Hace 16 años, cuando su hijo tenía apenas cuatro años, festejaron juntos en el Obelisco la consagración de España. Cuatro años atrás, volvieron al mismo lugar, pero esta vez para celebrar la tercera Copa de Argentina en Qatar. "Quiero que gane España, pero si gana Argentina voy a estar feliz por mi hijo. Si gana, me voy al Obelisco con él", dice Carlos a Clarín.

Hoy entra al Centro Asturiano de Vicente López con la camiseta de La Roja, una gorra y la bandera española atada al cuello. Su acento gallego sigue intacto, igual que el amor por la tierra que dejó hace cuatro décadas. Carlos no vino solo a ver una final. Vino a defender a España en un territorio lleno de argentinos. "Soy de La Coruña y hace 40 años que vivo acá. Dejé a mi hijo y a mi esposa argentina y vine para acá", dice a Clarín.

Afuera las calles están desiertas, los negocios cerrados y no hay ni un alma deambulando. La final del Mundial entre Argentina y España convirtió a Vicente López en el escenario de una película de zombies. Adentro, veinte sobrevivientes refugiados frente a una pantalla. Casi todos sueñan con otra vuelta olímpica argentina, menos Carlos.

El hombre de 55 años que trabaja en una imprenta quiso estar con su gente pero al igual que en su casa de Avellaneda encontró un ambiente visitante. Hoy, carga sobre los hombros el orgullo de ser el único español del salón.

Los equipos salen a la cancha. Suena el himno español y Carlos vuelve a ser el chico que dejó La Coruña a los 14 años. Se pone de pie, aprieta la bandera contra el pecho y canta igual. “Oooo roooo rooooo”, grita Carlos con todas sus fuerzas. No importa que no tenga letra porque es una marcha militar.

Llega el turno de Argentina y los compatriotas también cantan. La ansiedad le juega una mala pasada a uno de ellos, que arranca antes de tiempo. "¡Estás sordo, esperá la melodía!", le dice el resto. La tensión y los nervios dicen presente en este rincón del Centro Asturiano.

Carlos (55) vive en la Argentina hace 40 años pero su corazón alienta por la Selección española. Foto: Marcelo Carroll.

Me di cuenta que la afición argentina es la número uno en el mundo. Soy fanático del tenis, la bandera que traigo tiene la firma de Nadal. Acá el ambiente es único. Ni brasileños ni Inglaterra son así. Acá venden todo para compañar. El español no creo que lo tenga”, dice Carlos.

“Es incomparable como lo vive el argentino. Se nota hasta en los recitales”, agrega. Está por empezar el partido y Carlos ya dijo coño muchas veces.

El ida y vuelta entre España y la Argentina atraviesa la historia de su familia. Sus padres llegaron al país en barco durante la Guerra Civil española y se casaron en Dock Sud. Tras unos años, su padre extrañaba y decidió volver a La Coruña, donde intentó empezar de cero. Pero no le fue bien y regresaron a la Argentina.

Carlos cruzó el atlántico con su familia en 1985. "Fue durísimo. Dejé a mis amigos. Pero salimos adelante", dice. Su hermano vive en Bariloche y también hace fuerza por España. Y su mamá, Francisca -aunque todos la conocen como "Paquiña"-, a los 93 años volvió a ponerse la camiseta de La Roja para alentar a la selección de Luis de la Fuente. "Está de puta madre e hincha por España", cuenta.

El amor de Carlos por el fútbol nació gracias a su abuelo. De chico lo llevaba a ver al Real Madrid cuando el Merengue visitaba La Coruña para disputar el histórico torneo Teresa Herrera. Aquellas noches eran especiales para él: no podía dormir sabiendo que iba a ver de cerca a sus ídolos.

Sin embargo, su familia está dividida entre los dos finalistas del Mundial. "Mi hijo tiene 20 años y es argentino, lo ve con amigos. Mi esposa argentina lo ve con las amigas, me dejaron solo", confiesa. Aunque aclara que su corazón es 100% español. "No tengo el corazón dividido. Extraño mucho, todo el tiempo mis primos me mandan fotos de mi pueblo”.

“Grito los goles, soy muy eufórico”, advierte a los argentinos. La Roja juega mejor. Maneja la pelota y arrincona a la Argentina por momentos. Carlos no para de alentar. "¡Vamos, Rodri!", grita. Un argentino le devuelve la chicana: "Te va a escuchar y todo". Se empezó a picar y todavía falta mucho.

