De chico no le era extraño encontrar gallinas ponedoras para consumo propio en los hogares. Él mismo las tenía “en un fondo grande” de su casa, en San Martín. Hoy, a sus 77 años, Oscar Fagoni ya no vive en esa casa ni tiene gallinas criollas comunes. Lo suyo pasa por algo más grande.

La respuesta es simple: “A mí siempre me gustó la crianza de animales”. Oscar tiene 11 gallineros y un galpón en su chacra en Navarro, donde se dedica a la cría de gallinas de raza en su cabaña, La Soñada. Además, cría patos, gansos, pavos reales y conejos.

Ahora, con la vuelta de las aves a Palermo, vuelve a formar parte de la cadena que garantiza la continuidad del acervo genético de especies que llegan a desde distintos puntos del país. Lo hace desde una carpa especialmente acondicionada, donde expositores y visitantes celebran un regreso muy esperado.

“Estamos felices de que estén de vuelta, porque ellas le dan color y sonido al pabellón”, celebra también.

LOS INICIOS CON LAS AVES, EN SAN MARTÍN

Los primeros ejemplares que tuvo fueron dos gallos que compró en la Expo de Palermo en el año 1971, al reconocido criador Enrique Molfesa, y un macho de otro criador.

Un año después, presentó sus primeras gallinas de cría: tres machos y dos hembras. No todos salieron galardonados, pero si algo ha dejado marcado la historia, es que puede cambiar. Y en esa Expo Rural no solo ganaron las dos hembras; una de ellas se llevó el Premio Gran Campeón.

No lo hizo solo. “Tuve una persona en San Martín que criaba esa raza —la Plymouth Rock Barrada fina— y fue él quien me enseñó”. En ese momento, Oscar vivía en San Martín, al límite de CABA. Ahí adquirió los conocimientos.

—¿Recordas cómo empezaste en la actividad?
—En mi casa, cuando era muy chico, había un fondo grande y siempre tuvimos gallinas. Tengo el recuerdo de mi abuela, que las criaba, sacaba los huevos y yo ya estaba detrás de ella observando cómo lo hacía. Después me fui perfeccionando por las gallinas de raza. En 1972, allá lejos y hace tiempo, crié y presenté acá en Palermo mis primeras gallinas.

—¿Cómo fue ese debut?
—Llevé tres machos y dos hembras. Los machos no ganaron ningún premio, no estaban en condiciones, yo era novato. Pero las dos hembras ganaron, y una de ellas ganó el primer premio, el del Gran Campeón. Eso fue el estímulo para que yo siguiera.

Desde hace 32 años, Figoni es Jurado de Admisión de las Aves que ingresan a La Rural.

—En ese entonces, ¿tenías incorporados los conocimientos para criar esas razas y presentarte?
—En San Martín tuve una persona que criaba esa raza —la Plymouth Rock Barreda Fina—  y fue él quien me enseñó, ahí aprendí y adquirí los conocimientos.

—¿Y qué pasó con esa gallina que salió campeona?
—En el 71 compré una gallina de la misma persona y entonces ahí me comunican “no podes, porque pueden ser hermanos” o qué sé yo qué… así que tuve que salir a comprar fuera de la exposición otro macho para poder enyuntar con la gallina. Entonces, llevé la gallina que había ganado acá, en julio, a casa; puso tres huevos en agosto y se murió. Fue tal mi desesperación que hoy, en este momento, tengo a la gallina en casa, porque la embalsamé. [Sonríe y ríe].

—¿Cómo describirías lo que sentís por las gallinas?
—Es el amor que uno puede tener. Uno la ve, la gallina te responde porque vos le vas dando el alimento y la vas viendo crecer… ¿Cómo te puedo explicar? La tocas, la acaricias, como la gente tiene un perro, ¿viste? Yo tengo perro también, pero eso fue lo que me motivó.

ALIMENTAR LA PASIÓN POR LAS AVES

En paralelo al estudio del Standar Argentino de Perfección Avícola y a hacer de las aves parte de su día a día, el comisario del salón de aves de la 138º Expo Rural —el que está ahora en la “Ganaderita”— empezó a participar activamente en la Sociedad Rural Argentina. “Soy jurado de Admisión de Aves hace unos 32 años”, reconstruye.

