Desde temprano este martes, cientos de personas formaron una fila de hasta 10 cuadras frente a Reconquista 654, en Ezeiza. Respondían a la convocatoria de la Cabaña Santa Marta, una distribuidora con varias sucursales que inaugura un local en el distrito. La empresa había anunciado el 7 de octubre en Instagram: “¡Vecinos de Ezeiza! Ya estamos llegando a su zona”. Citó a los interesados para este martes 20 a las 8 de la mañana. Pidió solo dos requisitos: ser mayor de 18 años y llevar el CV en mano.

La convocatoria llamó la atención por su forma. En una época en la que la mayoría de las búsquedas laborales se hacen por mail o por plataformas digitales, la empresa pidió a los postulantes que fueran en persona y con el currículum impreso. Algunos candidatos esperaron hasta seis horas para entregarlo. Desde la distribuidora dijeron que la cantidad de gente que se acercó los sorprendió. Lo atribuyeron a que la publicación se viralizó en las redes sociales. Explicaron que eligieron este formato porque quieren conocer a cada candidato cara a cara. La cola de candidatos se extendía por varias cuadras. Buscaban cubrir 40 vacantes.

La imagen de la fila se da en un contexto de cierre de empresas y de aumento del desempleo. Muchos de los que esperaban se quedaron sin trabajo en los últimos meses. Otros tienen empleo, pero el sueldo no les alcanza.

La convocatoria se hizo viral y la empresa se mostró sorprendida por la respuesta de la gente.

Durante la espera, la empresa instaló cuatro puestos de marcas de embutidos, con personal con bandejas que recorría la fila repartiendo salamines y empanadas de cada una de esas firmas. Aquí, las historias de algunos de los centenares de postulantes que fueron a pedir trabajo.

“Echaron a todos casi”

Andrés tiene 24 años y viajó desde Monte Grande. Está sin trabajo desde junio. Trabajó cinco meses y 17 días en una empresa de limpieza, el único empleo en blanco que tuvo hasta ahora. “No le renovaron a nadie, echaron a todos casi”, contó. “Se terminó un período de prueba y nos echaron, nunca me dieron una explicación ni nada”.

Andrés se quedó sin trabajo y busca un nuevo empleo. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Antes había hecho changas, trabajó como repartidor de Rappi y colocó durlock. Hoy vive con su madre y se mantiene como puede: “Corto el pasto, tiro las cartas, lo que sea, lo que salga”. Quiere retomar la carrera de desarrollo de software que dejó en pausa. Sobre la convocatoria, dijo: “La veo difícil porque hay mucha gente, pero con fe. Es la misma posibilidad para todos”.

Walter, de 44 años, también es de Monte Grande y llegó a las 7 de la mañana. Durante casi cuatro años hizo mantenimiento en countries, hasta que hace cuatro meses ese trabajo “se cortó”. Ahora vive de changas: coloca cielorrasos de PVC y durlock y hace trabajos en piletas. Lo llaman “tres, cuatro veces” por mes. Su esposa es empleada municipal y cobra 300.000 pesos. Tienen tres hijos que van a la escuela pública. Su suegra y sus hermanos los ayudan con mercadería, y los servicios los pagan a medias con su suegra. “Arañando para llegar a fin de mes”, resumió.

Walter hace changas y quiere un trabajo fijo. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Trabajar y que no alcance

La fila no estaba formada solo por desempleados. Claudia tiene 45 años, vive hace 30 en Ezeiza y se recibió el año pasado de profesora de economía. Da clases a adultos en el turno noche, pero no consigue más horas. “La plata no me alcanza, así que tengo que buscar un laburo de día”, explicó. Para completar ingresos, hace en su casa panes integrales y productos sin TACC. Pasó años dedicada a criar a sus hijos y ahora busca su segundo empleo.

Claudia es profesora y no le alcanza el sueldo. Necesita una segunda entrada. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Alison Silva vive en el barrio 20 de Septiembre, en Ezeiza, y estuvo casi cuatro horas en la fila. Tiene trabajo: atiende al público en un cotillón de Monte Grande, en jornadas de 12 horas. “Gano menos que el mínimo”, dijo. Vive sola y llega a fin de mes “raspando”. Hace tiempo que busca algo mejor y más cerca de su casa, pero no encuentra opciones: “Generalmente todos los trabajos, al menos para gente joven, son más o menos lo mismo: muchas horas de trabajo, sueldo muy bajo”.

Alison trabaja doce horas por el mínimo y quiere cambiar de trabajo. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Los más jóvenes

Fabricio Moreno tiene 21 años y es de Tristán Suárez. Estaba en la fila desde las 8.10. El año pasado trabajó unos meses en una pizzería, pero se fue por problemas laborales y pagos atrasados. Desde entonces busca empleo sin éxito y no tiene changas. Vive con su madre y su hermano y quiere “aportar algo a la casa”. Le quedan dos materias para terminar el secundario. Si este martes no consigue el puesto, “voy a tener que seguir buscando, no me queda otra”.

Florencio no estudia y trabajó un par de meses el año paso. Quiere aportar a la economía familiar. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Magalí, de 25 años y también de Tristán Suárez, trabajó cuatro años como despachante en un local gastronómico de Ezeiza. Renunció hace dos semanas para buscar “otro ambiente, más experiencia”. Vive con su pareja y dice que no la apura la necesidad. Pero quiere trabajar, explicó, “porque se saca el país adelante trabajando”.

Magali renunció a su trabajo y ahora busca uno mejor. Foto: Guillermo Rodríguez Adami