
Con algo tan impredecible como el clima, cualquier proyección de cosecha y su impacto económico siempre debe tomarse con pinzas.
De todos modos, ante tanto consenso sobre que el fenómeno El Niño ya está actuando y tendrá una intensidad nunca vista, al menos en la historia reciente, es válido poder animarse a avizorar qué puede esperarse en materia de producción agrícola.
Hacia ese objetivo se lanzaron Juan Manuel Garzón y Valentino Costamagna, investigadores del Instituto de Estudios (IERAL) de la Fundación Mediterránea, quienes formularon una estimación de cuánto podría crecer la cosecha y cuánto más movimiento económico podría generar en función de los precios actuales.
Su conclusión: la teoría indica que, con los aumentos promedio de rendimiento que suelen ocurrir en años “Niño”, el maíz sumaría 5,6 millones de toneladas adicionales y la soja, 5,4 millones, que a precios FOB de U$S 240 y U$S 500 por tonelada, respectivamente, significan un ingreso extra de U$S 4.000 millones.
EL BENEFICIO PRODUCTIVO DE EL NIÑO
Para Garzón y Costamagna, al momento de evaluar qué puede significar el actual episodio para la campaña 2026/27, no alcanza solo con establecer que se espera un Niño muy fuerte.
“La pregunta relevante es cómo respondió históricamente la producción agrícola argentina bajo las distintas fases del ENSO: qué ocurrió con los rindes durante Niño y Niña, qué magnitud tuvieron esas diferencias y hasta qué punto la respuesta fue similar entre cultivos y regiones”, señalan los economistas en su artículo.
En ese sentido, citan diversos estudios sobre el fenómeno ENSO realizados en los últimos años y subrayan que la evidencia de las últimas 28 campañas muestra “una asociación clara entre las fases del ENSO y el desempeño de los principales cultivos estivales”.
El análisis realizado comprende 196 departamentos de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, Santa Fe y Santiago del Estero, sobre una superficie cosechada promedio de algo más de 18 millones de hectáreas.
En ese período se identifican 10 campañas asociadas a El Niño, 12 a La Niña y 6 a condiciones neutrales (toda la información está en el anexo, con el detalle metodológico).
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De esta manera, lo que puede afirmarse sin dudas es que, considerando conjuntamente las seis provincias, los rendimientos se ubican sistemáticamente por encima de su nivel histórico durante los episodios El Niño y por debajo durante La Niña.
Puntualmente, en maíz la brecha alcanza en promedio +10,3% en las campañas Niño y −9,9% en las Niña, una diferencia de 20,2 puntos porcentuales entre ambas fases. En soja total, la asociación es levemente mayor: +10,8% durante Niño y −9,8% durante Niña, con una amplitud de 20,6 puntos.
De todos modos, hay muchos matices a tener en cuenta: por ejemplo, que la intensidad de la asociación también cambia entre cultivos de soja.
“En soja de primera, la diferencia entre Niño y Niña alcanza 19,5 puntos porcentuales, mientras que en soja de segunda asciende a 27 puntos. Esta última presenta, además, un segundo canal de exposición: durante las campañas La Niña no sólo disminuye el rendimiento, sino que aumenta significativamente la proporción del área sembrada que finalmente no se cosecha. En soja de segunda esa superficie pasa de 1,9% durante Niño a 6,4% durante Niña”, menciona el informe.
En maíz, en cambio, la proporción no cosechada ronda el 21% cualquiera sea la fase ENSO, lo que sugiere que allí predominan factores estructurales —como el destino forrajero o silero— antes que climáticos.
EL NIÑO Y LAS DISPARIDADES PROVINCIALES
En tanto, Garzón y Costamagna también subrayan que el impacto de El Niño no es parejo en todas las regiones agrícolas: la apertura provincial muestra una heterogeneidad considerable.
En términos generales aparece un gradiente de mayor sensibilidad en el Litoral y el centro de la región agrícola, hacia una respuesta mucho más débil en Santiago del Estero. Pero ese patrón no es idéntico para todos los cultivos.
- Entre Ríos: es el caso más marcado. En maíz, los rindes se ubicaron 18,4% por encima del nivel histórico durante Niño y 20,4% por debajo durante Niña: casi 39 puntos porcentuales de diferencia entre ambas fases. Además, la regularidad histórica es elevada: 9 de las 10 campañas Niño terminaron por encima del nivel típico y 11 de las 12 Niña por debajo. Esto convierte al maíz entrerriano en uno de los casos donde la información ENSO presenta mayor capacidad para caracterizar las condiciones de partida de una campaña.
- Santa Fe: también exhibe una respuesta importante, particularmente en soja. La amplitud entre Niño y Niña alcanza 19,7 puntos porcentuales para soja total, frente a 23 puntos en maíz.
- Córdoba: muestra una configuración similar. La soja presenta una amplitud elevada, de 22,3 puntos, mientras que en maíz se reduce a 17,1.
- Buenos Aires: la sensibilidad resulta algo más equilibrada entre ambos cultivos, con aproximadamente 21,5 puntos en maíz y 19,7 en soja.
