Cuando su hijo llegó a vivir con ella, en plena pandemia, la llamaban casi todos los días de la escuela. Lorena Zarzosa, abogada, madre adoptiva e integrante de Adopten Niñes Grandes, fue entendiendo que no estaba frente a un capricho. Veía a un chico intentando acomodarse a un entorno desconocido, a otra escuela, a una familia nueva, a otras reglas.

Entendió que él estaba aprendiendo a ser hijo, a ser alumno, a ser compañero, a ser amigo. Y, por otro lado, que el aprendizaje era mutuo.

Lo que sostuvo a Zarzosa no fue una receta. Fueron otras familias. En Adopten Niñes Grandes, a eso le llaman “crianza comunitaria”: compartir miedos, pedir ayuda, buscar terapeutas formados, conversar con quienes atravesaron escenas parecidas.

La espera crece con la edad

El marco legal concibe la adopción como una vía para garantizar el derecho de niños, niñas y adolescentes a vivir en familia, cuando la familia de origen o ampliada ya no pudo brindar esos cuidados.

Una vez declarada la situación de adoptabilidad, puede abrirse la guarda con fines de adopción: una etapa previa a la sentencia definitiva, donde el vínculo deja de ser expediente y se vuelve vida diaria.

Gonzalo Valdés, licenciado en Trabajo Social, se desempeñó durante más de veinte años en el equipo de adopción del Registro de Mendoza y hoy asesora a familias adoptivas de todo el país. Desde esa experiencia advierte un desajuste persistente: mientras muchos adultos llegan al sistema con idealizaciones ligadas a encontrar bebés y niños de la primera infancia, “la mayoría de niños y niñas, púberes y adolescentes en situación de adoptabilidad son de cinco años para arriba”.

La distancia también aparece en los datos. Según una compilación basada en datos de la DNRUA (Dirección Nacional de Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos), relevamientos de SENAF (Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia) y UNICEF, en 2025 el 81,2% de los postulantes aceptaba adoptar a un niño de un año. Para un adolescente de 13, en cambio, la disposición caía al 0,88%.

La apertura también cae cuando se trata de grupos de hermanos. Si en 2020 el 51% de los postulantes aceptaba adoptar a dos o más niños, en 2025 ese porcentaje había bajado al 27,7%. Las dificultades económicas y las nuevas modalidades de trabajo influyen en esos números multicausales.

Cuando la convivencia arranca de verdad

“La adopción es una configuración familiar que tiene singularidades y lógicas propias”, plantea Gonzalo Valdés. Lo que llega a una casa no es un chico “desde cero”, sino alguien con pasado, con marcas, con otros adultos en la memoria, con aprendizajes previos y, muchas veces, con una mezcla difícil de deseo, cautela y desconfianza.

Marcas. "No llega un chico desde cero, sino alguien con pasado", explican los expertos. Foto: ilustración Shutterstock.

Franco Donadel, investigador del CONICET y coautor de un estudio reciente sobre vinculaciones favorables en adopciones de adolescentes, ubica ahí uno de los puntos más delicados del proceso. En sus trabajos aparece una constante: la vida cotidiana desarma expectativas previas y obliga a los adultos a reacomodarse una y otra vez.

Incluso alude a que, tras una fase inicial romantizada, esa “luna de miel” en la que todo parece encaminarse, llegan las tensiones, las crisis y la parte más áspera del vínculo. Por eso, sostiene, “la flexibilidad es fundamental para sostener un proceso”.

Pero esa flexibilidad no puede exigírseles a los chicos. Micaela Cantisani, psicóloga especializada en adopciones adolescentes y autora de una tesis sobre el tema, pone el foco en los adultos: “La responsabilidad principal en la construcción del vínculo recae en los adultos”.

Las crisis, agrega, no siempre son señal de fracaso. A veces aparecen cuando el niño o el adolescente empieza a confiar lo suficiente como para poner a prueba si esos adultos, efectivamente, van a quedarse.

Qué hace falta para sostener

La convivencia no se juega sólo dentro de una casa. También depende de los apoyos que aparecen –o no– antes, durante y después.

Lorena Zarzosa encontró uno de esos apoyos en la escuela. En lugar de reforzar la expulsión cada vez que su hijo se desregulaba, la directora le pidió que dejara de ir a buscarlo. “Nosotros creemos que esto de portarse mal y que vos vengas a buscarlo no está funcionando”, le transmitió. La apuesta fue otra: sostenerlo, integrarlo, esperar. Con el tiempo, esa etapa pasó. “Aprendió la dinámica de la escuela, hizo amigos y esa etapa pasó”, resume hoy.

