Eran las 20:20, faltaban 40 minutos para el pactado comienzo del show de Jamiroquai -la muy esperada vuelta de Jamiroquai a Buenos Aires luego de casi diez años- y en los glamorosos alrededores del hipódromo de San Isidro el aire se cortaba con un cuchillo. Las larguísimas filas en los estacionamientos traían incertidumbre y nerviosismo. El personal de prevención avisa “A las 21:30 se cierra la puerta!”.

Es que la expectativa es grande y la ansiedad también. Y esto no solo se nota en las ganas por entrar antes de las 21 al gigantesco Hipódromo de San Isidro, sino en cómo luce la noche. Hay outfits cuidados, aromas a perfume árabe y gorros de todo tipo: pilusos, extrañas galeras, boinas, animal print, lentejuelas, brillos locos. Portando elegancia o siendo estrafalarios, el accesorio favorito de Jay Kay, el magnético cantante de Jamiroquai, es el rey del dress code.

De a poco, luego de caminatas y filas de autos que parecen no tener fin, se va divisando el “estadio” armado para esta ocasión. Se ve lindo, con su iluminación cuidada. En una buena decisión de la banda o la organización, el show comienza unos minutos tarde y a pesar de que el sonido no es el mejor y debe ajustarse, la emoción hace posesión de la motricidad de todo cristo presente: acá de baila, no importa nada más.

Luego del comienzo barroco de (Don’t) Give Hate a Chance, un tema que tira toda la carne al asador de movida, Jay Kay da una primera muestra de emoción cuando la gente entona el clásico “olé olé olé, Jami, roquai”. Afina su mirada cannábica y suelta sin poder reprimirse: “Por algo son los mejores del mundo... Argentina, te queremos mucho!”.

Tiradas las cartas sobre la mesa comienza un show pensado de un modo particular, o sea, con semejante repertorio, es imposible que este show no sea un “grandes éxitos” más grande que la sonrisa del inspirador Stevie Wonder, pero Jamiroquai aplica ese superávit de temazos de un modo único: lleva al público a sus propios espacios de reinterpretación de los mencionados temas, alargando intros, colando nuevos desarrollos instrumentales, en definitiva apelando a lo sensorial aparte más allá de los estribillos explosivos y los beats incontestables.

Todo este plan parece funcionar aunque no del todo, hay gente que cierra los ojos y los direcciona al cielo, mueve sus brazos como un muñeco de esos que anuncian a los lavadores de autos, se pliegan a la voluntad rítmica del grupo al 100%. Otros esperan el guiño familiar, el hit, la letra que los lleve a una época dorada.

En este devenir irregular, el show se encuentra en la mitad de su lista de temas y si bien la cosa iba a buen puerto aún faltaba “algo”.

Energía y muchos hits. La receta de Jamiroquai. Foto: @gggonzalolopez

Con un repertorio así, siempre hay más

“Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es el super repertorio de Jamiroquai”

Promediando la noche y con un minutaje extenso para la cantidad de temas que llevaban tocados, aparece definitivamente la magia.

El show se encendió del todo en el himno Allright, cuyo desarrollo en plan zapada psicodélica quito pulso bailable pero llevó mentes a ese estado pletórico que coincide con los gestos de Jay Kay, para pruebas de esto, sólo basta con ver si contoneo de cintura; en algunas cosas el tipo es el mejor.

Un buen sector del público agita para recrear el momento clásico del “yeah yeah alright" cantado en masa, pero no lo logra del todo, pareciera que la aprobación del show no es aún unánime, quizá ayude el hecho de que la banda no está del todo comunicativa, sin lograr “achicar” el espacio, una misión importante en un show de música como esta, de comunión, de cercanía, de celebración.

Pero no hay nada que el repertorio de la banda, a esta altura el superhéroe de la noche, no pueda vencer. Aún siguiendo con la idea de presentar los temas versionados, la fineza, el groove y la tremenda solidez pop de temas como Disco Always Stay The Same, Light Years o Canned Heat deja la noche en mote de fiestón total.

Para Travelling Without Moving, Jay Kay se calza unos auriculares iluminados, todo es un escándalo de onda y vuelo sonoro adornado con el vestuario de brillos del cantante y su colección distinguida de la marca de las tres tiras, de la cual, según dijo, estuvo comprando alguna prenda en Buenos Aires.

Jamiroquai armó una fiesta en el Hipódromo de San Isidro. Foto: @gggonzalolopez

Está claro que a pesar de una banda sin fisuras a la que Kay presentó dedicadamente, los ojos se centran todo el tiempo en el cantante quien cantó con el corazón, desplegó su catálogo de pasos en algunos pasajes del show para delirio de coetáneos fans, firmó autógrafos en los asistentes al campo delantero, colgó una bandera argentina de la batería y sonrió constantemente con su inigualable cara de atorrante.

Palabras más, palabras menos, nada se puede hacer contra un gran final a cargo de Love Foolosophy, Virtual insanity (en el que aprovechó para reflexionar sobre los peligros de la IA, mostrando su fastidio) y una acelerada y rocker versión de Deeper Underground.

Si bien es un show que podría maximizar sus virtudes en un recinto más pequeño que asegure más intimidad, esta vuelta de Jamiroquai cumplió expectativas e incluso dejó varias caras de fascinación sin atenuantes. Pies cansados, corazones contentos y la certeza de haber presenciado en vivo uno de los catálogos musicales más espectaculares que dejó la década de los '90.