—¿Siempre te dedicaste exclusivamente a la cría de aves?
—Hice el secundario y luego entré al banco. Ese fue el motor para seguir viviendo y tener mucho más tiempo. Trabajaba de lunes a viernes y los sábados y domingos me dedicaba a criar las gallinas.

—¿Profesionalizaste ese interés por las aves además de estudiar el Estándar?
— Siempre me gustó la avicultura, tuve grandes maestros, tengo el estándar en mi cabeza porque… ¿cómo te puedo explicar? Estudié el Standar Argentino de Perfección Avícola y una persona muy buena y generosa conmigo fue la que, como siempre digo, agarró el picaporte, abrió la puerta y me dijo “entrá a la Sociedad Rural”. Hoy soy Jurado de Admisión de las Aves hace unos 32 años y tengo en mi haber 153 exposiciones clasificadas. Con el tiempo, uno cría 20 animales, 30 de cada raza, y después lo va vendiendo o seleccionando para la Palermo o Junín.

—Las aves en Palermo llevan 50 años, ¿a qué otra exposición te referís?
—Clasifico acá y en Uruguay. Para nosotros, Palermo es la máxima exposición: la más grande y la mejor; en el Uruguay es la exposición del Prado, en Montevideo. Bueno, yo voy a clasificar a la exposición del Prado.

—¿Qué competencia te gusta más?
—Son dos cosas diferentes, aunque parezca mentira. En avicultura ellos se basan en el estándar argentino, porque allí no tienen estándar. O sea, que las razas son iguales, las gallinas son parecidas o incluso idénticas. Por otro lado, acá tenemos este predio fabuloso y muy modernizado y allá todavía siguen con lo telúrico; las calles y los pisos de los pabellones son de adoquín, los galpones son altísimos y de chapa. La gran diferencia es la pista central: acá hacemos aparte campero, polo de picadero y todo.

—¿Y allá?
—Allá, tienen un césped que parece un green del mejor club de golf y ver ciertas demostraciones o caballos, como los árabes, te llena la vista… el que le gustan los animales, ve todo lindo.

LA VIDA EN LA CHACRA A LOS 70 AÑOS

Siempre trabajando en paralelo en el banco, Figoni compró la chacra a principios de los 90. Hoy, la cría de gallinas se lleva la principal actividad del día.

Antes de las gallinas de raza, tuvo un criadero industrial de conejos que no prosperó, y terminó volcándose hacia la cría de reproductores. Fue un amigo, Fernando Tanoira, entonces jefe del pabellón de la exposición, quien lo empujó a esa actividad.

Hoy, cría hasta razas que no se encuentran en Argentina. Su raza preferida: la Plymouth Rock Barrada.

—¿Cómo es tu vida en la chacra?
—Estoy solo en el medio del campo, vivo a 15 kilómetros de Navarro. ¡No soy un ermitaño, eh! Vienen mis hijos, lógico. Pero me levanto tranquilo… Tengo 11 gallineros más un galpón, y mucho está automatizado, como el agua, así que agua no tengo que darles. También hay tolvas que se llenan de comida. Lo que sí hay que revisar todos los días es el estado natural de las aves, porque una gallina que miras hoy, pasado mañana puede estar triste. Esa es la mirada del agricultor.

—¿Cómo clasificarías tu gallinero?
—Tengo de postura, Minorca negra, una gallina que acá no hay; totalmente negra, con unas orejillas blancas y la cresta roja, lo que la vuelve vistosa. Tengo animales que, si bien producen porque ponen huevos y demás, vendrían a ser de lujo, de fantasía, que son los Fénix. Es una gallina mediana, el macho tiene una cola muy larga que puede llegar a medir  60 centímetros o más con sus plumas.

—¿Dirías que tu actividad es un hobby?
—En este momento hay muchas personas criadores, excelentes criadores, pero que ven la pata comercial y tratan de no solamente de ganar sino también de vender muy bien. Yo todavía sigo con el romance de “si me lo compran, me lo compran”. No insisto ni nada por el estilo. Y me duele también de vez en cuando que se me vayan algunos animales, uno les toma cariño.

—¿Como el artista, que vé el mundo y pinta para sí mismo?
—Exactamente.