La visita del papa León XIV: por una vida de excesos, una búsqueda personal o un “llamado” heredado, quiénes son los jóvenes que hoy eligen ser sacerdotes

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Un pasado de excesos, una búsqueda personal o un “llamado” heredado: quiénes son los jóvenes que hoy eligen ser sacerdotes

Foto: Emmanuel Fernández

  • Tres aspirantes del Seminario de Buenos Aires reflejan la diversidad de orígenes entre quienes deciden iniciar la carrera religiosa.
  • En Argentina, unos 480 varones están estudiando para convertirse en curas.
  • La preparación demanda entre siete y ocho años e incluye una evaluación psicológica.

Una nueva generación de sacerdotes se está formando en Argentina. No llegan a la fe por el mismo camino, ni tienen siempre una historia religiosa detrás. Algunos crecieron en familias católicas, otros se acercaron a Dios después de atravesar situaciones límite y también están quienes descubrieron la vocación cuando todavía buscaban qué hacer con sus vidas.

Cada vez son más grandes, tienen entre 25 y 35 años, van a la facultad, juegan al fútbol, hacen asados, toman alcohol -algunos van sin culpa a boliches- y hablan de celibato, sexualidad, afectividad y salud mental como parte de una formación que no se limita a aprender la Biblia. Para ellos, elegir el sacerdocio no significa dejar de vivir, sino dejarse llevar por un impulso más intenso. Uno de fe.

Clarín entró al Seminario de Buenos Aires, cuna espiritual y arquitectónica de esta pasión en Villa Devoto, y conoció las búsquedas personales, las experiencias de dolor y las convicciones heredadas de tres seminaristas que ahí viven y estudian para ser solamente y para siempre, curas. Y en unas horas van a estar a unos metros del Papa.

No hay un único molde para esta nueva generación de religiosos. José Luis Pejenaute tiene las mangas de su camisa negra algo exigidas por sus músculos, y en el cuello el clerish, que ya puede usar aunque todavía no haya sido ordenado, el verbo con el que los sacerdotes se “reciben”.

Aunque lo criaron en un ámbito religioso, el llamado al sacerdocio no fue algo que tuviera siempre presente. Llegó en un momento de máxima vulnerabilidad. “Mi mamá fue monja durante un tiempo. Pero igual tuve un problema con la adicción a las drogas y el alcohol. Durante 17 años estuve perdido”, cuenta a Clarín José Luis.

José Luis Pejenaute, una historia de adicciones, que terminó en recuperación, a partir de la fe. Fotos Emmanuel Fernández

A los 32 años decidió pedir ayuda a un sacerdote en Pilar y comenzó un proceso de internación y recuperación. “No solamente el Señor me salvó, sino que me mostró un camino de vida, anunciar el Evangelio”, explica.

Se convirtió en su misión. “Yo, desde mi realidad de haber consumido, vi mucho dolor, sufrí mucho dolor, y el Señor me llama a partir de lo que viví a poder ayudar a las personas que más lo necesitan”, dice el hoy seminarista de la diócesis de Zárate- Campana.

La vocación apareció, entonces, vinculada a una experiencia concreta: “El consumo de la droga es muy fuerte. El Evangelio es un mensaje de esperanza, de que se puede vivir bien, una vida de abundancia y plenitud”.

Ahora está en pleno proceso de formación. Habla de nuevos hábitos, de estudio, de oración y de un trabajo personal que implica conocerse desde otro lugar.

Convive con otros cinco seminaristas de esa misma diócesis, y con otros treinta aspirantes a sacerdotes más, de otras sedes. Es como la casa de Gran Hermano de los curas. Sin cámaras, pero con santos que miran desde cuadros o estatuas y unos ventanales inmensos que dan hacia un patio interno que podría parecerse a un paraíso. Uno muy verde y sin flores ni manzanas.