No siempre ocurre así. Lucía Buratovich, referente de Aldeas Infantiles, trabaja sobre lo que llama “procesos excluyentes”: interrupciones o recorridos fallidos que vuelven a dejar a chicos y adolescentes afuera del derecho a vivir en familia. “Existen los procesos excluyentes porque hay un sistema de protección débil”, señala. Y cuando habla de ese sistema no se refiere sólo a hogares o tribunales, sino al conjunto de organismos que intervienen sobre las infancias.

Buratovich pone el acento en un punto que suele quedar corrido del debate. Muchas dificultades se profundizan cuando la familia no sabe qué vivió ese adolescente antes de llegar, o cuando el propio chico todavía no cuenta con recursos para nombrar lo que atravesó. Por eso insiste en una tarea previa: ayudar a niños y adolescentes a conocer su historia y a construir un relato posible sobre lo vivido antes de entrar en una nueva casa.

La clave: ayudar a los chicos a conocer su historia y a construir un relato posible sobre lo vivido antes de entrar en una nueva casa. Foto: Shutterstock

Desde la provincia de Buenos Aires, Andrea Lastra, prosecretaria de la Dirección de Niñez, Adolescencia y Género de la Suprema Corte bonaerense, y Marisa Graham, a cargo de esa dirección, describen intentos concretos para trabajar más con los adultos antes de la vinculación.

Mencionan encuentros informativos mensuales y un “curso virtual” para postulantes, con contenidos sobre filiación adoptiva, escuela, discapacidad, salud e historia previa. La idea es correr el foco del deseo adulto y preparar mejor a quienes van a recibir a un chico real, con una trayectoria previa y necesidades concretas.

Graham lo dice de un modo que incomoda, pero ordena: “Los adultos no tienen en ningún ordenamiento jurídico el derecho a ser mamá y papá”. La prioridad, para ella, no debería ser el deseo de los grandes, sino “los niños que esperan”.

Lastra suma otra dificultad, más concreta y menos discutida: muchas veces la información sobre el niño llega demasiado rígida o escasa. “No dan cuenta de que ese niño es de Boca o de River, qué le gusta comer, que no le gusta tener mascotas, que no quiere un hermano mayor”, dice. Y esas cosas, insiste, importan.

Lo que un hogar deja escrito

Carolina Ciordia, doctora en Antropología, investigadora del Conicet y docente de la UBA, abre una capa menos visible del tema. En su trabajo muestra que niños y adolescentes aprenden rápido que sus conductas son observadas y registradas por los equipos institucionales, y que ese saber luego circula hacia juzgados y organismos de protección. Los informes del hogar, escribe, se vuelven “un insumo importante” en los procesos de orientación hacia la adopción.

Eso deja marcas. Cuando un chico es nombrado como “difícil” o “problemático”, no sólo carga con esa etiqueta dentro del hogar. Puede empezar a creer, además, que eso lo vuelve menos elegible para una familia.

Ciordia: "Cuando un chico es nombrado como “difícil” o “problemático”, no sólo carga con esa etiqueta dentro del hogar. Puede empezar a creer, además, que eso lo vuelve menos elegible para una familia".

En el caso de grupos de hermanos, el peso de esa lógica se multiplica: algunos temen que un “mal comportamiento” deje a sus hermanos mejor posicionados para una vinculación y a ellos no.

Ciordia trabaja además sobre la idea de la “devolución”. Registra que la posibilidad de ser devuelto a un dispositivo de cuidado después de una vinculación fallida funciona como una forma de regulación del comportamiento.

Muchos chicos intentan moderar ciertas conductas o controlar sus emociones para no poner en riesgo ese vínculo. Lo más duro se juega ahí: una experiencia que involucra a adultos, instituciones y decisiones judiciales termina siendo leída por ellos como una consecuencia de su propio accionar.

Su investigación muestra, además, que mucho de lo que niños y adolescentes aprenden sobre la adopción circula entre pares: observan lo que les pasa a otros, comentan experiencias, se transmiten miedos y expectativas. Dentro de los hogares, la espera también se aprende.

El tema más urgente

Entre quienes más tiempo pasan esperando se repiten tres grupos: adolescentes, grupos de hermanos y chicos con discapacidad o problemas de salud. Ahí se ve con más nitidez el desajuste entre la fantasía adulta y los chicos concretos que esperan una familia.

Silvia Susana Alegre, doctora en Derecho, pone el foco en un punto específico: la continuidad del vínculo entre hermanos biológicos. Explica que el Código Civil procura preservar esos lazos, pero que el problema llega después. En la práctica, ese contacto suele depender de la voluntad de los adoptantes, de la distancia entre una familia y otra o de que alguien reclame un incumplimiento. “No hay un órgano de contralor que siga de manera efectiva si ese régimen de comunicación se cumple o no”, afirma.

