Las empanadas salteñas, una copa de torrontés y una tarde de tenis en Cafayate. Antes de convertirse en León XIV, Robert Prevost tuvo una escala por el norte argentino en la que descubrió algunos de los sabores y costumbres de la región. Le gustaron las empanadas, elogió el vino blanco de los Valles Calchaquíes y hasta encontró tiempo para jugar al tenis en una cancha de la familia Etchart. Era 2004 y todavía faltaban más de dos décadas para que aquel sacerdote agustino estadounidense fuera elegido Papa.
De aquel viaje quedan recuerdos que hoy reconstruye el padre Pablo Hernando Moreno, el misionero de Cafayate que lo recibió en Salta, lo llevó en su Ford Falcon por los caminos del Norte y compartió con él ocho días de recorridas por los Valles Calchaquíes. También quedó la memoria de José Rubén Quiroga, el guía que lo acompañó por las Ruinas de Quilmes y que todavía recuerda el interés del entonces religioso por conocer la historia de los pueblos originarios argentinos.
Hernando es un sacerdote español que lleva 56 años en la Argentina y que por entonces era misionero en Cafayate. Con los años, el vínculo no se perdió. Incluso cuando el futuro Papa ya era cardenal y Hernando viajaba a Roma, compartían comidas y Prevost lo seguía identificando por aquel apodo.
"Prevost me conoce como el misionero de Cafayate", le cuenta Hernando a Clarín. Y enseguida empieza a reconstruir aquella visita que, para él, dejó una marca imborrable.
En 2004, Prevost llevaba tres años como prior general de la Orden de San Agustín, cargo para el que había sido elegido en 2001. Una de sus responsabilidades era visitar las comunidades agustinianas del mundo. Durante los 12 años que estuvo al frente de la orden recorrió unos 40 países, explica Hernando.
La Argentina fue uno de esos destinos. Primero llegó a Buenos Aires para acompañar a los religiosos y participar de un congreso de agustinianos. La visita también tuvo un momento especial: el 28 de agosto concelebró una misa con el entonces cardenal Jorge Bergoglio en la iglesia de San Agustín. Fue la primera vez que conoció personalmente a quien años después también sería Papa, Francisco.
Prevost permaneció alrededor de dos semanas en el país. Durante ese período visitó comunidades de Buenos Aires y Mendoza, e inauguró la biblioteca agustiniana de la avenida Nazca. Después viajó al norte argentino para conocer las comunidades de la región.
"El prior general tiene la obligación de visitar las comunidades agustinianas para alentarnos, renovarnos, decirnos qué está bien y qué hay que mejorar. Es una visita para darnos nuevos ánimos y seguir adelante", explica Hernando.
El encuentro entre los dos ocurrió en septiembre de ese año. Hernando fue a buscarlo al aeropuerto de Salta y lo llevó hasta Cafayate en un Ford Falcon. El sacerdote tenía entonces unos 60 años y Prevost, alrededor de 51.
Robert Prevost con otros sacerdotes en la Curia Eclesiástica de Salta.
"Él era el prior general, el mayor de toda la orden, y yo era un misionero más del noreste argentino. Sin embargo, me trató de una manera muy fraternal. Subimos al auto y empezamos a hablar", recuerda.
A medida que se internaban en los caminos de los Valles Calchaquíes, Prevost le preguntaba por las montañas y los cerros. Aquellos paisajes le hacían recordar su experiencia misionera en Chulucanas, Perú, donde había trabajado antes de asumir responsabilidades dentro de la orden y a donde, según Hernando, ahora quiere volver.
Hay un detalle de aquel trayecto que el sacerdote todavía conserva con nitidez: la pequeña computadora que llevaba el religioso estadounidense. "Él iba anotando todo lo que le contabas sobre los cerros. Tenía una pequeña computadora norteamericana que en 2004 todavía nadie tenía en el país, o por lo menos en el Norte. Iba registrando todo. Lo primero que destaco de él es la apertura para escuchar, la cultura del diálogo. Sabía escuchar", dice.
Hernando había llegado a Cafayate en 1970 y conocía cada rincón de la quebrada. Durante el viaje le describía la zona, sus paisajes y sus particularidades. Prevost escuchaba y escribía sobre la belleza de las montañas y los caminos.
Lo que más le llamó la atención, recuerda el sacerdote, fue la altura de los cerros, las rutas, los viñedos de Cafayate y, especialmente, la sencillez de la gente. "Le sorprendía mucho la cercanía de los vecinos con nosotros. Todos nos saludábamos, nos hablábamos. Le llamaba la atención ese acercamiento, esa fraternidad", cuenta.
El recorrido incluyó Cafayate, San Carlos, Colalao del Valle y Santa María, además de otros destinos de la región. Durante esos días, Prevost visitó las comunidades agustinianas, donde los religiosos viven en comunidad y comparten su misión pastoral.
Pero el viaje también tuvo momentos alejados de las actividades religiosas. En Cafayate, el entonces prior general preguntó si había alguna cancha de tenis. Era un deporte que le gustaba y quería aprovechar la oportunidad para jugar.
La cancha pertenecía a la familia Etchart, vinculada a la actividad bodeguera de la zona. Ahí pasó una tarde jugando con algunos de sus integrantes. Hernando lo acompañó, aunque no se sumó al partido porque no sabía jugar.
"Siempre fue muy amante del deporte y del tenis, como buen americano. En nuestras conversaciones también hablábamos de la importancia de cuidar el cuerpo y del deporte en la vida de cada uno", recuerda.