Su historia contrasta bastante con la de Joaquín Vidal, de 25 años, que creció en una familia católica de Pilar, fue a un colegio religioso, a una facultad religiosa (en cinco años se recibió de Ingeniero Industrial en la Austral) y ahora está en otra carrera religiosa más, en la Universidad Católica Argentina. La carrera para ser cura.

“La fe fue algo siempre normal en mi vida”, cuenta. Parece lineal, pero la elección llegó cuando tuvo que hacer propia una fe que hasta entonces había sido una parte demasiado terrenal en su día a día.

“Viviendo eso que me proponían en la familia y en el colegio, tenía una relación con Dios, en él encontraba la felicidad. Y cuando me alejaba un poco, era como que me faltaba algo”, describe. Su fe pasó de ser una "costumbre heredada" a una decisión individual.

La convivencia es parte central de esta experiencia religiosa que habitan, y está lejos de responder a una vida aislada del mundo exterior. Todos salen los fines de semana, si quieren, y todos vuelven (porque quieren). Por eso Joaquín sabe que su opción es un “para siempre, en una sociedad -dice- en la que cuesta creer en algo”.

“Hay muchas ofertas de muchas cosas, muchas no tan sanas o muy vacías. Pero creo que eso también lleva a más jóvenes a querer buscar algo más. Prueban muchas cosas y dicen: ‘Esto no me llena, no me hace feliz’. Y terminan encontrando a Jesús”, contrapone.

Joaquín Vidal, ingeniero industrial, prefiere dedicarle la vida a Dios que a una empresa. Fotos: Emmanuel Fernández.

Alto, con un porte que le regala más altura, ojos cristalinos y la camisa “celeste cura” abotonada hasta bien arriba, sería imposible descreer que a diario no le digan que podría ser modelo. Las pasarelas no están en su plan de vida. Tampoco diseñar. “Hago algunas cosas técnicas para arreglar lo que se rompe, o que me divierten, pero no me imagino trabajando en una compañía en vez de dedicarle mi vida a Dios”. Esos caminos no son excluyentes.

De nuevo, la vocación. La idea de que la vida religiosa es más un deseo que una necesidad, y que puede surgir de una búsqueda personal, aparece con más fuerza en la historia de Juan Pablo Matheos, de 29 años, que está en los últimos años del seminario. A diferencia de sus compañeros, no creció dentro de la Iglesia, no era cristiano y se bautizó recién de grande. Su acercamiento al cristianismo llegó cuando atravesaba una etapa de desorientación.

¿Por qué elegiste el camino de la fe?

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“Tuve una familia católica y la fe fue algo siempre normal en mi vida. Pero la decisión vino cuando en Dios encontraba la felicidad, y cuando me alejaba me faltaba algo”.

Joaquín Vidal

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“Elegí el camino de la fe porque en el proceso que tuve de recuperación encontré que es la forma adecuada”.

José Luis Pejenaute

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“Creo más bien que Dios me eligió a mí. Antes de ser cristiano, porque me bauticé de grande, mi vida era muy sin sentido, estaba encerrado en mí mismo”.

Juan Pablo Matheos

“Creo que más bien Dios me eligió a mí”, responde cuando le preguntan por qué tomó el camino de la fe. Antes de convertirse, cuenta, se sentía encerrado en sí mismo, sin estudiar ni trabajar y con dificultades para sostener sus relaciones, como a una novia. Buscaba llenar ese vacío con salidas y excesos. Hasta que empezó a participar de unos encuentros para conversar sobre Dios.

Al principio fue con desconfianza. “Yo decía: bueno, acá me van a lavar la cabeza. ¿Qué sentido tiene esto?”. Pero algo de lo que vio lo tentó: la manera en que lo recibían. Había personas que servían la comida y, sobre todo, escuchaban. Y, según recuerda, todos parecían genuinamente contentos. Una de las primeras religiosas que lo recibió lo saludó con una alegría desconcertante.

