Se ha ido Roberto García, uno de los periodistas más importantes de su generación. Cronista político, columnista de opinión y editor notable, ha estado vinculado a los grandes proyectos de la profesión del último medio siglo. Fue responsable de primicias que torcieron la historia como el adelanto del Plan Austral en 1985 - y aportó nuevos géneros y estilos como lo fue “Charlas de quincho”. Como hombre de opinión ha acompañado los acontecimientos hasta su muerte a los a los 81 años y como editor formó a varias generaciones de periodistas que hoy sobresalen en medios de la Argentina en todas las especialidades.
La exclusiva del Plan Austral del gobierno de Alfonsín en 1985 lo proyectó hacia los roles más destacados. Cuando lo acosaban con preguntas sobre cómo había alcanzado ese acierto respondía con modestia que las grandes noticias no se buscan, se encuentran.
Se exigía a sí mismo como cronista y como editor, pero honraba las leyes no escritas de toda redacción: para él lo más importante era qué se escribía y no quién lo escribía. Promovía talentos y no admitía restricciones empresarias en su redacción. Se lo vio en alguna oportunidad revisar las páginas del diario del día siguiente levantando avisos para que entraran las notas que entendía eran impostergables.
Tenía el olfato para entender la materia política con el golpe de vista instantáneo. Esa personalidad le permitió llegar a los rincones recónditos de la información política. Construyó la mejor época del diario Ámbito Financiero creada por Julio Ramos.
Pertenecía a esa leyenda su heroísmo para revelar las primeras denuncias por desapariciones durante el proceso militar. Fue destinatario de una carta del dirigente uruguayo Zelmar Michelini en la que denunciaba que podría ser asesinado en Buenos Aires. Esa carta la publicó en La Opinión. Michelini fue asesinado junto a su compatriota Héctor Gutiérrez Ruiz.
Su madurez profesional coincidió con la transición de Ámbito Financiero de un diario especializado en economía y finanzas a ser un diario general que compitió con los "legacy media" en iguales condiciones. En ese rol García contribuyó a un hecho central de la cultura argentina contemporánea: la construcción de un periodismo que es el repositorio de la mejor literatura política que ha producido la Argentina de estos años.
Roberto García, Ricardo Daloia, Marcelo Zapata, Guillermo Laborda e Igancio Zuleta.
El periodismo político es un universo de conocimiento al que debe recurrir la ciencia política y la historiografía, para entender los procesos. Esa importancia de la prensa escrita – papel o pantalla, tanto da - es hoy comparable a la que tuvo en la España de entreguerras o en los años de la transición en los ‘70. Nadie puede entender la política sin leer un periodismo imprescindible, al que García aportó junto a los hombres de su generación.
Como editor fue un constructor y un maestro áspero pero cálido. Había días que era mejor no encontrarse con él en un ascensor. Duro como pocos, ese temperamento convivía con una ternura que hacía más compleja su personalidad. Para él no importaba tanto controlar a sus periodistas como darles confianza para que se destacasen.
Encarnaba el rol del jefe de familia que se da en una redacción, según caracterizaba James Reston – editor mítico de The New York Times- . Severo y exigente, elegía la llaneza ante el argumento ajeno y hasta se conmovía ante una demanda sincera. Con la misma sutileza con la que él persuadía y doblegaba a sus fuentes para que le revelasen lo que jamás debía revelarse. Era su destreza más demoledora.
Ejercía las virtudes y los defectos de la profesión: desconfiado y suspicaz hacia todo lo que oliese a poder, era implacable en su ambición por construir la realidad desde el teclado, ingenioso intérprete entre los intereses corporativos de una empresa y las necesidades de ser la mejor pluma. Fue un modelo profesional como un director de diario que se sentaba todos los días a escribir con la modestia y el hambre expresivo de un principiante.
Escribía, como los grandes, en estado de gracia. Era un clásico verlo al atardecer de los domingos cuando se sentaba munido de papeles y notas a escribir las "Charlas de quincho". Caía la tarde, la redacción se despoblaba y solo se oía el teclado ligero de la computadora, colgado del habano infaltable y, a veces, de los tiradores que acompañaban las rayas verticales de la camisa, agazapado como en el nido de un francotirador. Terminaba el día solo, acompañado por algún rezagado o de un tímido corrector que se le acercaba y susurraba: "Roberto, ¿acá qué has querido decir...?". La respuesta era un gesto huraño que venía de un planeta por el cual él navegaba en estado de calentura. “- Dejá, yo lo arreglo”, se rendía el corrector en retirada.
Ignacio Zuleta, Roberto Garcia, Marcelo Zapata (detrás del vidrio) y Carlos Pagni.
Con el mismo ánimo era enérgico en el momento de sostener la dignidad de su tarea ante presidentes, empresarios, colegas, dirigentes políticos y sindicales. Imponía respeto y hasta temor.
