Manchester tuvo a Joy Division, The Smiths y Oasis, entre varios. Liverpool, a los Beatles. La industrial Birmingham inventó buena parte del heavy metal con Black Sabbath a la cabeza. Y Londres resulta directamente inabarcable.
Acaso Inglaterra pueda contar media historia del rock sin salir de sus ciudades y de ese carril izquierdo que condujo a algunas de las bandas más importantes del mundo. Y, sin embargo, como en la famosa introducción de cada aventura de Astérix, no toda la Galia estaba ocupada. El rock “británico” también tiene su bastión de irreductibles: grupos que pueden ser británicos, pero jamás ingleses.
Primal Scream no es inglés. Tampoco Teenage Fanclub, The Jesus and Mary Chain ni Franz Ferdinand. Manic Street Preachers y Super Furry Animals, menos. Y mucho menos U2, The Cranberries o My Bloody Valentine. Durante décadas, with or without you, los apretamos con bastante comodidad geográfica dentro de ese enorme bolso del “rock inglés”. Bastaba abrirlo para encontrar varias banderas mezcladas.
¿Anarquía en el Reino Unido?
Y justo ahora la geografía se puso incómoda. Esta semana las principales fuerzas nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron en Cardiff un acuerdo para defender el derecho de cada territorio a decidir democráticamente su futuro. Nadie anunció el entierro del Reino Unido ni desempolvó el “No future” de los Sex Pistols. Tres naciones volvieron a discutir qué quieren hacer con sus fronteras.
En el atlas brit de la música que nos hace tan felices, Escocia sembró ruido, psicodelia y una de las escenas independientes más fértiles del mundo. Gales hizo rock hasta en galés. Y lo entendimos. En la isla de Irlanda chocaron U2, las guitarras explosivas de My Bloody Valentine, la voz de Dolores O'Riordan y el punk nacido durante los Troubles.
Quizás la confusión sea toda nuestra. Dijimos “rock inglés” para hablar de bandas que, sencillamente, no eran inglesas.
Primal Scream. La banda escocesa liderada por Bobbie Gillespie. Fanáticos de Maradona.
Escocia: la otra gran fábrica de bandas del rock británico
The Jesus and Mary Chain salió de East Kilbride, cerca de Glasgow, y con Psychocandy (1985) sepultó melodías pop bajo feedback y distorsión. Phil Spector después de un accidente industrial, Velvet Underground, Stooges y rock and roll primitivo: ruido que escondía canciones.
Bobby Gillespie conectó esa descarga con Primal Scream: tocó la batería en The Jesus and Mary Chain mientras armaba su otra banda. En Screamadelica (1991) cruzó psicodelia, rock, acid house, rave y soul. Primal Scream hizo bailar a la psicodelia.
En su primer recital en Buenos Aires, en 1998, proyectaban imágenes de The Byrds y Syd Barrett mientras presentaban Vanishing Point en Museum. Dos fantasmas de los '60 flotaban detrás de una banda que saqueaba el pasado para correr hacia adelante.
Teenage Fanclub eligió otra ruta sónica. Desde Bellshill rescató a Big Star y The Byrds y levantó un pequeño imperio de guitarras, armonías y melodías. Belle and Sebastian, Franz Ferdinand, Mogwai y Simple Minds ensanchan todavía más un mapa escocés donde cuesta avanzar unos kilómetros sin pisar una banda.
Dolores O'Riordan, la fallecida cantante de The Cranberries. irlandeses. Foto: EFE
Más atrás asoma Bert Jansch, nacido en Glasgow y criado en Edimburgo. Un exquisito de la guitarra acústica, de fraseos y transiciones de acordes delicadísimos. Sin Jansch cuesta imaginar esa melancolía elegante, cálida, casi canción de cuna para adultos de Nick Drake. Jimmy Page y Neil Young lo idolatraban. Johnny Marr lo contó entre sus tres grandes influencias como guitarrista: algo de Jansch terminó, muchos años después, adentro del sonido de The Smiths.
Otra rama conduce a The Vaselines, de Glasgow, pequeña banda con un fan gigantesco: Kurt Cobain. Nirvana grabó tres canciones suyas. Molly's Lips y Son of a Gun terminaron en Incesticide; Jesus Doesn't Want Me for a Sunbeam, en el Unplugged. Sí, ese Unplugged: Cobain sentado, la voz devastada, lirios y velas alrededor. Parecía un funeral. Cinco meses después, lo fue.
Gales: el pequeño país que hizo del rock una cuestión de identidad
Franz Ferdinand, también de Irlanda.
Gales hizo de la lengua parte del sonido. Manic Street Preachers conquistó público fuera de sus fronteras y cargó además con la miteriosa desaparición, en 1995, de su guitarrista y letrista Richey Edwards.
Super Furry Animals empujó la identidad un poco más lejos: grabó Mwng en galés cuando ya ocupaba un lugar en el pop británico. Gorky's Zygotic Mynci trajo el folk experimental de Incredible String Band o la belleza de Fairport Convention a la actualidad y Stereophonics llenó estadios. Un país pequeño puede amplificarse sin traducirse.
Irlanda: de U2 al punk que nació en medio de los Troubles
Manic Street Preachers, rock galés.
Primero, la frontera: la República de Irlanda constituye un país independiente; Irlanda del Norte pertenece al Reino Unido.
Dublín lanzó a U2 al planeta, aunque Thin Lizzy ya había encendido sus guitarras allí en 1969 con Phil Lynott al frente. También de Dublín salió My Bloody Valentine. Loveless (1991) derritió las guitarras hasta convertirlas en capas, volumen y texturas casi líquidas. Seis años después, el ruido de Psychocandy cruzaba el mar y cambiaba de estado. Limerick sumó a The Cranberries y la voz de Dolores O'Riordan.
Al norte, el punk creció durante los Troubles, un conflicto atravesado por violencia, religión, identidad nacional y la disputa sobre el futuro del territorio. Stiff Little Fingers, desde Belfast, disparó contra ese presente en Alternative Ulster y Suspect Device. The Undertones, desde Derry, prefirió chicas, adolescencia y Teenage Kicks.
Mismo paisaje, dos respuestas. Y un mapa del rock que durante demasiado tiempo doblamos por el lugar equivocado.
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