo, las restricciones para artistas callejeros la obligaron a dejar la estación. “La vida se encargó a los cachetazos de sacarme de ahí”, reconoce. Hoy canta frente a una heladería sobre Corrientes, frente a los teatros del Paseo La Plaza, donde otra vez volvió a construir una pequeña comunidad alrededor de sus canciones.

Y aunque ahora aparezcan entrevistas, programas de televisión o nuevas oportunidades, su deseo sigue siendo simple: tener una casa propia junto a Mariana, sus cinco perros y su guitarra.

Agradezco por todo lo que pasé antes, porque por algo tenía que pasar para llegar hasta todo lo que me pasa ahora”, repite otra vez sobre el final de la charla, como quien finalmente logró encontrarle sentido a cada pérdida, cada trabajo, cada viaje en subte y cada canción cantada a pulmón.