Son seis años de formación en el Seminario Metropolitano de Villa Devoto. Foto Emmanuel Fernández

“Me miró y me dijo: ‘Qué lindo que estés acá, qué bueno’. Y yo pensaba: esta chica... ¿qué le pasa? No me conoce, está loca”, cuenta. “Me pregunté si estaban tan felices por estar fuera de la realidad o porque habían encontrado algo verdadero. Y entendí. Le tenía que dar la oportunidad a Dios. Se presentó y me mostró que existía, que estaba ahí y que quería que yo fuera feliz como ellos”, relata.

Un dato verdaderamente increíble es que Juan Pablo había empezado a estudiar la licenciatura en Teología antes de saber que quería ser cura. Las religiones le interesaban en sí, mientras trabajaba como administrativo en una fábrica de cerveza artesanal y tenía su propio emprendimiento de vinos en San Isidro. Ya bautizado, trabajó como profesor de catequesis en un colegio.

Una carrera de seis años

Convertirse en sacerdote no es una decisión que se resuelva solamente desde la convicción espiritual. La formación implica años de estudio, convivencia y preparación en distintas dimensiones. Además de la referida al espíritu y a lo pastoral, también la humana, la comunitaria y la intelectual. Los seminaristas explican que la vida cotidiana combina la oración con las materias académicas y el trabajo personal.

En el Seminario de Buenos Aires, una parte del edificio funciona como sede de la Facultad de Teología de la UCA. Cursan durante seis años y reciben el título de Licenciatura en Teología. En el caso de Matheos, además, la formación incluye el Profesorado, dos carreras que se desarrollan en simultáneo.

Las clases son de 8.30 a 12.30. Después, la formación continúa con actividades comunitarias.

Pejenaute, que está en el primer año, explica que el aprendizaje no se limita a saber de religión. "Cada día me voy superando más, voy rezando más, voy conociendo más de la fe, porque también es todo un proceso, todo un camino", insiste.

En ese sentido, destaca la importancia de la formación filosófica de la carrera, para darle fundamentos a lo que cree: “No es que creo en una fe ciega. Nosotros acá recibimos formación para darle un entendimiento, un fundamento a la fe. No es creer por creer”.

La oración organiza buena parte de los días y funciona como un espacio para orientar la currícula. En la convivencia también instan a desarrollar hábitos sacerdotales, como ejercitar la escucha, compartir experiencias y prepararse para las responsabilidades que tendrá todo lo que conlleva después ser curas.

¿Qué vas a hacer cuando llegue el Papa y qué esperas de su visita?

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“Me emociona mucho pensar toda la gente que probablemente se vaya a acercar a la Iglesia, a Jesús y a la Virgen en Luján”.

Joaquín Vidal

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“Cuando llegue el Papa vamos a estar con los chicos del seminario y nuestros formadores, esperándolo en comunidad, con mucha alegría”.

José Luis Pejenaute

El celibato: renuncia, libertad y ganancia

Los tres seminaristas coinciden en que es lo primero que les preguntan cuando están distendidos en un cumpleaños o un asado “laicos”. Es que es una de las decisiones centrales de la vocación: “¿Cómo hacés con el celibato?”.

Pejenaute cree que lo más difícil es en cambiar la mirada sobre el tema. “Lo primero es entender a qué se refiere. Cuando uno saca el fantasma de decir ‘es una prohibición, voy a perder mi libertad’, cambia mucho”, reconoce.

“El Señor nos llama a una vida de libertad, de plenitud. Uno puede desarrollar toda su capacidad de amar para las personas y no vivirlo como una prisión, sino todo lo contrario: un corazón dispuesto y abierto para ayudar a los demás”, marca.

Vidal lo define directamente como “un don de Dios” y “un regalo”. Desde su perspectiva, implica una relación profunda con Dios y una entrega que se proyecta hacia la comunidad.

