Billy Elliot no fue primero una película, como muchos creen, y luego un musical. Antes de todo fue una obra teatral, Dancer, que Lee Hall escribió antes de adaptarla al cine. Estrenada en 2000, dirigida por Stephen Daldry, con un Jamie Bell estupendo, luego en 2005 fue teatro musical en Londres, con Elliott Hanna y hasta con Tom Holland, hoy convertido en El Hombre Araña.
Es un drama musical -no precisamente para chicos: es un musical adulto-, que transcurre durante la huelga de mineros en Durham, Inglaterra, entre 1984 y 1985, bajo el gobierno de Margaret Thatcher. Billy, huérfano de madre, es hijo y hermano de mineros, con quienes vive junto con su abuela.
Algo eléctrico
El tema es que Billy decide aprender a bailar ballet porque es lo que lo hace sentir “algo eléctrico”.
La versión vista en el Teatro Opera claramente debe ser un unplugged, porque lo que no transmite Billy Elliot, el personaje, es precisamente esa energía, esa motivación que hace a Billy Elliot, el musical, una obra de impacto. Algo que en el enorme escenario del Opera, no sucede.
Billy, entre chivas bailarinas, la profesora (Alejandra Perlusky), la policía represora y los mineros.
No por nada en todo el mundo ya la vieron más de 12 millones de espectadores.
Y si bien el musical es un género dentro del teatro, tiene sus reglas.
Dinero hay, y se nota
Billy Elliot es un gran musical. Quienes lo vimos en el extranjero o los que han visto alguna puesta de Broadway o en Londres por YouTube pueden dar crédito de ello, de que es así. La puesta en el Teatro Opera, en la que se nota que se invirtió mucho dinero, no brinda esas sensaciones de estar ante una obra precisa, compacta, sino una sumatoria de escenas.
Hay mucho dinero invertido en "Billy Elliot", nada que envidiar a las puestas de Londres o Broadway.
No importa cuál de los tres elencos de niños vio este crítico, aunque se supone que era el más afiatado.
Principalmente, hay un problema de casting. Si el protagonista baila bien, pero solo bien, y no actúa más que repitiendo las líneas de diálogo que le tocan, y el padre no baila, casi no tiene voz y actúa solo como si Jack fuera un troglodita, y sí, están en problemas.
Con todo, Osvaldo Laport está mejor que cuando fue el Rey Tritón en la vereda de enfrente, en el Gran Rex, con La Sirenita. Si no canta, ya no entona bien, ¿para qué lo llaman? Las escenas en las que se enfrenta a su hijo mayor (Sacha Bercovich), éste lo da vuelta.
Billy y Michael, el amigo que está descubriendo su propia sexualidad.
Otro tema que no es menor son las dimensiones del escenario del Opera. Son enormes. La decisión de, en varias escenas, dejar verse los ladrillos pintados de blanco de la pared de atrás, genera un espacio imposible de “llenar” o generar un aporte estético, ya no digamos dramático. Ver a los asistentes corriendo al costado del escenario, entre bambalinas, tampoco ayuda.
Billy Elliot, sobre la identidad
Billy Elliot es un musical sobre la identidad, sobre no claudicar sobre lo que uno es, lo que uno siente. Este protagonista no entrega ese fuego: es frío. Billy es un varón que, precisamente, lo que busca la obra es confrontar su masculinidad con el recurrente prejuicio y la cursilería de que “el ballet es para mariquitas”, como se escucha en escena. Entonces Billy al menos debe verse mucho más masculino que Michael, el amigo que está descubriendo al vestirse de mujer su orientación sexual.
Alejandra Perlusky como la profesora de ballet Mrs. Wilkinson está muy bien, pero los niños en su conjunto no parecen tener una orientación o dirección precisa. No, no es que estén mal, como tampoco lo está Graciela Pal como la algo encorsetada o ridícula abuela Edna. En los rubros musicales, la dirección orquestal de Gaby Goldman demuestra por qué es mejor y necesario tener música en vivo y no una pista grabada.
Billy, de los guantes de box (junto a Alfredo Castellani) a las zapatillas de baile.
Emiliano Dionisi (Los monstruos, Recuerdos a la hora de la siesta) iba a ser el director de la puesta, y se fue por las siempre difusas “diferencias creativas”. Rubén Szuchmacher es un director cuyas puestas teatrales, por lo general, son más ascéticas, y que tiene en su haber puestas en escena de ópera y teatro musical, pero nunca un musical comercial como éste. Si Billy Elliot, por lo que cuenta, no fuese musical, su elección no habría llamado la atención.
Pero ¿por qué ver Billy Elliot? Porque trata sobre resistir -al poder-, sobre ser solidario y porque seguro que creer que se puede alcanzar una vida distinta es posible.
“Billy Elliot”
Buena
Musical. Libro y letras: Lee Hall. Música: Elton John. Dirección general: Rubén Szuchmacher. Dir. Musical: Gaby Goldman. Con: Osvaldo Laport, Graciela Pal, Alejandra Perlusky, Sacha Bercovich, Déborah Turza y elenco. Sala: Teatro Opera, Corrientes 860. Funciones: de jueves a domingo. Entradas: de $35.000 a $90.000.
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