Pide que lo esperemos "en el estacionamiento del barrio", que en unos minutos nos pasa a buscar. Pese a la lluvia de sábado a la tarde, el movimiento es intenso en la zona céntrica del Barrio 31. Al ratito llega un muchacho cálido, amistoso, que se presenta y que nos guía -a fotógrafa y cronista- para llegar a su "refugio", ese lugar en el mundo que, confiesa, le empezó a cambiar la vida.
Caminamos unas dos cuadras y llegamos a la esquina de Puma y Futaleufú. Se dispone a levantar una persiana y a sacarle el candado a la puerta. Está cerrado ahora, abrirá para el público en un rato. "Pasen, ¿ven?, es chiquito y austero, pero amigable y de a poco va teniendo mi sello, mi personalidad y eso que todavía falta, eh... tengo mucho por hacer", expresa con humildad y una sonrisa de oreja a oreja.
Juan Pablo Vela (27) es bartender y el autor material e intelectual del primer bar de coctelería del Barrio Padre Mugica, como también se conoce a este distrito de Retiro. "De a poco lo vamos armando, estoy por comprar unas mesas y unas sillas para cambiar aquellas, ¿las ves? están medio destartaladas... Me hace muy feliz este lugar, es una locura, una realidad que hace un tiempo era inimaginable. Hasta hace poco lustraba zapatos, lavaba platos, vendía juguetes en la feria. Pero me mentalicé y pude".
Estamos en Tempo Bar 31 y no hay peatón que pase por la esquina sin que pronuncie alguna palabra, todas elogiosas: "capo", "mostro", "genio", "grosso". Juan Pablo devuelve los piropos mientras va acomodando el lugar que abrirá en un rato. Llegan dos chicas que trabajan en el salón para dar una mano en la previa y están por sumarse otro que prepara tragos en la barra y un cajero. También está Santiago (30), el hermano que se encarga de todo lo que sea albañilería, electricidad y pintura: "Levantamos el bar con nuestras propias manos, ladrillo por ladrillo".
"Levantamos el bar con mi hermano y nuestras propias manos, ladrillo por ladrillo, pintando, arremangándose mucho", dice el bartender Juan Pablo Vela. Foto: Mariana Nedelcu
Se le pregunta qué siente cuando los residentes lo felicitan. "Es un orgullo que te reconozca el barrio, la misma gente que vio todo desde un comienzo, los mismos que me veían cómo me las rebuscaba haciendo changas o, poco tiempo después, con una mesita en la puerta de mi casa intentando preparar los primeros tragos... Está bueno que se vea esto del esfuerzo, de querer salir adelante, de laburar y estudiar, acá no es todo falopa y delincuencia".
Vive en la 31 desde los 11 años y qué mejor ejemplo -él no quiere sentirse así, está claro- que abrir un bar donde están su familia y amigos. "Tengo empleados que viven acá, que son vecinos, que nos conocemos hace tiempo. Me hace bien poder dar una mano, y a veces me duele cuando no puedo dar laburo, porque no tengo lugar... Me cuesta decir que no, pero trato de ver si puedo acomodarlos con conocidos que tienen algún local afuera".
Remarca y aclara que "no es sencillo ser jefe cuando uno quiere ser un compañero más, pero tengo que ser claro y preciso, hay cosas que tengo que enseñarles, como lo hicieron conmigo, y ellos saben que tienen que cumplir dentro de lo posible porque hay que cuidar este espacio que tanto costó darle vida".
Juan Pablo Vela empezó con una mesita en la puerta de su casa, preparando un trago y hoy es tiene el primer bar de coctelería del Barrio Mugica. Foto: Mariana Nedelcu
Mientras termina de acomodar el salón, ofrece preparar un trago. Acerca un menú variopinto y cualquier opción cuesta $14 mil. La cámara lo busca, lo sigue, pretende captar algún gesto. Sonríe tímido Juan Pablo, que confiesa algo de nerviosismo. Cuenta al pasar que es boliviano, de Sucre, que vivió en un reformatorio varios años, hasta que con su hermano viajó a la Argentina y se instaló "en el barrio", donde se encontró con su mamá Victoria.
"Al principio éramos mi cuatro viviendo en una pieza de tres metros por tres y calentábamos la comida en una estufita". Habla de un padrastro violento y golpeador que pudieron echar de la vivienda. "Nos cagaba a trompadas y le pegaba a mi mamá estando embarazada de Tomás (18), el más chico, que por esas palizas padece retraso madurativo. Pero eso es pasado, hoy pudimos comprar un terrenito en el fondo del barrio, mi mamá vive abajo con mi hermano y yo me pude construir algo arriba, lo mismo que Santiago y mi hermana Zaira".
Además de formarse como bartender en Accademia Branca, estudia Seguridad e Higiene en el Instituto UOCRA. "Me quedan cuatro materias, pero me voy a recibir el año que viene porque ahora tengo este otro laburo lejos de Buenos Aires", agrega.
