Una nueva declaración científica del Colegio Americano de Cardiología (ACC, por sus siglas en inglés) indica la falta de necesidad de que la gran mayoría de la población se realice un test periódico de su salud cardíaca para poder realizar ejercicio. El apto físico y sus implicancias es uno de los puntos centrales de esta guía que da pautas sobre cómo administrar la actividad aeróbica y de fuerza tanto en gente sana como en la que padece alguna patología.

Sobre las pruebas de esfuerzo antes de la actividad física, el documento de la ACC dice que “para la mayoría de las personas asintomáticas o clínicamente estables, no es necesario realizar pruebas de esfuerzo rutinarias antes de prescribir ejercicio, y las pruebas innecesarias pueden dificultar el inicio de la actividad física”.

Agrega que “se debe considerar la realización de pruebas de esfuerzo en personas con enfermedad coronaria crónica o insuficiencia cardíaca cuando los síntomas, el deterioro clínico reciente o la planificación de una actividad física intensa generen inquietudes sobre la seguridad o requieran una estratificación de riesgo individualizada”.

La declaración contradice lo comúnmente aceptado y legislado. En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, una modificación de la ley 139 que entró en vigencia en marzo de 2011 dice que “todas las personas que realicen actividades físicas en el gimnasio deben poseer un certificado de aptitud física que debe contener los resultados de estudios electrocardiográficos expedidos por el especialista actualizado anualmente”.

Desde la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC), su presidente, Sergio Baratta, consideró en diálogo con Clarín que el tema debería ser objeto de análisis. Y puso el acento en la falta de una rectoría estatal en ese sentido, “que indique como deberían ser las cosas para cada grupo poblacional y que eso sirva como respaldo legal”. Señaló que “exigirle a todo el mundo estudios de esfuerzo sin importar la edad, los antecedentes de salud y la intensidad del ejercicio a realizar no es costo efectivo”.

Según la ACC, la predicción de las pruebas de fuerza de un episodio cardíaco es mínima. Foto: Shutterstock

Baratta observó que “en Estados Unidos está en el centro del debate quién paga esos estudios”, algo que en Argentina se da por descontado que deben cubrirlo las obras sociales, las prepagas o el hospital público, sin hilar fino en si esos análisis -que en forma privada cuestan entre 26 mil y 100 mil pesos, según la complejidad- son realmente necesarios para la población general y con una periodicidad anual.

La guía de la ACC afirma que “el riesgo de sufrir eventos cardíacos graves durante el ejercicio es extremadamente bajo en la población general. Habitualmente no es necesario realizar exámenes médicos rutinarios, incluidas pruebas de esfuerzo, antes de realizar ejercicio de intensidad moderada a vigorosa debido al bajo riesgo absoluto del ejercicio, la alta tasa de resultados falsos positivos en sujetos asintomáticos, el escaso valor predictivo de las pruebas de esfuerzo para el infarto de miocardio y la muerte súbita cardíaca, y el hecho de que dichas pruebas desincentivarían el inicio del ejercicio”.

Sin embargo, advierte que “los pacientes que desarrollen nuevos síntomas durante el ejercicio, especialmente si los síntomas sugieren isquemia cardíaca, deben interrumpir el ejercicio regular y buscar atención médica”. Baratta acordó con que “en la actividad física moderada -que practica la mayor parte de la gente que hace ejercicio-, con tener un primer examen físico y un electrocardiograma sería suficiente, sin necesidad de una reválida anual, y el periodo de renovación debería ser establecido por el Estado”. Aunque aclaró que “en el alto rendimiento sí debería permanecer una pesquisa más intensiva”.

Otro punto que destacó el experto argentino es el impulso que desde la SAC se le quiere dar a una nueva herramienta, en forma de ley, para lograr que todas las personas que sufren una muerte súbita sean estudiadas genéticamente. Se estima que estos episodios representan entre el 15 y el 20 por ciento de todas las muertes (40 mil al año) y la mitad de las muertes por causa cardiovascular.

Esta herramienta consiste en la extracción de muestras biológicas post mortem para su conservación y eventual análisis genético, que habiliten una autopsia molecular cuando la autopsia convencional no sea concluyente. A eso se sumaría un programa de detección y seguimiento de familiares en riesgo por la posibilidad de que también tengan ese mismo componente genético.

"Los pacientes que desarrollen nuevos síntomas durante el ejercicio deben buscar atención". Foto: Shutterstock

Según la SAC, la evidencia científica demuestra que la identificación de una causa genética en un caso de muerte súbita puede permitir el diagnóstico de hasta el 50 por ciento de los familiares de primer grado, que podrían beneficiarse con controles cardiológicos específicos, tratamiento farmacológico, cambios en el estilo de vida y, en algunos casos, hasta la utilización de dispositivos preventivos como desfibriladores implantables.

Quiénes se benefician más al hacer ejercicio

El trabajo de la ACC, publicado en el Journal of the American College of Cardiology, sostiene que el ejercicio debería ocupar un lugar central en la atención cardiovascular, del mismo modo que el control de la presión arterial, el colesterol y otros factores de riesgo. Sus autores revisaron la evidencia disponible para establecer cómo indicar actividad física, qué intensidad buscar y en qué situaciones es necesario adaptar las recomendaciones.

Una de las principales conclusiones es que el mayor beneficio cardiovascular se obtiene cuando una persona pasa del sedentarismo a realizar alguna actividad física. A partir de ese primer cambio, aumentar progresivamente la cantidad de ejercicio suele aportar beneficios adicionales, aunque las mejoras disminuyen a medida que se alcanzan volúmenes más elevados.

La recomendación general para los adultos es acumular al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica de intensidad moderada o 75 minutos de actividad vigorosa. También se puede combinar ambas modalidades. Para quienes buscan beneficios adicionales, el documento señala que los resultados suelen mejorar al llegar a 300 minutos semanales de actividad moderada o 150 minutos de actividad vigorosa, siempre dentro de los límites apropiados para cada persona.

No se trata, sin embargo, de una frontera rígida entre hacer suficiente ejercicio y no hacerlo. Caminar unos minutos, utilizar las escaleras o interrumpir períodos prolongados sentado también puede contribuir a mejorar la salud. Para quienes parten de un nivel muy bajo de actividad, el primer objetivo es abandonar progresivamente el sedentarismo.

PS