
La discusión sobre el futuro de la maquinaria agrícola en Argentina ya no pasa solamente por la capacidad de fabricar buenos equipos.
Las empresas instaladas en el país aseguran contar con procesos industriales y tecnología comparables con los de sus plantas en otras partes del mundo, pero deben hacerlo dentro de una estructura de costos que muchas veces las deja en desventaja frente a productos importados.
Durante el AmCham Agribusiness Forum, el presidente de John Deere Argentina, Sergio Fernández, y el CEO de CNH Argentina, Marcus Cheistwer, dialogaron con Infocampo y pusieron el foco precisamente en esa contradicción: la industria local puede ser eficiente puertas adentro, pero existen factores externos a las fábricas que terminan encareciendo el producto argentino.
Los ejecutivos consultados no constituyen un dato menor: se trata de las dos compañías que más máquinas comercializan en Argentina.
LA MAQUINARIA AGRÍCOLA Y EL DESAFÍO DE LA COMPETITIVIDAD
“En manufactura somos competitivos. En John Deere tenemos los mismos procesos de manufactura de calidad que las mismas fábricas de la empresa en el resto del mundo”, sostuvo Fernández.
El planteo apunta a separar dos cuestiones que suelen aparecer mezcladas: la eficiencia industrial y las condiciones económicas en las que esa industria debe desenvolverse.
Para Cheistwer, una de las expresiones más visibles de esa problemática aparece al comparar los precios de la maquinaria argentina con los de Brasil.
Según explicó, históricamente existe una diferencia que puede ubicarse entre el 15% y el 30%, y una parte importante de esa brecha estaría vinculada con la estructura tributaria argentina.
El ejecutivo de CNH señaló que la mano de obra representa un costo mayor en dólares en Argentina, pero consideró que no constituye el principal factor detrás de la diferencia. En su análisis, el entramado impositivo termina agregando costos a lo largo de toda la cadena, desde Ingresos Brutos hasta el IVA que no se recupera en tiempo y forma y el impuesto al cheque.
“Posiblemente la parte impositiva, la distorsión que tenemos en Argentina de Ingresos Brutos, de un IVA superior o un IVA que no se reintegra, del impuesto al cheque, haga que posiblemente el 50% de esa diferencia sea solamente impositivo”, afirmó Cheistwer.
El problema, entonces, no se limita al precio con el que una máquina sale de una fábrica. Los distintos impuestos y costos que se acumulan durante el proceso productivo terminan trasladándose al valor final del equipo, justamente en un mercado donde el productor compara alternativas provenientes de diferentes países.
Fernández coincidió en que la discusión debe correrse de la supuesta falta de eficiencia de las fábricas argentinas.
Al recordar la experiencia de fabricantes nacionales de sembradoras que llegaron a exportar a mercados exigentes, sostuvo que la pérdida de competitividad internacional no estuvo necesariamente vinculada con la calidad de los productos.
“¿Es por culpa de la manufactura? No, es por una macroeconomía que te impacta negativamente”, resumió el presidente de John Deere Argentina.
CHINA Y UNA NUEVA VARA PARA MEDIR COMPETITIVIDAD
Mientras la industria local intenta reducir sus costos, la llegada de maquinaria importada agrega una presión adicional.
El fenómeno resulta particularmente visible en el segmento de tractores de baja potencia, donde los equipos provenientes de China ingresaron al mercado argentino con valores que obligan a los fabricantes nacionales a revisar permanentemente sus estrategias.
Fernández planteó que la comparación exige analizar las condiciones en las que cada industria produce y exporta. “Cuando uno dice: ‘¿Por qué a lo mejor contra un tractor chino somos más caros?’, bueno, hay que ver cómo nivelar la cancha”, señaló.
Cheistwer, por su parte, evitó concentrar el debate en las políticas que puedan aplicar los fabricantes chinos y puso el foco en las herramientas que tienen las compañías multinacionales para responder. En el caso de CNH, explicó que contar con plantas en distintos países permite complementar la producción local con plataformas industriales ubicadas en otras regiones.