“En vez de entregarse a una mujer, como en el matrimonio, uno se entrega a la Iglesia y al servicio de las demás personas”, explica.

¿Es difícil el celibato?

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“Lo más difícil del celibato para mí es el llamado a amar a todos. Yo no lo pienso tanto como una pérdida, sino todo lo que tiene uno para ganar. Y lo difícil es tener que estar para todos”.

Juan Pablo Matheos

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“Lo más difícil del celibato es, primero que nada, entender a qué se refiere. Cuando uno se saca el fantasma de la prohibición, se da cuenta que que el Señor nos llama a una vida de libertad, de plenitud”.

José Luis Pejenaute

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“El celibato es algo muy lindo. En vez de entregarse a una mujer, como en el matrimonio, el corazón se le entrega a la Iglesia y al servicio de las demás personas”.

Joaquín Vidal

Para Matheos, lo más difícil del celibato no es pensar en lo que ser renuncia, sino en la responsabilidad por lo que se gana. “No lo pienso tanto como una pérdida, sino como todo lo que uno tiene para ganar: la cantidad de gente que aparece y que te pide y te necesita, y tener que estar para todos”.

En su explicación aparece una tensión que lo interpela. “Hay momentos de cansancio en los que uno quiere estar solo, mirar una película. Pero entiende que el celibato supone una disposición permanente a salir de uno mismo. El sacerdocio es amarlos a todos como amó Jesús”.

Sacerdotes, en números

Para entender quiénes son los argentinos que eligen hoy el sacerdocio, Mauricio Larrosa, referente de la Organización de Seminarios de la Argentina (OSAR), y todo un formador de curas, comparte a Clarín un dato clave de una encuesta nacional realizada en 2025 junto con sociólogos de la UCA: la mayoría de los jóvenes que ingresan proviene de familias católicas, suele hacerlo alrededor de los 22 o 23 años y ya cuenta con alguna experiencia laboral o de estudios. También es habitual que tengan un recorrido previo de compromiso en sus parroquias y participación en actividades apostólicas.

“Antes, antiguamente quizá, entraban apenas terminaban el secundario. Ahora van ingresando un poquito más grandes. Cada vez más grandes”, explica. Larrosa aclara que cada historia vocacional es diferente: algunos reconocen una experiencia religiosa desde la infancia, pero en la mayoría el llamado aparece más tarde, durante la adolescencia o la juventud.

El ingreso al seminario tampoco significa que la ordenación sacerdotal esté garantizada. El proceso comienza con varios meses de acompañamiento, entrevistas y evaluaciones psicológicas y espirituales. Luego hay un año introductorio o propedéutico, dos años de formación filosófica y otros cuatro dedicados principalmente a la Teología y a la preparación para la vida sacerdotal.

En el país, según las estadísticas de OSAR, este año llega a 480 el total de los seminaristas de las diferentes diócesis, y 120 iniciaron el año propedéutico, que es el “curso de ingreso” para ser sacerdote. En 2025 fueron 456 y 99 respectivamente. “Es un leve repunte”, explica el cura. En 1997, cuando fue el pico de interesados, eran 1.463 los seminaristas, y en 2017 ya apenas eran 592.

En total, el recorrido puede extenderse entre siete y ocho años. “Solamente llegan a ordenarse en torno al 40% de los que ingresan. Es decir, el 60% abandona en una parte del camino”. Larrosa explica que en el curso de ingreso se les hace una evaluación psicológica. “La salud mental es muy importante, y la del cuerpo también”. Es una especie de “psicotécnico” para ser cura.

Para él, hay una condición fundamental que deja a muchos seminaristas fuera de juego en el seminario: “Una real pasión por evangelizar y amar a Dios y al pueblo”. “Como en un semillero de fútbol, hay muchos chicos que tienen condiciones, y hay otros que tienen ganas pero no pueden. Nosotros vemos la diferencia en las buenas personas”.

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