Las atracciones para la kermesse las compraron en el cotillón Hong Kong, del padre de la niña china Lin Pía, que les hizo precio casi regalado. El dinero lo juntaron entre los cuatro -los tres niños asociados y Estefanía-, vendiendo flores silvestres a los floristas del barrio de Once, recogidas en el campo de Ragú Taburete, en jardines aledaños, y en el Rosedal y el Zoológico. Estefanía era experta; y los niños, excelentes recolectores. El fiel caballo Corcován les había colaborado en su modalidad sulky, tirando del carro en el que viajaron.
Ahora faltaba justificar la kermesse para el resto de los compañeros del aula, y del colegio.
No podían convocarla con la excusa de recaudar fondos para el viaje de egresados, porque todavía faltaba mucho. Tampoco con una fecha patria o un evento internacional, porque no había alguno cerca. A Tomás el telépata se le ocurrió inventar un recordatorio festivo del mediodía en que el maestro Tejerina había cazado una rata atravesándola por el lomo con un tenedor y la había paseado a lo largo del pasillo entre los alumnos asombrados y bulliciosamente risueños.
Lin Pía abrió un poquito sus ojos en señal de aprobación. La señorita Estefanía asintió en silencio, no muy convencida pero tampoco negando. Y Ragú Taburete dio por buena la idea apenas la escuchó. También el fiel Corcován participó del traslado de los artículos de cotillón: espantasuegras, juegos de mesa, juegos de puntería, muñecos de goma tamaño natural para jugar a voltear con una pelota de cuerina, dinosaurios fosforescentes de goma espuma, bombitas de agua para adornar, guirnaldas de papel crepé, globos multicolores.
Por supuesto, se vendía pochoclo casero, panchos a la olla y capullitos bañados en miel que hizo doña Taburete a escala industrial. Aunque el mono Garronero participó como atracción, subiendo y bajando del mástil disfrazado de Super Hijitus -con un ventilador de sombrero- para gran regocijo del alumnado, hubo que vigilarlo con el rabillo del ojo para que no diera cuenta de a puñados de los capullitos expuestos para la venta. Por medio de un mensaje telepático, Tomás le había ofrecido como pago, por su parte en la kermesse, media docena de bolsas de capullito y otra media de maní bañado en chocolate.
Como la kermese se justificaba por aquel heroico acto del maestro Tejerina -también levemente espantoso, pero así es la lucha contra la alimaña-, naturalmente se enteraron los alumnos del Cornelio Saavedra, y como el Cornelio Saavedra quedaba muy cerca del colegio del Socorro, y los niños de ambos establecimientos a menudo se reunían después de clase para campeonatos de papi fútbol, y las niñas para jugar a la rayuela en la vereda, también se sumaron los de aquel importante colegio. Hubo asistencia perfecta. Sucedió a las seis de la tarde, en el mejor sol restante, en el patio, que parecía más grande, del colegio 32.
Los puestos de cada entretenimiento se armaron con madera de cajón de verdura y cartón corrugado.
La niña china Lin Pía, con su mirada penetrante, munida de un poder sobrehumano para la observación, gracias a la precisión de sus ojos rasgados, siempre en posición, sospechó que entre los presentes se hallaba la niña desconocida. Habían concurrido todos los alumnos del Cornelio Saavedra, del colegio del Socorro, y los locales, del colegio 32. Tenían fotos de todos y cada uno de ellos. Como un ábaco de imágenes, la niña china Lin Pía calculó cada presencia. Había una niña que no pertenecía al plantel del Saavedra, ni del Socorro, ni del 32.
Pudiera ser una vecina del barrio, o de otro colegio. Pero resultaba extremadamente raro que alguna niña se sumara por fuera de los alumnos enterados de la kermesse. Tenía bastante sentido que fuera la niña desconocida.
A una comanda telepática de Tomás, el mono Garronero retiró la cámara polaroid debajo de su sombrero con aspas de ventilador de Super Hijitus, y como quien no quiere la cosa tomó una foto de la niña indicada. Aunque no utilizó flash -la hora mágica de las seis de la tarde otoñal daba luz para cualquier evento-, la niña desconocida pareció percibir inmediatamente la estratagema. Abrió y cerró los ojos como si le hubieran atrapado el alma.
Ragú Taburete, separado de su presa por una multitud de alumnos entretenidos, inició el acercamiento silbando una melodía infantil, con las manos en los bolsillos y la mirada falsamente distraída. Era muy difícil acercarse lo suficiente sin alertarla, y la distancia hacía imposible atraparla de un tirón. Además no había motivos para detenerla, necesariamente tenía que hablarle diplomáticamente.
La niña desconocida compró disimuladamente una bolsa de pochoclo casero, pagó un tiro de dardo que dio de lleno en la bombita de agua, y se fue sin llevarse el muñeco de pañolenci, un equeco de Anteojito, que se había ganado. Casi corrió.
Los cuatro complotados -Tomás el telépata, la niña china Lin Pía, la maestra Estefanía y Ragú Taburete-, intercambiaron miradas de complicidad, cada uno desde su posición estratégica.
Ragú Taburete salió a correrla, e incluso montó en Corcován, que en vez de regresar al campo había quedado aguardando en el baldío de Tucumán y Uriburu, de modo que no hubo que llamarlo con el chiflido supersónico.
Pero la búsqueda fue infructuosa. La niña desconocida se había mimetizado con el barrio y las gentes, tan desconocidas como ella misma. Ragú Taburete regresó al colegio 32 a pie, luego de ahora sí haberle habilitado a su fiel Corcován la vuelta al campo, siempre un poco triste sin su jinete. Llegó Ragú Taburete junto a sus allegados cuando la kermesse finalizaba.
Había sido un éxito: recaudaron todo lo gastado, más un treinta por ciento, que sepultaron en el pupitre vacío, su “caja fuerte” de fondos de emergencia, completamente en rojo desde hacía meses.
La señorita Estefanía ya reposaba en su casa de soltera. La cara de frustración de Ragú Taburete apenó profundamente a sus dos allegados.
-La perdí -reveló-.
-Al contrario -lo alentó la niña china Lin Pía-. Por primera vez tenemos una cierta idea de quién es.
-Tenemos la foto -cerró Tomás el telépata-.
Los tres compartieron una muy modesta sonrisa esperanzada.
Las fotos de rostros eran siempre un mensaje telepático para cada una de las personas que las observaban; a cada cual le decían algo distinto, pero verdadero.
(Este caso concluirá la próxima semana).
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