Si bien el de la figurita falsificada fue el más célebre de los casos resueltos por Ragú Taburete, muchos otros, que ya le habían ganado su fama escolar, aunque no tan conocidos por fuera del alumnado, fueron igualmente importantes. La mayoría de ellos, registrados y difundidos por el periodista Berni Danguto.

Los rumores pueden ser de distintas especies: los completamente falsos, los que están a medio camino entre la verdad y la mentira, los que son una verdad indiscutible pero no hay cómo probarla.

En los colegios porteños, el Cornelio Saavedra, el colegio del Socorro, el colegio del Estambre, comenzó a circular la noticia de que cada tanto aparecía en un aula una niña que no pertenecía a grado alguno. Podía llamarse Laura, Verónica, Natalia. Pero lo que la identificaba, fueron descubriendo gradualmente los alumnos, era que no respondía a un apellido de la lista de asistencia. Los alumnos repetían uno tras otro Presente, excepto la niña desconocida, cuyo apellido aparentemente no era enunciado.

Su silencio era inquietante, como el de las calesitas sin pasajeros. ¿De dónde venía? ¿Por qué aparecía en el grado y luego se esfumaba, como si nunca hubiera estado?

A simple vista, no parecía un caso del que Ragú Taburete debiera ocuparse. Pero lentamente fue ganando importancia. Del mismo modo que en el caso de la figurita falsificada había emergido como gran amenaza El Aburrimiento, en el caso de La Niña Desconocida lo que se presentaba como una epidemia era El Miedo. La niña desconocida había sido vista y escuchada. Existían cientos de testigos. Alumnos y maestros.

¿Qué quería? ¿Por qué pertenecía a cualquier aula pero a ninguna? ¿Por qué no figuraba en algún registro escolar? ¿Por qué no decía presente ni estaba ausente? ¿Cómo se llamaba en realidad?

Estos interrogantes daban lugar a hipótesis estrafalarias: la niña desconocida era un fantasma, una niña fuera del mundo de los vivos, como se sospechaba de la maestra Estefanía. La niña desconocida era una espía extraterrestre, se confundía entre los niños para pasarle a su tribu intergaláctica los secretos necesarios para invadir la Tierra, comenzando por los colegios. La niña desconocida era una espía a secas, trabajaba para una organización internacional con un propósito tan desconocido como ella misma. O era alguna clase de criatura astuta y maligna.

Los testimonios coincidían en un punto: la niña desconocida no compartía jornadas escolares consecutivas. Al día siguiente de haber sido avistada, faltaba.

Podía llegar a concurrir a la misma aula, pero sólo dos meses después de su primera aparición. Un solo caso computado registraba que la niña desconocida había aparecido tres veces en una misma aula, con dos meses de diferencia entre cada aparición. La palabra aula, habitada por la niña desconocida, adquiría un tono ominoso, como la luz mala o el Maula.

En cada una de esas apariciones, no necesariamente conservaba el mismo aspecto. La describían con rodete; con trenzas. Con el guardapolvos terminado en pollera fruncida; o un guardapolvo varonil con falda abierta.

Con la tez morena, o con una palidez rojiza por el sol. Un testigo aseguró que la niña desconocida era de piel amarilla asiática, lo que despertó en Ragú Taburete la sospecha de que la niña desconocida pudiera ser en realidad Lin Pía, la hija del dueño del cotillón Hong Kong, integrante secreta -no para Ragú Taburete- del Alto Comisionado de la Figurita Difícil, y allegada y aliada de Ragú Taburete en la resolución de casos del colegio primario. Pero la misma Lin Pía lo negó tajantemente.

El miedo se expandía por los colegios porteños. Los niños se desconcentraban, les costaba completar las tareas de Matemáticas, en particular. Surgió el mito de que la niña desconocida ayudaba a los rezagados en Geografía. Era totalmente falso, pero varios alumnos dejaron de esforzarse, en la presunción de que la niña desconocida acudiría secretamente a revelarles las provincias que componían la Mesopotamia argentina, o las particularidades del subsuelo marítimo antártico.

Se superponían los aplazos en grupos de alumnos que hasta entonces habían resultado discretamente competentes. Los padres acompañaban a los niños hasta el aula, por miedo al cruce de sus hijos con una fantasma o una extraterrestre, postergando la necesaria asunción de la independencia personal en los alumnos de cuarto, quinto, sexto y séptimo grado. Los propios maestros, en el recreo, miraban con aire de sospecha a los alumnos, en busca de la niña desconocida, sin siquiera decidirlo, automáticamente.

Cuando la profesora Estefanía decidió acudir a Ragú Taburete, junto al mástil, rodeado de flores en peligro -por falta de riego-, del colegio 32, el famoso detective primario ya había asumido la tarea. Se hallaba meditabundo, una mano en el mentón, observando jugar a las figuritas a Pancho Doblas contra Emilio Correto. Lo acompañaban en silencio Tomás, el telépata; y Lin Pía, haciendo cuentas con un ábaco.

-La niña desconocida no ha cometido inconducta alguna -explicó Ragú Taburete antes de que Estefanía hablara-. Pero debemos pedirle que explique al alumnado que es una niña como todas, para terminar con las sospechas y el miedo.

-No se puede vivir con miedo -replicó, asintiendo, Estefanía, regando las flores, reviviéndolas milagrosamente-.

-¿Es una, o son más? -consultó Lin Pía, dejando por un momento sus cálculos en el ábaco-.

El mono Garronero, sin ser visto por el resto del alumnado, colgado del mástil, envió un mensaje telepático a Tomás y desapareció de escena. Había recorrido la totalidad de los colegios porteños en menos de 48 horas.

-Merece una caja de maní con chocolate ese mono atorrante -lo elogió Ragú Taburete-.

-Informa el mono Garronero que existe una sola niña desconocida -tradujo Tomás-. Con distinto aspecto, distinto peinado, distinto guardapolvo. Pero es la misma niña desconocida.

-Con todo el dolor del alma -sentenció Ragú Taburete-, no tendremos más remedio que confrontarla.

La niña china, Lin Pía, asintió con tristeza.

La niña desconocida no les había hecho daño. Tampoco a sus compañeros. Pero si querían frenar la epidemia de miedo, debían desentrañar el misterio.

(Continuará).