A la hora de comer, hubo otros descubrimientos. Las empanadas salteñas fueron uno de los platos que más disfrutó. Según Hernando, cuando recibían a un superior solían preparar un buen asado y empanadas, pero Prevost se inclinaba especialmente por estas últimas.
También probó el Torrontés, el vino blanco característico de Cafayate. Según el padre, el Malbec todavía no tenía la popularidad que alcanzaría años después --y en cuyo impulso inicial justamente los Etchart tuvieron bastante que ver--, pero el Papa ya había elogiado la calidad del vino de la región.
El recorrido por las Ruinas de Quilmes
Entre los lugares que visitó durante su paso por el norte argentino estuvieron las Ruinas de Quilmes, en Tucumán. Para Hernando era una parada casi obligada cuando recibía visitantes: quería mostrarles aquel conjunto arqueológico construido sobre la ladera de un cerro, donde todavía pueden verse las antiguas viviendas y construcciones de los pueblos originarios.
"Para nosotros es el pequeño Cusco de la Argentina. Ahí podemos ver las destrezas de ese mundo indígena en la ladera", explica. El propio Prevost quedó impresionado por el lugar y coincidió en esa definición.
El encargado de guiarlo durante aquella visita fue José Rubén Quiroga. Su encuentro con el futuro Papa ocurrió casi por casualidad. Quiroga estaba en el sitio cuando llegó un grupo de sacerdotes agustinos que iba camino a Cafayate. Conocía a uno de ellos, el padre Hipólito Martínez, que había sido cura párroco en la zona sur de los Valles Calchaquíes. Otro de los religiosos, el misionero Hernando, le presentó al grupo y le pidió que los acompañara durante el recorrido, porque él sabía más que nadie cada rincón del lugar. Entre los visitantes estaba Prevost. Según recuerda Quiroga, también estaba especialmente interesado en conocer la historia de los Quilmes.
"Sus compañeros acompañaron una parte de la visita guiada, pero él quiso hacerla completa", contó el guía a Clarín. Juntos subieron al Pucará del Cerro, conocido como Alto del Rey. Durante el recorrido conversaron sobre la conquista y la evangelización de los históricos Quilmes. Quiroga recuerda que el religioso se mostró interesado por la historia de aquel pueblo y quiso conocer el lugar en profundidad.
En el centro el entonces cardenal Bergoglio, a la derecha Robert Prevost y a la izquierda Monseñor Cipriano, obispo de Cafayate.
Al despedirse, el guía le regaló un libro de su autoría, “Memoria Calchaquí”. "Agradecido, se despidió pidiéndome que rezara mucho por sus hermanos y por él, porque tenían a cargo una prelatura en Perú", recuerda Quiroga.
Después de aquel encuentro, nunca volvieron a cruzarse. Por eso, cuando años más tarde reconoció al antiguo visitante entre las imágenes de quien había sido elegido Papa, la sorpresa fue enorme. "No creo que él recuerde mi persona, pero para mí fue muy impactante aquel encuentro. Hoy digo que fue una gracia de Dios", expresó.
Un vínculo que continuó en Roma
Cuando terminó el recorrido por el Norte, Hernando volvió a acompañar a Prevost hasta Salta. Desde allí, el religioso regresó a Buenos Aires para completar su visita a la Argentina.
Con el paso del tiempo, el sacerdote siguió en contacto con él. Cuando viajaba a Roma, ya convertido en cardenal, solían encontrarse para comer. Hernando tampoco olvidó aquella primera impresión. Lo que más le había llamado la atención era la cercanía de un hombre que, pese a ocupar el cargo más alto dentro de la orden agustiniana, no se comportaba como alguien distante.
Nunca hablaron de la posibilidad de que Prevost llegara a ser Papa. Tampoco, dice, lo hicieron cuando el futuro León XIV conoció a Bergoglio en Buenos Aires.
Sin embargo, recuerda una anécdota que circulaba entre los religiosos. En una oportunidad, Prevost había tenido una diferencia de opinión con Bergoglio. El argentino era entonces cardenal y el estadounidense, un religioso agustino. En tono de broma, Prevost habría dicho: "Si este llega a Papa, nunca me hará obispo". Ninguno de los dos imaginaba entonces que terminarían ocupando el mismo lugar en la historia de la Iglesia.
Para Hernando, la trayectoria posterior de Prevost tuvo mucho que ver con la mirada que Francisco puso sobre él. Cuando terminó su etapa como prior general, en 2012, regresó a Perú. En 2014, Francisco lo nombró obispo de Chiclayo, donde permaneció varios años. Después llegaron nuevas responsabilidades en Lima, su designación como cardenal y su posterior elección como Papa.
"Francisco empezó a ver sus buenas cualidades y lo empezó a promocionar para arriba. Yo creo que sabía que podía llegar a eso", reflexiona.
Sobre la llegada de Prevost al pontificado, Hernando tiene una interpretación que comparte con otros religiosos de su orden: la considera una continuidad espiritual del legado de Francisco. "Yo lo tomo como la herencia espiritual que le dejó Francisco. Como que le encomendó venir a la Argentina. Eso decimos entre nosotros", cuenta.
Hoy, a sus 80 años, el sacerdote español sigue viviendo en Cafayate, el lugar al que llegó cuando tenía 24 y del que nunca se fue. "Cuando se fue me quedé con la impresión de que era un agustino que, aunque era superior, era muy cercano, muy dialogante. Nunca se mostró indiferente. Siempre tenía interés por aprender de todo y de todos", insiste.
Y concluye: "Estoy muy contento de que hayan elegido al cardenal Prevost. Su visita nos va a unir más entre todos los argentinos".
AS
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