Como las leyendas de la profesión, venía de una estirpe legendaria en la Argentina, el elíseo de los años '70, con Primera Plana y La Opinión en sus mejores momentos, ligados a leyendas como Jacobo Timerman y Tomás Eloy Martínez, con quien trabajó en medios escritos y en la producción de programas periodísticos de televisión.
Arrancó de joven en la columna Vida Moderna de Primera Plana y en su tarea como productor de programas fundacionales de la televisión - fue productor de la animadora Blackie en sus mejores años -, pasando por las crónicas del mundo sindical (planeta que conocía como pocos en la profesión) o las que escribió como enviado de Primera Plana sobre el Che Guevara en Bolivia.
Se daba el gusto de descender a la crónica de base. Dejó ejemplos como la que escribió en una inolvidable contratapa de Ámbito Financiero con detalles de la liberación de Mauricio Macri del secuestro por la banda de los comisarios. Acuñó en esas líneas, que escribió de urgencia bajo la mirada de toda la redacción, la idea de que la casa de la calle Garay, donde estuvo cautivo Mauricio, evocaba la Casa Usher del cuento de Edgar Allan Poe.
Fue uno de los constructores de Ámbito Financiero, en particular cuando Ramos enfermó a finales de los años ’80 y le delegó a Roberto la conducción durante largos meses. Tiempo después, cuando sufrió la tragedia de la muerte de dos hijos en 1986 y 1987, con pocos meses de diferencia, García asumió el pleno control del diario y de la empresa en un momento crítico que supo navegar con destreza.
Como buen jefe compensaba las inequidades del sistema que rige en toda redacción. Se complementaba con Julio Ramos, que ejercía el mando - y lo admitía - como un dictador. Sin ese temperamento, el diario no salía. García compensaba esa dureza porque era su socio y su amigo. Era uno de los pocos que lo tuteaba y lo peleaba en presencia de la redacción. Conducía desde una posición igual a la de sus periodistas en la redacción , mientras ejercía de padre y hasta cumplía gestiones gremiales cuando era necesario.
Se destacó en una de las grandes creaciones de Ramos en Ámbito Financiero, la sección "Charlas de Quincho", un género novedoso de la crónica política y le dio al medio un prestigio que llegó a superar el que había alcanzado en el periodismo especializado en economía.
Alcanzó el pleno éxito profesional, pero siguió siendo periodista; no transicionó – palabra que él hubiera tachado en una nota – a empresario o a animador de entretenimientos audiovisuales.
Roberto García, un histórico del análisis político
Pasada la era de Ámbito Financiero, García continuó su profesión como conductor de "La Mirada" en Canal 26, como columnista central en medios del grupo Perfil y consultor político al que recurrían empresarios, críticos, gobiernos y opositores para escuchar sus percepciones imprevisibles y filosas sobre la realidad nacional.
Recibió laureles al ser elegido miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo. Fue un reconocimiento de admiración y cariño de sus colegas, aun de quienes podían tener con él diferencias profesionales o personales.
Padecía, como rasgos de humanidad, de un racinguismo casi enfermizo, que le allanaban esas diferencias. Culto y ambicioso, era un maestro de lecturas, algo que contrasta con la complejidad de su prosa, que ponía a prueba a quienes debían editar sus notas. Quienes tuvieron acceso a su vida privada, conocen su afición a la pintura, algo que reservaba a la intimidad.
Cumplía años el 2 de junio y solía festejarlos con viajes con su mujer Mónica (tolerante compañía, imprescindible en la biografía de un periodista). Aun quienes ya no lo frecuentaban imaginaban que, en estos días grises de invierno, Roberto estaba de viaje buscando el sol como recompensa para compensar la temporada en el infierno que es hacer periodismo.
Lo reclaman, como a los héroes, fantasías improbables que alimentan la leyenda. Una, que relataba entre risas, ocurriría cuando jugaba un partido de fútbol en la plaza de San Marcos y su entusiasmo lo arrojó a las aguas milenarias del Gran Canal de Venecia. Se reía también cuando le mostraban una foto de cuando cubrió un viaje presidencial y tuvo la gracia de sentarse en el sillón de Ronald Reagan en el Salón Oval la Casa Blanca.
Sorprendió a sus acompañantes, años más tarde, en un viaje de vacaciones por las islas Baleares. Entró una noche en una disco insoportable de Ibiza y entre fogonazos lisérgicos lo reconoció un argentino de su edad, a quien no veía desde hacía décadas. Lo miró con los ojos desorbitados, alzó los brazos y se le abalanzó: "- ¡Roberto! - le gritó - ¿al fin terminaste de escribir la novela?". Sabremos alguna vez si lo hizo o no. Las leyendas no mueren.
Todavia no hay comentarios aprobados.