- La Pampa: presenta un comportamiento más heterogéneo. El maíz registra una sensibilidad relativamente moderada, con 13,2 puntos de diferencia entre Niño y Niña, pero la soja —y particularmente la soja de segunda— responde con mucha mayor intensidad. En esta última, la amplitud llega a casi 44 puntos porcentuales. El resultado debe interpretarse, sin embargo, teniendo en cuenta que se trata de un cultivo de menor peso relativo en la provincia y desarrollado en el margen occidental del área agrícola.
- Santiago del Estero: es el extremo opuesto. El maíz muestra una amplitud de apenas 0,9 puntos porcentuales entre Niño y Niña, y prácticamente no presenta correlación con el ONI. También la frecuencia con que las campañas se comportan en la dirección esperada es mucho menor que en la región pampeana y el Litoral. La soja conserva una señal algo más visible, pero también considerablemente más débil. Esto sugiere que la capacidad del ENSO para anticipar condiciones favorables o desfavorables disminuye a medida que el análisis se desplaza hacia ambientes donde otros mecanismos climáticos adquieren mayor importancia.
Pero incluso el documento detalla que las diferencias no terminan en los límites provinciales, ya que cuando el análisis baja a departamentos, aparece una organización territorial bastante definida: las zonas de mayor y menor sensibilidad tienden a agruparse geográficamente, en lugar de distribuirse al azar.
En Buenos Aires, por ejemplo, el maíz muestra una respuesta particularmente intensa en el norte y nordeste provincial. Mercedes, Suipacha, Baradero, San Nicolás y otros partidos del corredor norte registran caídas de entre aproximadamente 13% y 21% durante las campañas La Niña.
Hacia el sudeste y el sudoeste, en cambio, las pérdidas históricas son considerablemente menores: Balcarce, General Pueyrredón, Tornquist y otros partidos se ubican alrededor de 5% a 7% por debajo de su nivel típico. Así, aun dentro de una misma provincia, la exposición histórica al ENSO puede diferir ampliamente.
Siguiendo con los ejemplos, en Santa Fe, la mayor sensibilidad aparece en varios departamentos del centro y norte provincial —entre ellos 9 de Julio, San Justo, Garay, San Cristóbal y La Capital—, mientras que departamentos del sur agrícola muestran respuestas algo más moderadas.
Por su parte, en Córdoba, los resultados sugieren una menor sensibilidad hacia sectores occidentales y serranos y una respuesta mayor en áreas del este y centro-sur.
En Entre Ríos, el este y sudeste provincial concentran algunas de las mayores caídas observadas en toda la muestra durante los episodios La Niña.
EL NIÑO: “UNA SEÑAL FAVORABLE, PERO NO UN CHEQUE EN BLANCO”
Bajo todo este análisis, los investigadores del IERAL llegan a una primera conclusión: la evidencia histórica confirma que la presencia de El Niño mejora de manera significativa el punto de partida estadístico de los principales cultivos estivales, pero esa mejora no es uniforme ni constituye una garantía de buenos rindes.
“En las seis provincias analizadas, las campañas Niño se asociaron sistemáticamente con rindes superiores a los registrados durante La Niña, pero la magnitud de esa diferencia cambia considerablemente entre cultivos y territorios”, advierten.
La segunda conclusión es que el tamaño anunciado del fenómeno no debería traducirse mecánicamente en una expectativa de rindes excepcionalmente altos. Los resultados muestran que la fase ENSO contiene más información que la intensidad puntual del ONI: conocer que la campaña transcurre bajo condiciones Niño ayuda a inclinar las probabilidades, pero un Niño de +2 o +3 no implica necesariamente el doble del beneficio de uno más moderado.
En definitiva, lo que importa es la distribución temporal y espacial de las precipitaciones, las temperaturas durante los períodos críticos, la disponibilidad inicial de agua en los perfiles y todos los demás factores agronómicos y sanitarios que intervienen en la campaña.
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De todos modos, Garzón y Costamagna arriesgan una proyección: “Aplicando las brechas históricas estimadas a una escala productiva similar a la de las últimas campañas, un escenario Niño podría significar para Argentina alrededor de 5,6 millones de toneladas adicionales de maíz y 5,4 millones de toneladas de soja respecto de rindes típicos. A precios FOB de U$S 240 y U$S 500 por tonelada, respectivamente, ese diferencial de producción rondaría los USD 4.000 millones”.
Bajo este panorama, su conclusión final es que “El Niño 2026/27 constituye, por lo tanto, una señal favorable para la agricultura argentina, pero no un cheque en blanco”.
“Si el episodio evoluciona como anticipan actualmente los modelos y sus teleconexiones se manifiestan de manera semejante a la observada históricamente, las probabilidades estarán inclinadas hacia mejores rendimientos en buena parte de la región productiva. Cuánto de ese potencial termine efectivamente transformándose en toneladas dependerá, como siempre, de dónde y cuándo llueva”, rematan.
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