La experiencia de Zarzosa muestra cómo eso baja a tierra. Su hijo tiene hermanos: algunos quedaron con otras familias y otros siguen en hogares. En el colectivo del que forma parte, cuenta, esa escena se repite.

Valdés introduce una cautela: no todos los vínculos de origen pueden pensarse del mismo modo. La sola consanguinidad, sostiene, no alcanza para definir qué es lo mejor. Hay hermanos que necesitan seguir juntos o mantener contacto, y hay otros casos que exigen una lectura más singular.

Las convocatorias públicas aparecen justamente cuando ese desacople se vuelve más extremo. Son una herramienta excepcional: se usan cuando ya se agotaron las búsquedas en los registros ordinarios y no aparecieron postulantes compatibles para un chico, una adolescente o un grupo de hermanos. Entonces, esa historia se difunde públicamente para intentar abrir una última posibilidad.

Desde la Dirección de Niñez, Adolescencia y Género, Lastra defiende ese carácter extraordinario. Explica que en la provincia primero se busca en el centro de vida del chico, después en una región, luego en toda la provincia y recién más tarde en el resto del país. La convocatoria llega al final de ese recorrido.

Graham, su colega, añade otra cuestión: el modo en que esos chicos son presentados no es un detalle. Reducirlos a un diagnóstico, una discapacidad o una dificultad subjetiva puede estigmatizarlos todavía más. El riesgo, subraya, es que la descripción institucional termine reemplazando al chico real.

Valdés no niega la utilidad de la herramienta, pero advierte que “se han transformado, desde mi punto de vista, en casi un camino alternativo”, sobre todo para adolescentes y para perfiles que el sistema no logra cubrir con los registros. Su preocupación no pasa por la convocatoria en sí, sino por el tipo de adhesión que a veces despierta: personas que llegan conmovidas por una historia, por una foto o por una sensación de urgencia, sin haber transitado antes un proceso serio de preparación.

Ampliar las familias posibles

Ahí entra otra discusión, menos visible pero igual de importante: quiénes son considerados adultos posibles para recibir a esos chicos que más esperan. Luis Hernández Castillo Restrepo, abogado e investigador colombiano especializado en adopción homoparental, estudió de cerca el caso argentino y plantea que la orientación sexual de los adoptantes no determina la adoptabilidad de un adolescente. “Son los sesgos”, sintetiza.

Su argumento va más allá. El problema, plantea, no está en la composición de la familia, sino en los prejuicios que siguen operando al momento de evaluar quién parece “apto” o “deseable” para recibir a un adolescente, a un grupo de hermanos o a un chico con discapacidad. La ampliación legal de los modelos familiares, en ese sentido, no alcanza por sí sola si persisten esas barreras de mirada.

Restrepo suma además otra idea que vale la pena escuchar: cuando una pareja homosexual decide adoptar a un adolescente, muchas veces se cruzan trayectorias marcadas por formas distintas de invisibilización. No lo plantea como una superioridad moral ni como una garantía, sino como una posibilidad que obliga a revisar cómo se construye, también en la Argentina, la idea de familia “apta” o “deseable”.

Para que la familia no quede sola

Las respuestas se resumen en formación real, equipos técnicos suficientes, escuelas que no expulsen ante la primera crisis, redes entre familias y acompañamientos que no se limiten a controlar.

Valdés pone el acento en la preparación; Donadel, en la flexibilidad; Buratovich, en equipos capaces de acompañar y no sólo supervisar; Lastra y Graham, en instancias concretas para formar mejor a los postulantes.

Zarzosa suma algo igual de importante: el apoyo entre familias adoptivas. Pero ese sostén no se jugó sólo en los grupos. También pasó por algo más básico: encontrar un lenguaje común. “Vos cuando hablás ya no te entiendo nada de lo que vas a decir”, le decía su hijo. La escuela, al mismo tiempo, suponía herramientas que él no tenía. Esa escena vuelve visible que muchas veces el problema no es “mala conducta”, sino el desajuste entre lo que un chico puede y lo que el entorno le exige.

Por eso, cuando piensa la adopción, no apela al heroísmo ni al amor como respuesta suficiente. Insiste en la red: otras familias, terapeutas formados, escuelas que entiendan, un Estado que no aparezca sólo para evaluar. También en algo más elemental y más difícil: encontrar, de un lado y del otro, un lenguaje común. “No lo podés hacer solo”, dice.

Ahí se condensa buena parte del desafío: que los chicos grandes no encuentren adultos perfectos, sino adultos preparados y acompañados para quedarse cuando la adopción deja atrás la fantasía y se vuelve convivencia diaria: escuela, historia, tensiones, paciencia y lazo.