Mikele Amondarain (32) es genetista y creció en Coronel Pringles viendo a su papá atravesar 14 años de cáncer. Él murió después de que la enfermedad se extendiera por todo su cuerpo. Las heridas que nunca terminaban de cerrar, las internaciones y las cicatrices quedaron grabadas en ella. Años después, durante su doctorado en el CONICET, empezó a investigar una forma de regenerar tejidos. Hoy, junto a su socio, desarrolla un parche 3D con exosomas de células madre que ya fue probado en células y animales pequeños y busca avanzar hacia ensayos en humanos.
Durante buena parte de su infancia, Mikele aprendió que un hospital podía ser también un lugar conocido, o su segundo hogar. Que una internación podía formar parte de la rutina familiar. Que una operación podía cambiar los planes de una semana.
Tenía 8 años, o incluso menos, aclara, cuando empezó a entender que su papá estaba enfermo. José María había sido diagnosticado con cáncer de colon. El diagnóstico llegó tarde y, con el tiempo, la enfermedad hizo metástasis en distintas partes del cuerpo. Después apareció un cáncer cerebral que, finalmente, lo fulminó en apenas una semana.
En total, fueron 14 años de enfermedad. “Vivimos con él más tiempo enfermo que sano”, cuenta Mikele. La familia era muy unida. Ella y su hermana, tres años mayor, acompañaron a su papá en las internaciones, los tratamientos y las operaciones. Pero José María tenía una particularidad: se negaba a aceptar fácilmente los pronósticos. Los médicos le decían que no iba a vivir mucho más, pero él seguía.
Buscaba información, preguntaba, leía todo lo que podía y quería probar tratamientos nuevos. “Él se la tomó por el lado de que tenemos esto y hay que afrontarlo y hacer lo mejor posible”, recuerda su hija.
José María tenía una regla propia: aprovechar los pequeños momentos y los grandes. Si un tratamiento le daba unos meses más, los vivía. Si un médico le decía que determinada terapia podía ser demasiado tóxica, él insistía.
“Siempre era ‘vamos, vamos, estoy bien’. Nunca le dolía nada”, cuenta Mikele. “Él era un paciente que se salía de los libros. Creo que su humor o su forma de llevar la enfermedad fue lo que lo ayudó a seguir por más tiempo. Algún día quiero estudiar cómo impacta el estado del ánimo en este tipo de enfermedades”, agrega.
Mikele junto a su papá José María, quien murió luego de pelear 14 años contra un cáncer de colon.
Después llegó el final… y con él, el duelo. Pero también quedó una enseñanza. La idea de que frente a algo que no se puede controlar, “hay que hacer lo mejor posible con las herramientas que uno tiene”.
“Mi papá era una persona superpresente. Al principio me costó mucho el duelo, pero logró dejarnos esa enseñanza: uno tiene que hacer lo mejor que puede con lo que tiene al alcance. Él fue mucho de disfrutar el momento. Porque uno no sabe cuándo se va”, cuenta a Clarín.
Mikele tenía entonces una pregunta que no podía responder. Quería entender por qué algunas enfermedades aparecen, cómo avanzan y qué podía hacer para frenarlas. La respuesta empezó a buscarla mucho antes de saber que terminaría creando una startup.
La nena que quería curar el cáncer
Cuando llegó el momento de elegir una carrera, Mikele buscó una que le permitiera acercarse a aquello que durante años había ocupado la vida de su familia: estudió genética.
"En mi ilusión quería curar el cáncer de mi papá. Es la idea que uno tiene de chico”, cuenta. Como la carrera pública estaba disponible en ese momento en Misiones y Pergamino, eligió Pergamino: era lo más cerca de su casa en Coronel Pringles. Después se mudó a la Ciudad de Buenos Aires para hacer su tesina de grado en la Academia Nacional de Medicina. Su trabajo fue sobre leucemia linfocítica crónica.
Seguía mirando hacia el mismo lugar. Hasta que apareció un concepto que le cambió la cabeza: la medicina regenerativa. Las células madre podían recibir determinadas señales y diferenciarse hacia distintos tipos de tejidos. En términos simples, tenían la capacidad de participar en procesos de reparación. La pregunta que empezó a hacerse Mikele fue si esas propiedades podían utilizarse para ayudar a tejidos dañados a recuperar parte de su capacidad de regeneración.
Y entonces volvió, inevitablemente, a pensar en su papá. José María había pasado por numerosas cirugías abdominales. La piel de esa zona había sido intervenida una y otra vez. Las heridas dejaron de cerrar con facilidad. Algunas internaciones se extendían porque la cicatrización no avanzaba como debería.
