
Durante más de 30 años, el ingeniero agrónomo Aquiles Salinas estuvo al frente, en el INTA Manfredi, del módulo de riego, un espacio que fue pionero en la evaluación de los beneficios de esta tecnología en Argentina.
Y durante el reciente Congreso Argentino de Forrajes, donde fue convocado precisamente para hablar sobre el uso de tecnologías de irrigación para la producción de cultivos para silo o pasturas, reconoció que nunca se había puesto a evaluar con profundidad los datos generados en esas tres décadas de ensayos, en lo relacionado a producciones para alimentación animal.
“Los datos los tenía, pero nunca los había analizado. Y después de verlos con atención, diría que hay que darle bolilla (sic), porque los números en productividad y rentabilidad son incluso más contundentes que en los cultivos extensivos”, resumió.
En ese sentido, no dudó en dejar un mensaje claro y motivador para la audiencia presente en el Centro de Convenciones de Córdoba: “Usar riego en forrajes no solo es negocio, es ‘el’ negocio, mucho más que en trigo, soja o maíz”.
EL RIEGO EN LOS FORRAJES
En primer término, Salinas hizo un repaso por datos generales que explican por qué es necesario que crezcan las áreas irrigadas: en Argentina, solo el 20% de las áreas con potencial agrícola tienen balance hídrico positivo, y esas zonas, concentradas fundamentalmente el centro-este y el Litoral, poseen el 80% del agua superficial del país.
Luego, al ingresar a los beneficios del riego, recordó por ejemplo que las mediciones realizadas en el INTA Manfredi arrojaron, para el caso del maíz, que un lote en el que se aplica agua de manera complementaria rindió en promedio 12.400 kilogramos por hectárea, más de un 50% por encima de los 8.000 de un planteo en secano.
Sin embargo, el maíz, si no es para un planteo de autoconsumo en un campo mixto que integre ganadería, demanda un alto costo de flete para llevarlo al puerto para su exportación. Y allí ese plus de rendimiento es posible que no termine siendo un gran negocio.
“Si producimos más, el flete participa más en la composición de costos. Y si sumamos insumos, servicios y comercialización, los valores se van muy altos”, enfatizó.
Luego, analizó qué sucede en planteos ganaderos, en zonas semiáridas, cuando hay situaciones de sequía: al faltar pasto, es necesario reducir la carga de animales por hectárea, y a su vez se terminan vendiendo ejemplares con mala condición corporal, lo que afecta su peso.
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Por el otro costado, los costos se encarecen por ley de oferta y demanda: si no llovió y hay pocas reservas forrajeras, comprarlas se vuelve más caro.
Es en este marco que Salinas mostró uno de los ensayos realizados de riego en forrajes, en la zona de Deán Funes, en el noroeste cordobés: un silaje de sorgo que generó 10.000 kilogramos de materia seca por hectárea, contra 4.000 kg ms/ha de una pastura megatérmica implantada. En la teoría, implica poder aumentar la carga por hectárea de 1,2 animales a 3,3.
“En el supuesto de un campo de 200 hectáreas, si uno incorpora al menos 20 de riego, ese 10% del área nos permite aumentar el 32% la carga. Es decir, mejoro la producción, con la misma superficie, y además reduzco el riesgo climático”, sintetizó.
EL RIEGO EN LA LECHERÍA
En similar sentido, Salinas mostró datos de ensayos realizados en el INTA Manfredi sobre uso de silos generados bajo riego para sistemas lecheros.
En la estación experimental cordobesa funciona un tambo modelo con más de 800 animales: 400 vacas en ordeñe y 300 ejemplares en recría y terneros.
El experto comparó que mientras en situaciones de riego lograron generaron 41 toneladas de materia verde, en secano fueron 19. Con una ventaja adicional: por la escasez de lluvias, en invierno un silo de pastura de invierno es inviable en el centro de Córdoba; en cambio, con riego sí es posible.