“Nos hemos tomado varias estrategias: una de ellas es algunos productos muy específicos asiáticos. Nosotros tenemos planta tanto en China como en India, estamos viendo de qué manera competimos con las mismas características”, explicó Cheistwer.
La competencia, por lo tanto, dejó de ser exclusivamente entre una fábrica argentina y otra fábrica argentina. Las empresas nacionales deben enfrentarse a cadenas industriales globales, distintas escalas de producción y estructuras de costos que pueden variar considerablemente de un país a otro.
PRODUCIR LOCALMENTE SIN PERDER VALOR
En ese escenario, mantener la fabricación en Argentina requiere algo más que una política de protección frente a las importaciones.
También implica generar condiciones para que las plantas locales puedan producir de manera competitiva y, al mismo tiempo, aprovechar las ventajas que todavía conserva la industria nacional.
CNH, por ejemplo, continúa fabricando en Córdoba una parte sustancial de las máquinas que comercializa en el país. Pero Cheistwer considera que el diferencial no está únicamente en el equipo físico, sino también en todo lo que sucede alrededor de la máquina una vez que llega al campo.
“Seguimos produciendo el 80% de lo que vendemos en Argentina, de alguna manera nos acomodamos. Nos especializamos en servicios: damos servicios conectados, controlamos las máquinas a través de infraestructura de conectividad satelital, tenemos talleres autorizados, tenemos más de 120 puntos de venta”, detalló.
La conectividad, la telemetría, el mantenimiento predictivo y la infraestructura de servicio aparecen así como herramientas para diferenciar una máquina fabricada localmente de un equipo que puede llegar al mercado con un precio inicial menor, pero sin necesariamente contar con la misma red de respaldo.
Para las compañías, esa cercanía tiene un valor particularmente importante en un sector donde una falla durante la siembra o la cosecha puede representar mucho más que el costo de una reparación. El tiempo perdido en el campo también forma parte de la ecuación económica del productor.
UNA CUENTA QUE EXCEDE A LAS FÁBRICAS
La mirada de ambos ejecutivos converge, con distintos matices, en una misma cuestión: la discusión sobre la competitividad de la maquinaria agrícola no puede quedar circunscrita a las plantas industriales.
Fernández ubicó entre las variables a revisar la matriz impositiva, la infraestructura y las condiciones macroeconómicas. “Alemania exporta con un euro fuerte. Todo eso se puede llegar a hacer a partir de otros cambios, como la matriz impositiva, la reducción de impuestos y la inversión en infraestructura”, planteó.
En paralelo, el contexto macroeconómico también modifica la manera en que el productor decide comprar maquinaria. Según explicó el presidente de John Deere Argentina, la desaparición de determinadas distorsiones obliga ahora a evaluar con mayor precisión la rentabilidad de cada inversión y el costo financiero.
“Antes, la inflación enmascaraba todo, enmascaraba la toma de decisiones y el spread en el tipo de cambio. Hoy tenés que manejar un negocio donde, si le errás en un punto de tasa de interés, el negocio se te da vuelta y se hace menos rentable”, describió.
Así, el desafío para la industria argentina tiene dos caras. Por un lado, las empresas deben sostener eficiencia, innovación y servicios para diferenciarse en un mercado cada vez más globalizado. Por otro lado, necesitan que producir dentro del país no implique cargar sobre cada máquina una estructura de costos que sus competidores internacionales no enfrentan.
La discusión planteada en el foro deja una pregunta de fondo para la industria: cómo hacer que fabricar maquinaria agrícola en Argentina vuelva a ser una ventaja competitiva y no una desventaja de costos. La tecnología y la calidad ya forman parte de la ecuación; el desafío pendiente pasa por las condiciones que permiten convertir esas capacidades en productos capaces de competir, dentro y fuera del país.
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