Se pide que amplíe un poco más. "Antes de que yo abriera Tempo 31, en diciembre del año pasado, laburaba en una casa de comidas rápidas y buscaba otras alternativas, un salto de calidad y mandé currículums a todos lados. Hasta que recibí un llamado de Estilo Campo, un restorán de El Calafate, donde me hacían una oferta formal. Después de pensarlo mucho y hablarlo con mi hermano, decidí aceptarla. Era muy difícil porque estaba dejando mi lugar que tanto había soñado, pero la decisión fue por el lado económico, ya que podría ahorrar para poder invertir acá".
"Me costó dejar mi propio bar para irme a trabajar al Calafate, pero prioricé el tema económico", admite Juan Pablo Vela. Foto: Mariana Nedelcu
Sueldos, mercadería, alquiler de más de un millón de pesos, Juan Pablo aceptó irse a trabajar a la Patagonia con un contrato hasta abril de 2027. "Me dan hospedaje, comida y el sueldo casi no lo toco. Es duro, reconozco que me dio miedo irme, pero hoy, después de casi dos meses, vale la pena en todo sentido. Allá trabajo como camarero, y también en la barra y en la cocina. Estoy haciendo un curso acelerado y podré volcar todo el conocimiento cuando regrese". Esta escala en Buenos Aires es por apenas un día y medio, ya que el lunes deberá estar otra vez en la provincia de Santa Cruz.
Salimos a la vereda, el cielo está encapotado, pero dejó de garuar. Acomoda unas luces en la puerta que le dan colorido a la entrada. "Esta zona no es pesada, hay movimiento y la gente camina tranca. Tenemos todo tipo de clientes, los que conocen el barrio y los que vienen de afuera y que preguntan 'che, qué onda la seguridad'. Les contesto que es un lugar que se puede estar sin problema, de todas maneras tengo una persona que está en la puerta para controlar".
"Fue movilizante alquilar el local para abrir un bar, pero está por cumplir un año y quiero renovar por dos o tres años más", expresa optimista Juan Pablo Vela. Foto: Mariana Nedelcu
Dice que no le molesta que le pregunten sobre el barrio. "Hay prejuicios que son lógicos, pero acá la mayoría quiere salir adelante. Siempre están los otros, los que buscan otras alternativas... A mí me afanaron varias veces, volviendo a la noche del colegio nocturno y me daba bronca, porque me esforzaba y estos se la ganaban fácil. (Hace una pausa) En su momento a mí me ofrecieron de todo (drogas), pero por suerte tuve la lucidez para decir que no y arremangarme para dar vuelta la historia".
"Dar vuelta la historia", dice y se retoma un comentario que deslizó al pasar, cuando mencionó "una mesa en la puerta de mi casa intentando sacar los primeros tragos". ¿Cómo fue eso? "Yo trabajaba en un local de comidas rápidas y un primo me empezó a hablar de coctelería y la curiosidad me fue llevando a querer saber más, aprender, probar y capacitarme en el barrio. Así fue que en los ratos libres que me daba el laburo y el estudio, sacaba una mesita a la calle y empezaba con los tragos tradicionales: gin tonic, mojito, caipirinha y negroni".
"Soy un luchador, no me rindo y me gustaría que los chicos de acá del barrio no se rindan para lograr sus sueños", expresa Juan Pablo Vela. Foto: Mariana Nedelcu
Empezó a vender a los vecinos y los tragos zafaban. "Con lo que ganaba invertía y me compraba materiales, botellas y herramientas para poder tener más ofertas. Yo quería seguir aprendiendo y fue de gran ayuda el programa gratuito de formación en coctelería de Fratelli Branca, que me ordenó, me organizó y me hizo notar la importancia de preparar un buen trago".
Hasta que llegó, quizás temprano, la gran oportunidad que se la buscó solito, cuando vio un cartel en esta esquina que decía se alquila. "Ver eso me inquietó, mil imágenes se me aparecían, entendía que era una señal para mí, no podía dejarla pasar. El tema es que yo no tenía guita para afrontar solo el alquiler, por eso recurrí a Santi, mi hermano, quien me bancó y me dio una gran mano en todo sentido. Hablamos con la dueña, y yo nervioso y con miedo, firmé un contrato que vence ahora en diciembre, pero la idea es apostar por dos o tres años más".
Sueña despierto Juan Pablo. "Siento que me va a ir bien y quiero abrir otro bar, un poco más grande, y después uno más fuera del barrio, para poder darle laburo a los chicos de acá y que tengas la oportunidad de salir de este lugar. ¿Cómo me gustaría que se me vea? No busco sobresalir, prefiero pasar inadvertido, pero si me preguntás, soy un luchador, no me rindo y me gustaría que los chicos de acá no se rindan. Tengo el privilegio de sentir que estoy cumpliendo un sueño, porque preparar un trago en esa barra me produce taquicardia de felicidad".
AS
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