La noticia causó conmoción cuando se conoció, este viernes: un bioquímico de 71 años fue detenido por mantener cautiva a su familia. Clarín recorrió el barrio La Cascada, en Esquel, donde está la casa en el pasaje de ese mismo nombre en la que vivían Miguel Edgardo Battista, su esposa y sus tres hijos.
Los vecinos cuentan que casi nunca veían salir a la familia, que la mujer solía mirar hacia el horizonte desde una ventana y que escuchaban gritos durante la noche. “Tenían actitudes que te llamaban la atención”, dice una vecina.
Detrás de una ventana se ve un árbol de Navidad, en pleno octubre. Cortinas cerradas, papeles y placas que cubren parte de las aberturas. Afuera hay bolsas de basura, paquetes abiertos y objetos acumulados. En el frente, el pasto crecido, las cajas y otras cosas tiradas completan la imagen de una casa que parece detenida en el tiempo. En el fondo la situación es lo mismo, pero peor. Más cajas. Más basura.
La vivienda tiene dos plantas, una fachada revestida en madera y piedra y es una de las más grandes de la cuadra. Algunas ventanas están tapadas; otras dejan ver parte de lo que quedó adentro,. Según los vecinos, el arbolito de Navidad llevaba mucho tiempo detrás del vidrio.
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Así es la casa del horror en Esquel.
En la cuadra, la historia se cuenta a partir de pequeños detalles que, con el tiempo, empezaron a llamar la atención: el hombre era el único que salía, los chicos casi no aparecían y a mujer solo se dejaba ver desde la ventana. También había gritos de ella, que los vecinos describen como “incoherentes”.
“Tenían actitudes que te llamaban la atención. Por eso nos movilizamos todos los vecinos”, insiste una mujer que vive cerca de la propiedad. Mientras habla, se ríe nerviosa. La risa aparece una y otra vez, como una forma de atravesar el miedo y la sorpresa que todavía le provoca lo ocurrido.
El arbolito de Navidad, en la ventana. Foto Euge Neme
“Siempre lo veía salir a él”, cuenta la vecina, que vive en el barrio desde antes de que llegara la familia. Recuerda que, durante un tiempo, la casa estuvo alquilada por otro hombre y que después se instalaron Battista, su esposa y los tres chicos en 2022.
“Llamaba la atención porque los nenes no salían, él siempre fue un hombre que saludaba, pero nada más”, sigue.
Al principio, los chicos se movían por el pequeño patio del frente. A veces los saludaba cuando los veía, pero no obtenía respuesta. “Vos los saludabas a los nenes, pero ellos no te saludaban. Yo pensé que tenían algún tipo de retraso madurativo. Cuando los saludabas no te decían nada, se iban para adentro y después salía el hombre”, relata.
Battista, al ser trasladado tras su detención. Foto Andrés Campos
Con el tiempo, la presencia de los menores en el patio se volvió cada vez menos frecuente. Después, directamente dejaron de verlos afuera. La vecina dice que muchas veces pensaba que la familia no estaba en la casa.
La mujer también tiene presente la imagen de la esposa de Battista junto a una ventana. “La mujer siempre estaba con un turbante en la cabeza y se ponía en la ventana a mirar a la nada, al horizonte. Vos la saludabas y no te hacía ni gestos”, describe.
Desde su casa, además, escuchaba gritos que atribuye a la mujer. Aclara que no eran pedidos de auxilio, sino gritos que le resultaban incoherentes. No sabía qué ocurría adentro ni qué los provocaba.
La rutina de la vivienda parecía tener una sola excepción: Battista. “Venía el de Internet y salía él. Venía el súper, y salía él”, cuenta. El hombre atendía esas situaciones y hacía los mandados.
De los chicos, a la que más llegó a ver fue la menor, que a veces se asomaba por una ventana. “Conocías su cara, no su cuerpo”, dice.
Fuentes cercanas a la investigación aseguraron a Clarín que la esposa de Battista actualmente se encuentra internada, y que “no está bien”.
La cuadra donde viven los Battista. Foto Euge Neme
“En cuanto a los chicos también están muy afectados psicológicamente. Se espera que en la medida de lo posible se les haga cámara Gesell”, remarcaron.
El miedo entre los vecinos es latente, y prefieren no dar su nombre. Una vecina recuerda una escena cuando salía a fumar, miraba hacia la vivienda y alcanzaba a ver algunos movimientos a través de las ventanas. A veces veía al hombre y a una de las chicas subir la escalera, pero nunca llegó a conocer de cerca a la familia.
“Siempre pensé que era una casa de fin de semana. Nunca había gente”, cuenta. Por eso, cuando se enteró de lo que investigaba la Justicia, dice que no podía creerlo.
El jueves, cuando intervino la Policía, la escena cambió. Los vecinos vieron salir a los integrantes de la familia y pudieron observarlos de una manera que, hasta entonces, no habían tenido oportunidad.
Una vecina aporta que el primero en salir fue un joven que, por su aspecto, confundió con una persona anciana. Tenía el pelo largo y descuidado. Después bajó la esposa de Battista, con un pañuelo en la cabeza. Una de las chicas salió con su perro en brazos.
Los vecinos también advirtieron que había tres perros en la propiedad y que parecían estar cuidados. Otro detalle que le llamó la atención fue la postura de Battista al bajar: “Bajó como orgulloso, con la espalda erguida”, describe.
La mujer todavía intenta procesar lo que vio. Dice que en el Sur existe una forma de vida en la que cada familia suele permanecer bastante dentro de su casa, especialmente durante los días fríos. Pero para ella, lo que sucedía en esa propiedad iba más allá de esa costumbre.
“A ver, acá en el Sur todos estamos muy adentro, no es como Buenos Aires, pero salimos. Ellos directamente no salían”, explica.
Las sospechas no surgieron de un solo episodio, sino de una sucesión de situaciones que los vecinos comentaban entre ellos. La falta de salidas, los chicos que casi nunca se veían y los gritos durante la noche fueron parte de esas conversaciones.
Fuera de la casa hay bolsas de basura y cajas. Foto Euge Neme
Al bioquímico, lejos de llamarlo por su nombre, sus vecinos lo describen como “el hombre”. “Siempre a la noche hacía venir al delivery, que llegaba en un auto particular. Mi hipótesis es que lo hacía a esa hora porque tenía que abrir la puerta y se iba a ver toda la acumulación que tenía ahí”, dice un vecino.
“Este verano yo no podía creer que los chicos no salían. Acá acostumbran los nenes a ir a la cascada, pero ellos no, ni se los veía”, describe.
Según cuentan, el tema también circuló en el grupo de WhatsApp del barrio. Allí se habló de que dos vecinas iban a realizar una denuncia porque consideraban que la situación llevaba demasiado tiempo y que había comportamientos que no podían explicar.
La denuncia dio origen a la investigación, que terminó con la intervención policial en la casa y la detención de Battista. Ahora, la Justicia deberá determinar qué ocurría puertas adentro y establecer las circunstancias en las que vivían la mujer y los tres chicos.
AS
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