“En total, lo que pudimos comprobar es que el riego genera 65% más materia seca y, en la práctica, significa que podés hacer con 425 hectáreas la misma producción que con 757. Es decir, uno puede ‘liberar’ 300 hectáreas para agricultura. El impacto del riego en un tambo es realmente muy grande”, subrayó.
Esta mayor productividad se traslada también a las vacas: según Salinas, mientras muy buenos tambos alimentados con forrajes en secano logran 28 litros de leche por día por animal, en alimentos obtenidos bajo riego se llega a 35,5 litros.
EL RIEGO Y LA ALFALFA
Por último, Salinas también utilizó a la alfalfa como ejemplo del potencial del riego en el ámbito forrajero.
En primer término, repasó que es un alimento que explota de demanda a nivel global y en el que Argentina tiene un enorme potencial: actualmente moviliza unos U$S 78.000 millones al año y se proyecta que alcance U$S 101.000 millones para 2031.
En este contexto, Salinas consideró que la clave a tener en cuenta es que el mercado global no solo compra toneladas de materia seca, sino nutrición garantizada y estandarizada; es decir, alta proteína, fibra digestible, material homogéneo.
“Existe una ventana de valor muy lucrativa, a través de los henos ‘premium’, y los pellets y cubos de alfalfa”, aseveró.
En este caso, los ensayos realizados fueron con riego por goteo enterrado y el incremento productivo medido, con distanciamientos de los caños de entre uno y dos metros, fue de entre 40% y 67%, pasando de 15,7 toneladas por hectárea de materia seca en secano hasta 26 toneladas bajo riego.
Así, “el riego deja de ser solo un seguro contra la sequía, para convertirse en el pasaporte a los estándares más altos de la industria”, compartió Salinas.
Como cierre, sintetizó todos los beneficios antes mencionados de regar forrajes: el heno de alfalfa como un negocio de alto valor, la posibilidad de liberar hectáreas para agricultura o de fortalecer la recría o invernada, o la mayor eficiencia en la aplicación de efluentes.
Además, recordó que más allá del salto de productividad, uno de los puntos sobresalientes del riego es que aporta estabilidad: “Permite cumplir los calendarios planificados, que se pueda hacer lo que uno planteó en el Excel”.
¿POR QUÉ INCORPORAR RIEGO?
Posteriormente a su disertación, Salinas dialogó con Infocampo y reforzó algunos conceptos vinculados a su experiencia en el tema.
-¿Por qué le diría a un productor que definitivamente apueste a incorporar riego?
-Porque el foco a nivel mundial es la variabilidad climática. Incluso hasta a veces manteniendo los mismos promedios de lluvias anuales, la distribución es muy distinta. Uno puede tener un enero de 120 milímetros de promedio, pero a lo mejor una tormenta fue el 2 de enero y la siguiente el 29. Para la estadística funciona, pero en el medio el cultivo pasó por un enorme estrés, algo que está sucediendo muchísimo. Entonces lo más importante del riego no es el salto de productividad, sino de la estabilidad que le da a la producción. Una empresa agropecuaria de tener seguridad y tranquilidad.
-Después de tantos años trabajando sobre este tema, ¿siente algún tipo de orgullo de que definitivamente ahora sí, también de la mano de políticas nacionales, el riego esté entre los principales temas de la agenda productiva?
–Sí, se siente así. Hoy ya desde el sector privado (N. de R: recientemente dejó de formar parte del INTA, en el marco del plan de ajuste del organismo y por medio de un retiro voluntario), vemos que está dando resultados toda la información que supimos generar. Ahora viene la 9° Reunión Internacional de Riego en el INTA Manfredi que ya está generando mucho interés y donde vamos a insistir en un aspecto crucial: el riego no es solo aplicarle un poco más de agua al cultivo que en secano, sino un cambio estratégico en el modo de producir.
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