“Esto es un desastre”, se escucha murmurar a los hinchas argentinos. Pilar Simón, la presidenta del Centro Asturiano, cuenta a Clarín que ella es la primera argentina de una generación de asturianos.

“Para mí es lo mismo quien gane. Mis raíces están en España. Mis padres vinieron en 1950 y trajeron a toda su familia. Nací acá y tengo una hermana que es española. Tengo el corazón partido", revela.

Casi todos sueñan con otra vuelta olímpica argentina en el Centro Asturiano, incluida la perrita Amira. Todos menos Carlos. Foto: Marcelo Carroll.

Antes de terminar el primer tiempo llega otro español, Diego, con la camiseta de Zaragoza. Hace cuatro meses llegó a la Argentina para estudiar interpretación y teatro. "Extraño un montón, más en momentos como éste. Mi hermano me mandó fotos de la plaza del Pilar en Zaragoza y es una locura. Tenía solo 10 años cuando viví el mundial en 2010", aclara.

Enseguida, los españoles se funden en un abrazo que parece eterno, como los segundos que quedan para que termine el primer tiempo. “Me encanta acá, me siento como en casa. Me asusta Messi, como a todos. Pero me asustaría más jugar contra España. Tengo mucha fe", dice el de Zaragoza. Sobre los argentinos opina que "son más pasionales y extrovertidos".

El árbitro esloveno Slavko Vinčić marca el final del primer tiempo y los argentinos respiran. El entretiempo se vuelve interminable, no importa que haya figuras como Justin Bieber, Madonna, Shakira, y la banda BTS.

La transmisión enfoca al capitán argentino. Está serio, concentrado. En ese mismo estadio, hace diez años, Lionel Messi tocó fondo, tras perder la final de la Copa América y anunciar su retiro de la Selección. Después, ganó todo y hoy tiene una oportunidad única, un último sueño. El de levantar otra vez la copa y sumar una cuarta estrella al escudo argentino.

“Vamos Rodri”, grita Carlos. Arranca el segundo tiempo y todo sigue igual. España domina y Argentina espera. Cada ataque de la Roja es un grito de Carlos. El 'Dibu' Mártinez empieza a convertirse en la gran figura del seleccionado. Algunos argentinos ya no soportan la intensidad del español y salen unos minutos del salón. Otros se quedan y le contestan. Parece la tribuna del MetLife, con menos glamour.

"Me voy a caminar, estoy muy nerviosa. No lo aguanto más", dice Cristina. Faltan cinco minutos para que termine el partido y tumban a Lionel Messi. Tiro libre para la Scaloneta. "Es ahora", gritan varios.

Pero la pelota vuelve a manos de los españoles. "Te vas, te vas", dice Carlos. Enzo Fernández recibe la segunda amarilla y Argentina se queda con 11. Momento crítico para la albiceleste. "Nos salvó Maradona desde el cielo", dice Marcelo.

Nos vamos al alargue y no hay corazón que aguante tanto sufrimiento, ya sea rojo o celeste y blanco. Ya nadie se sienta, cualquier jugada puede definir el partido. Arranca el primer tiempo del suplementario y algunos empiezan a rezar. "Goooooool", grita Carlos a todo pulmón. Pero enseguida los argentinos marcan el offside.

Carlos y Diego gritan el gol en el Centro Asturiano. España ganó su segunda copa del mundo. Foto: Marcelo Carroll.

"Estamos defendiendo con un cuchillo entre los dientes pero se lo merece España. No entiendo porque nos replegamos tanto", agrega Marcelo.

"No puedo más, no quiero ir a penales por el 'Dibu Martínez'", dice Carlos. Está transpirando al igual que Diego. El arquero argentino se agiganta bajo los tres palos y mantiene con vida a la Selección.

Comienza el segundo tiempo del suplementario y, en la primera jugada, Ferran Torres no perdona. "Goooooooool", grita Carlos, que corre por todo el salón del Centro Asturiano y levanta los brazos como si estuviera en La Coruña. Los argentinos se quedan inmóviles, algunos con lágrimas en los ojos.

El partido termina y España gana su segunda copa del mundo. La albiceleste peleó hasta el último segundo, con ese orgullo que la convirtió en una Selección inolvidable. No alcanzó esta vez, y los argentinos se despiden del Centro llenos de dolor por la derrota. Pero también con la certeza de haber visto un equipo dentro del campo que volvió a ilusionar a millones de argentinos.

MG