Había además otro aspecto que Mikele no olvidó: el dolor que se sumaba a la propia enfermedad. Los tratamientos oncológicos pueden generar lesiones y ampollas en distintas partes del cuerpo. Las internaciones prolongadas pueden generar úlceras y escaras. Y las cicatrices también pueden convertirse en una carga emocional.
La genetista se basó en la utilización de células madre.
Recuerda a su papá evitando sacarse la camiseta en una pileta o en la playa porque le daba vergüenza mostrar las marcas de las operaciones. “Era ver que había cosas que le agregaban dolor a lo que ya estaba pasando”, dice.
La investigación comenzó a tomar forma durante su doctorado en el CONICET. Más tarde llegó a Fleni con un proyecto que buscaba desarrollar un parche para medicina regenerativa mediante impresión 3D. Ahí conoció a Charly, fue su director de tesis y después se convirtió en su socio.
También había una historia personal que los unía con el problema que querían resolver. El padre de Charly había necesitado un trasplante de corazón. Después de la operación, recuerdan, el corazón llegó antes que la recuperación de una escara que había aparecido en su espalda durante la internación.
Los exosomas dentro de fibroblastos en el microscopio.
La escena les parecía absurda. Ahí decidieron que el proyecto no podía quedarse en el laboratorio.
Un parche que se absorbe
La startup se llama Vesicly. El nombre viene de las vesículas extracelulares, estructuras que liberan las células y dentro de las cuales se encuentran los exosomas que utilizan en su investigación.
La idea es combinar esos exosomas de células madre mesenquimales con un parche producido mediante impresión 3D.
El objetivo, explicado en palabras simples por Mikele, es que los exosomas actúen como una señal para las células del tejido lesionado. “Es como darle la señal de que se regenere, de que se vuelva a formar más rápido y mejor, como cuando éramos chiquitos y nuestro cuerpo tenía esa fuerza y esa capacidad de crecer y sanar”, explica.
El parche se coloca directamente sobre la herida. No está pensado como una curita convencional que después haya que arrancar. El material se va reabsorbiendo en contacto con el organismo.
En los experimentos realizados hasta ahora, algunos parches se absorbieron en dos días y otros en tres. Al cabo de una semana, según los investigadores, todos habían desaparecido. En esos modelos animales, observaron regeneración del tejido completo hacia el día 11.
Hubo algo que particularmente llamó la atención al equipo: además de la piel, observaron regeneración de tejido muscular y crecimiento de pelo en la zona donde había existido una lesión.
Pero Mikele es cuidadosa cuando habla de los resultados. Lo que funcionó en animales todavía no significa que vaya a funcionar de la misma manera en personas. Antes de llegar a un ensayo clínico deben completar los estudios preclínicos necesarios y atravesar las etapas regulatorias correspondientes.
“Hay que ser cautelosos porque no sabemos qué puede pasar cuando pasemos a otro modelo”, aclara.
Células madre en cultivo.
El proyecto todavía no es un tratamiento disponible para pacientes. Es una investigación que busca demostrar seguridad y eficacia antes de poder probarse en humanos. Y justamente por eso el siguiente paso es el más importante.
Del laboratorio a las personas
Hasta ahora, Vesicly realizó experimentos en células y en animales pequeños. El equipo trabaja para completar los estudios preclínicos y conseguir financiamiento que permita avanzar hacia un ensayo clínico.
El proyecto recibió inversión de Corfo, una entidad chilena que financia startups. Ahora buscan nuevos inversores.
En octubre, además, Mikele viajará a Silicon Valley después de que el proyecto ganó un programa de longevidad de Draper y quedará seleccionado para representar a la Argentina. Ahí tendrá capacitación durante un mes y reuniones con inversores vinculados con innovación y tecnología.
La ambición es grande, pero el primer objetivo es concreto: empezar por la piel humana. Quemaduras graves. Heridas crónicas. Úlceras. Escaras. Lesiones difíciles de cicatrizar. Es el terreno donde quieren demostrar primero si su tecnología puede cumplir lo que promete.
Después, si la investigación avanza y los resultados lo permiten, la idea es ampliar el campo de aplicación. Tejido cardíaco. Ocular. Neuronal. Otros órganos.
Mikele insiste que hay que empezar de menos a más. Primero, demostrar que puede regenerarse una herida. Después, ver hasta dónde puede llegar.
José María murió tras una larga pelear contra el cáncer. Su hija no pudo cumplir esa fantasía infantil de encontrar una cura para él. Pero esa enfermedad terminó marcando su vida de otra manera. La llevó a estudiar genética, investigar células madre y hacer un doctorado.
Y hoy, a los 32 años, Mikele trabaja para intentar que una investigación que nació en un laboratorio pueda algún día salir de allí. Todavía falta.
AA
Todavia no hay comentarios aprobados.